Romance a diez mil metros de altura

7 de septiembre del 2011

En algún momento de mi carrera de tripulante, Magolita y yo tuvimos un apasionado romance. Entre servir tintos y repartir tarjetas de inmigración, se inició una relación bastante particular que se desarrolló casi exclusivamente a más de 16.000 pies de altura y en hoteles o aeropuertos. Desde el momento en que nuestras manos se rozaron […]

En algún momento de mi carrera de tripulante, Magolita y yo tuvimos un apasionado romance. Entre servir tintos y repartir tarjetas de inmigración, se inició una relación bastante particular que se desarrolló casi exclusivamente a más de 16.000 pies de altura y en hoteles o aeropuertos.

Desde el momento en que nuestras manos se rozaron de forma accidental en un pequeño B-727-100 y luego de manera intencional pero encubierta, al entregar una bandeja de comida en un Airbus 300, hasta aquellos momentos en que nuestros cuerpos se tocaban un poco más de lo necesario al cruzarnos en el estrecho pasillo de un B-707, supimos que preferíamos mantener nuestra relación en el mundo de los aviones y hoteles.

Durante meses nos dedicamos a querernos en este medio de la aeronáutica. Desde luego, cumplir con la fantasía un poco ingenua de tener relaciones sexuales entre las nubes, fue una de las experiencias más recordadas de esa época. Las cosas se dieron sin tener que presionar el asunto demasiado…la primera vez que sucedió, nuestro destino era Montevideo, Uruguay, un vuelo de más o menos siete horas. Después del primer servicio de bebidas, noté que Magolita me lanzaba una miradita coquetona, pestañaba un poco más rápido de lo normal y sonreía de una manera… especial. Sintiéndome muy romántico, le planté, a escondidas de los pasajeros, un beso rápido sobre los labios.

-¿Eso es todo?- Me respondió ella con una mirada profunda.

–Yo pensé que eras más… osado.- ella volvió a sonreírme con esa sonrisita coqueta.

-Bueno, si tu quieres podemos…- Miré a todos lados y noté que habían pocos pasajeros por el área central del avión

-Te espero en el baño # 3-. Le dije antes de irme a atender un timbre de llamada.

El baño “tres”, por su mayor altura y amplitud se volvió nuestro lugar clave para estos encuentros clandestinos. Y así empezó el asunto. Los dos sabíamos que cuando uno le decía al otro que nos encontrábamos en el “tres”, lo que quería decir era que…bueno, íbamos a pasar unos minutos, que aunque un poco incómodos y a las carreras, eran divertidos y excitantes.

Nuestro compañero Rigoberto descubrió nuestras aventuras y sin darme explicaciones al respecto, me preguntó porqué no hacíamos los vuelos en el avión Lockheed-1110, que estaba de moda entre azafatos en esa época.

En el siguiente vuelo en un L-1110, puse atención y me enteré porqué. Resulta que en ese avión había un elevador que bajaba a los tripulantes a un galley privado donde se guardaban los carritos e implementos del servicio. En este viaje, vi cuando una pareja de azafatos que llevaban poco de casados y que no nombro porque hoy en día son unos abuelos respetables, bajaban a este lugar a tener un encuentro amoroso privado. Siempre pensando en la seguridad, recordé que existía un visor “ojo de pescao”, que servía para ver desde arriba hacia dentro del galley en caso de que se produjera algún incendio, inundación o una situación de emergencia y desde luego, no aguanté las ganas de fisgonear a mis compañeros en acción.

En otro vuelo, sin que Magolita y yo aun pudiéramos experimentar los placeres sensuales a más de 10.000 metros de altura en este tipo de avión, tan pronto terminamos el servicio de bebidas en la cabina ejecutiva, me dispuse a fisgonear a los que yo pensé eran mi compañero Rigoberto y su primera esposa, que hoy trabajaba con él en la cabina principal. Cuál no seria mi sorpresa, cuando a través del “ojo de pescao” vi a Rigoberto haciendo de las suyas con la compañera de viaje de un pasajero que inocentemente dormía la siesta en la ¡cabina ejecutiva! Esa fue la última vez que cometí la indiscreción de espiar por el visor, no fuera que por mirón, me encontrara lo que no se me había perdido. Mientras duró nuestra relación, Magolita y yo seguimos reuniéndonos en el confiable baño “tres” del A-300, pues nos inquietaba la idea de que en el L1110, algún tripulante chismoso nos estuviera espiando. Que buena época esa, en la que la prioridad en el diseño de los aviones era la comodidad de los pasajeros y sus esmerados tripulantes.

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