Réquiem por una desconocida

20 de mayo del 2018

Opinión de Fernando Fernández.

Réquiem por una desconocida

A. nos dejó con sus misterios a flor de boca, con su gentileza y con tantas preguntas por hacerle, esas a las cuales tal vez hubiera deseado sustraerse para no quitarse el halo de clandestinidad con que se cubría.

Era A. de esas personas que cuando las ves, así sea por poco tiempo, te dejan huella, visos de intriga; sin determinar por qué quisieras verlas de nuevo, indagarles su vida, entender por qué les habitan enigmas, por qué se intuyen secretos; se quiere comprender, absorber, calmar la curiosidad que se sabe conducirá a aprendizaje. Pero su retorno sorpresivo a la nada nos dejó no sólo sin respuestas, sino sin la posibilidad de ahondar en su vida y experiencias y nos lanzó en extrapolaciones como solución única de conocimiento de su existencia.

Cuando acaeció su deceso, que fue reciente, A. andaba por los 78 años, de los cuales había vivido los 10 últimos en Colombia; había dejado su España natal y aún conservaba el acento típico de Asturias de donde era oriunda.

Profesora universitaria en España y especialista en la modalidad de telenovela, supongo que dictaba cátedra sobre ello, en todo caso fue este el tema de estudio que la había traído a estas tierras colombianas a las que sucumbió y nunca más abandonó. Adoraba las telenovelas de esta latitud; había visto y seguía viendo todo lo que se ha producido en este género en nuestra televisión. Esta afición no le impidió ser asidua lectora de los grandes clásicos y mantener una gran pasión por Shakespeare. Tal vez, equiparaba los culebrones televisivos a las tragedias del gran bardo; dio cartas de nobleza a los primeros y puso en ascuas la poca categoría que algunos le asignamos a nuestra especialidad nacional.

Se confesaba enamorada de R.N., uno de nuestros galanes televisivos, quien era decenas de años menor que ella y a quien en las escasas citas que con él consiguió tuvo que haberlo impresionado sobremanera, no sólo por el amor extraño de esta desconocida sino también por el conocimiento que esta tenía de su vida televisiva; lo sabía todo sobre él. Tuvieron que ser asombrosos estos escasos encuentros con el galán, en todo caso ella así los narraba sin decoro y con orgullo a quien bien quería escucharla, a todo aquel que le prestase oídos.

Cuando se es joven hay tendencia a desconocer las normas, estas parecen algo inventado sin razón alguna y hace parte de aquello que no aplica para sí mismo, hay un cierto desprecio altanero por la ley, y la sujeción a lo instituido se hace a regañadientes y con no poca repulsión. Un remilgo que dura tanto como abarca el periodo de juventud, la de A. persistió hasta su retorno al desbarrancadero de la nada, que ocurrió hace pocas semanas. Permaneció, según me enteré, sin papeles colombianos, nunca se preocupó por obtener algún tipo de permiso de residencia, visa o algo similar; es decir, durante su estadía colombiana A. fue habitante ilegal. Era, tal vez, su rebeldía juvenil prolongada o un descuido deliberado que cultivaba con presunción. Aunque bien sabía a lo que se exponía.

Sintiéndose envejecer intuía –por las dolencias que la asediaban y que ignoraba– que en algún momento su secreto, su situación de permanencia non sancta en el país habría de ser descubierta y que ello le acarrearía un berenjenal de aprietos que podría conllevar a la expulsión de donde ya para ella era su país, así no pudiera probarlo. Era una desconocida para este país, así como para su país de origen. Sin familia, sin hijos. Estaba sola, su compañía y razón de existir eran las telenovelas, las veía todas, no tenía excepción, por algo era especialista. Su única atadura a España era la magra pensión de que disponía pero que convertida de euros a pesos colombianos le alcanzaba con alguna holgura para sus menesteres vitales.

Así es que decidió enclaustrarse, en su casa entraban aquellos que decidió eran sus amigos y con ellos compartió tertulias y su hacer gastronómico que era de calidad, pero nunca salir a la calle, se lo prohibió, temía que pudiera ocurrirle algún accidente y fuese trasladada a un hospital, en donde su situación subterránea sería ipso facto delatada, y ni quería imaginar el ser deportada a un país que ya no era el suyo. Dio instrucción a los pocos que conocía de nunca ser llevada a un hospital, cualesquiera que fueran las circunstancias. Orden que no fue acatada y cuando se vio en la situación que siempre quiso eludir y con la enfermedad a cuestas, que no era una sola sino una acumulación de fallos de su salud descuidada adrede, se desplomó la armazón de su cuerpo mal cuidado como se derrumba una hilera de piezas de un dominó. Se dejó tratar, dejó que médicos y enfermeras le sonrieran y ella les compensó con los mismos gracejos porque con dinero no podía responder, no lo había; se dejó amputar una pierna que era obligatorio para atajar la gangrena que devoraba su cuerpo diabético; se dejó aplicar emplastos y medicinas, por primera en veces en años. Y así coja, sonreía, agradecía, se dejaba consentir allí, en ese lugar que se había prohibido y se hizo perdonar la deuda que habían causado esos tratamientos; difícil creerlo, en estos lugares en donde la paga pasa por encima del dolor y la cura. Cuando ya tenía todo saldado, cuando ya la embajada de su país había estipulado que por ella no respondían, cuando ya estaba ad portas de enfrentarse a la realidad legal que nunca quiso, le sobrevino su salvación: la parca la visitó, le guiñó cómplicemente un ojo, le pasó la mano por su espalda, acarició su muñón aún herido y la llevó suavemente a visitar una nueva morada, allí donde reposaría para siempre. Y A. sumisa y deseosa caminó con una sola pierna, avanzó y avanzó hasta perderse en ese túnel de luz y ya nunca más se le vio. Fin de la telenovela de la que fue protagonista y la única de la saga colombiana que no alcanzó a ver en difusión.

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Post mortem 1: ¿Quién se encargará de sus gatos huérfanos, que eran cinco y que deben maullar ahora con llantos por quien fue su única amiga y con quien veían telenovelas a lo largo de los días?

Post mortem 2: Cuentan que para cremar su cuerpo se necesitaba autorización de su familia, pero como esta era desconocida o no existente, fue entonces suficiente que alguien del mismo apellido diera la aquiescencia. Y así el trámite cumplido pudo quedarse para siempre en total legalidad en estas tierras, abonando aquello que quiso, su patria de adopción porque así ella lo decidió, sin consultarlo a ninguna autoridad, ella se mandaba.

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