Revocar o provocar

23 de enero del 2013

Quienes se embarcaron en la aventura de la revocatoria del alcalde de Bogotá, Gustavo Petro, están, como se dice popularmente, orinando fuera del tiesto. Es cierto que Petro genera resistencias en más de dos terceras partes de los bogotanos y que en ocasiones logra exasperar, con su temperamento autoritario y buscapleitos, hasta a sus más […]

Quienes se embarcaron en la aventura de la revocatoria del alcalde de Bogotá, Gustavo Petro, están, como se dice popularmente, orinando fuera del tiesto. Es cierto que Petro genera resistencias en más de dos terceras partes de los bogotanos y que en ocasiones logra exasperar, con su temperamento autoritario y buscapleitos, hasta a sus más cercanos copartidarios. Tal es el grado de desconcierto que muchos de sus antiguos camaradas quisieran “in pectore”, por lo menos amenazarlo por convivencia, como a los protagonistas de telenovela, pa’ que afine. Pero lo que sí puede resultar de la intentona del representante de la U, Miguel Gómez, es que la tarjeta roja que propone se convierta en amarilla y, modo amonestación social y política, ponga a Petro ante un desafío en el que al sentirse provocado, o como en los toros que tanto le disgustan, embanderillado, termine por hacer una buena faena y salve la tarde.

Aunque como medida drástica la revocatoria es perfectamente legítima cuando a juicio de los electores un mandatario se sale del cause, no hay nadie de los que lo eligieron ni de los que votaron en su contra que piense seriamente que el ex líder del M 19 está haciendo algo distinto de lo que prometía. Petro tiene una concepción criolla del socialismo del siglo XXI en Bogotá y con su particular estilo lo viene aplicando. Siempre habló de su preocupación por los pobres y eso es totalmente coherente con que le preocupen las riquezas de los ricos. Ese es el trasfondo de sus medidas aventureras en el tema de las basuras. Y quién sabe sí le preocupa realmente que los ricos incrementen sus arcas o si es que al mostrar ese talante obtenga mejores réditos políticos. En un político mediático y populista, estos cálculos no se pueden descartar.

Pero la revocatoria como sanción política no tiene ningún futuro. Claro que se pueden conseguir las casi 300 mil firmas que se requiere para presentar legalmente la propuesta. Y que no es difícil generar un movimiento que sume varios sectores víctimas de sus medidas ¨progresistas¨, como el de la construcción, donde golpea a los constructores ricos pero sobre todo afecta a los pobres que viven de la albañilería y sus afines. Esta iniciativa no prospera porque fundamentalmente no surge de la ciudadanía. Es un proyecto de un sector político de ultraderecha que lo ve como un exguerrillero, que se les logró colar en las urnas, al que hay que atajar a toda costa para que no pueda realizar una buena gestión, que lo potenciaría como una alternativa presidencial para el 2018. Pero sobre todo no procede la revocatoria porque no hay incumplimiento del Plan de Desarrollo, que sería lo que legalmente lo justificaría.

Por otro lado, salvo que Petro se deje provocar y termine enjuagado en su soberbia y dando papaya a sus detractores, los demás partidos políticos, en pleno proceso de paz, no están interesados en darle un golpe de gracia que terminarían enviando el mensaje de que en Colombia a los exguerrilleros reinsertados no se les deja gobernar en paz, como de seguro lo vendería Petro ante la opinión nacional e internacional. De igual forma los partidos de la Unidad Nacional no quieren hacerle el juego a los opositores del proceso de paz, que casi son los mismos prorevocatoria. Hoy nadie quiere ser visto como el que pone palos en la rueda a la apuesta del presidente Juan Manuel Santos, quien mal que bien tiene la sartén por el mango, al controlar y aceitar como el mejor la maquina del estado.

Sensatamente, así a la mayoría no le guste la gestión del alcalde, Bogotá lo que requiere es recuperar el tiempo perdido por lo menos de los cuatro años de Samuel Moreno. Y un proceso de revocatoria lo único que lograría es agrandar las deficiencias de gestión y ejecución, victimizar a un gobernante que quizás se deleite con el síndrome de perseguido, colocar a la administración en una interinidad defensista que la inmovilice y, como si fuera poco, para rematar poner a la ciudadanía a padecer aún más con los platos rotos. Ese es el peor de los mundos. No gana Petro, no ganan sus opositores, no gana la administración y no gana la ciudadanía. Ni siquiera gana el representante Miguel Gómez que si acaso consigue un cuarto de hora de champú mediático, pero probablemente a costa de una carrera política que hasta ahora se veía seria. Derechista pero seria.

Tal vez sea una bonita oportunidad para que Petro reflexione y de un paso atrás en su diseño de gobierno. Que piense mas en gobernabilidad que en popularidad, más en la inclusión general que en la exclusión de los ricos, más en la buena gestión administrativa que en la espectacularista gestión política, más en la huella que dejaría su alcaldía si saca a Bogotá del agujero negro que en su gobierno como trampolín presidencial; que prefiera la imagen de estadista a la de ¨enfant¨ terrible, que le seduzca más la imagen de ejecutor que la de trinón en el Twiter. Quizás no sea la hora de revocar y más bien sea la de provocar, pero mucho mejor resultaría para Bogotá y para el futuro de Petro que fuera la hora de convocar. Ese verbo tan esquivo para el proyecto de los Progresistas, heredado del M19, donde son los salvadores del país, los redentores de los pobres y la comprometida vanguardia revolucionaria. La convocatoria exige flexibilidad táctica pero los cortoplacistas y aventureristas prefieren dar el salto estratégico, así sea al vacío.

En todo caso, lo que es completamente inoportuno es el cuento de la revocatoria. Para empezar, Petro es reconocido como un luchador contra la corrupción política y suena raro que quienes quieran revocarlo no hubieran hecho lo propio con la administración Moreno, en la que había motivos de bulto. Y si algo logra la medida, a todas luces desproporcionada, es desvirtuar el carácter a las críticas fundamentadas que merece la administración distrital. Además, eso es llevar a Petro al escenario que le gusta, el de víctima. Y de paso encimarle lo que le encanta, la exposición mediática. Y si se quiere más, se le brinda la posibilidad de soñar con un escenario réplica de la movida del comandante Hugo Chávez en Venezuela, luego del intento golpista, en el cual sí lograran la revocatoria lo dispararían automáticamente para la tarima presidencial.

Porque los Progresistas donde mejor se acomodan es en la confrontación polarizante, y mejor aún en ese juego pendular de la política colombiana en que pueden aspirar a ser en determinado momento, la cresta de la ola de un eventual proceso de paz, justo en la orilla de quienes hoy piden espacio democrático a la burguesía excluyente. Gran favor le harían entonces los antipetristas a Petro. Una apuesta derechista con todos los riesgos de que salga el tiro por la culata. Esa ofensiva reaccionaria es atractiva para muchos progresistas que gozan en la conspiración pero aún les queda otra opción, la de no dejarse provocar. Ah y de paso la de sugerirle a su jefe que no le jale más a su estilacho provocador.

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