Rincones procaces del cerebro

8 de junio del 2011

Ante los escándalos sexuales públicos (Schwarzenegger) y probables delitos sexuales públicos (Strauss-Kahn) de las últimas semanas, se pregunta uno que rincón del cerebro se ocupa del sexo.  Suponer que el cerebro tiene regiones específicas para distintas conductas humanas es una vieja idea en medicina.  Ya Posidonio en el siglo IV de nuestra era decía que la imaginación se localizaba en los lóbulos frontales, el entendimiento en las zonas intermedias y la memoria en las posteriores.

No hemos definido un mapa completo de las actividades del cerebro, y quizás la misma mirada topográfica sea insuficiente para entenderlo pues de seguro una actividad tan importante como la sexual compromete integralmente todo el sistema nervioso (voluntario e involuntario).  Aun así la neuroanatomía puede decirnos algo de la mente sexual humana.

Por ejemplo en una observación discutida por otros, Simon LeVay (Science, 1991) describió que el cerebro de hombres con orientación homosexual mostraba cierto núcleo más pequeño en el hipotálamo anterior.  Este científico es gay y admite que este hallazgo puede ser usado por el sector homofóbico de la opinión social.  Al mismo tiempo su descubrimiento propone una diversidad orgánica y quizás congénita, no patológica, en los cerebros humanos.  Adjudicar entonces una conducta humana a una región anatómica tiene su más y su menos.

Cuando estudiamos nuestro cuerpo reflejamos lo que pensamos del hombre.  Casi nunca somos un observador neutral de la naturaleza, imponemos en ella nuestras ideas preconcebidas sobre lo que somos.  Ese es nuestro “karma” pues somos animales cabezones, con cerebro grande y vivimos pensando en nosotros mismos.  Además frecuentemente vemos en todo sexo, aún al describir órganos y sistemas no genitales.

Olry y Haynes han publicado unos interesantes artículos en el Journal of the History of the Neurosciences sobre el nombre procaz que los anatomistas dieron a algunos rincones cerebrales.  Por ejemplo, el fornix es un haz subcortical de fibras que conecta el hipocampo con núcleos septales, llamados del placer.  Todos son elementos de los núcleos basales del cerebro que alguna vez se llamaron el circuito de la emoción.

Hasta ahí todo parece parte de una árida y fría descripción anatómica.  Pero si consideramos que fornix, significando bóveda o arco en latín, es la raíz etimológica de nuestro verbo fornicar la cosa se vuelve interesante.

En tiempos romanos bajo las bóvedas de puentes, basílicas (cuyo origen arquitectónico no es eclesial), anfiteatros y el coliseo se ejercía el viejo oficio de la prostitución.  Para la cultura latina estos fórnices eran oscuros rincones públicos, siendo los romanos más pudorosos de lo que imaginamos, donde se permitían relaciones sexuales comerciales.  Se pone uno a pensar hasta dónde  en nuestra cultura convertimos la relación íntima en pública, hasta dónde fornicamos en el sentido original del término.

Siguiendo con los artículos de Olry y Haynes, el anatomista Colombo del siglo XVI fue quien describió el clítoris, lejos de aquellos rincones cerebrales.  Y digo describió, atención, porque supongo que había sido descubierto miles de miles de años antes.  Pues bien ese mismo Colombo al disecar el fornix llamó al espacio entre sus dos ramas o columnas “vulva cerebri”, vulva cerebral.

Otro anatomista, holandés y del siglo siguiente, encontró un orificio en esta región cerebral llamándolo el “ano”.  Para los médicos y los estudiantes de morfología humana, que así se llama ahora la temida “anatomía” del segundo o tercer año de nuestro viejo currículo, ése sería hoy nuestro acueducto de Silvio que da salida al tercer ventrículo.

Para terminar con la procacidad de los anatomistas, Bartholin el danés consideró que la glándula pineal (de pinea, cono de pino en latín) situada en esas cercanías cerebrales parecía un “pene pequeño”.  Recordemos, no por machismo, que Descartes pensaba que la pineal era la sede del alma humana.

Todo este divertimento anatómico e histórico demuestra que siempre hemos visto en el cerebro nuestro sexo y la base de nuestra conducta sexual.  Pero hago una consideración frecuente entre las feministas: ¿somos esclavos de nuestro anatomía? Lo que nos lleva de vuelta a los escándalos y delitos sexuales de nuestras celebridades.

Una distinción importante: no es lo mismo escándalo sexual (exposición pública de conductas íntimas bizarras o extrañas) que delito sexual (violación, abuso de menores, incitación a la prostitución  y otros).  Debemos ser discretos, a lo francés, en los primeros e inclementes, a lo anglosajón,  para los segundos.

El cerebro no debe ser la excusa para nuestra conducta sexual, aunque en él nos veamos reflejados en toda nuestra desnudez animal.  Muchos de nuestros actos son sólo parcialmente voluntarios pero debemos ser responsables por todos ellos.  No podemos dejarnos llevar de todo capricho y deseo oscuro, la conducta sexual puede herir a nuestro prójimo sea éste cónyuge, compañero, colega de trabajo, empleado a nuestro cargo o camarera de hotel.   Debemos cuidar al otro de promiscuidades y “fornicaciones”.

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