Rumbo a la vida eterna

11 de febrero del 2018

Opinión de Fernando Fernández.

Rumbo a la vida eterna

“Creo en la vida eterna en este mundo, hay momentos en que el tiempo se detiene de repente para dar lugar a la eternidad” Dostoievski.

Vivir eternamente o en su defecto muy largo tiempo, mucho más que la esperanza de vida que nos vaticinan las estadísticas, es el gran sueño de los seres humanos.

La vida eterna per se no tiene gran interés, lo que en realidad anhela el ser humano es una vida eterna (o muy prolongada) con plenas facultades de lucidez, bienestar, organismo intacto sin achaques ni dolores, formas contorneadas adolescentes, piel sin asomo de marchitamiento, es decir no solo la vida eterna sino la eterna juventud. Tal vez por esto la visión judeo-cristiana de los ángeles es tan atractiva, a ella aspiramos, es el modelo ideal: belleza, salud, bienandanza, inmortalidad, juventud.

Un anhelo y un propósito que han hecho progresar a la especie humana dotándola de mejores sistemas de salud, alimentación, higiene, asepsia, control de epidemias, y de medicinas curativas y preventivas de enfermedades. Y los logros han sido enormes: basta con recordar que hace algunos siglos una sencilla caries dental podía degenerar en infección y acarrear la muerte. Difícil esto en nuestros días; al cáncer y a otras grandes enfermedades, que si bien no han sido vencidas, cada poco se les gana terreno y la especie humana es más longeva. En la Edad Media la esperanza de vida era en promedio de 30 años, en la actualidad esta se sitúa a nivel mundial en los 67 años. Se vive más, y con los adelantos científicos en curso nos volveremos pronto fácilmente centenarios, nos presagia Noah Harari en su reciente y recomendadísimo libro Homo Deus.

Desde tiempos inmemoriales la prolongación de la vida ha sido obsesión insaciable para la mayor parte de grupos humanos; algunos la han buscado a través de la fabricación de un brebaje, el elíxir de la vida, otros, los alquimistas con el descubrimiento de una piedra filosofal, mística piedra que transmutaría los metales en oro y generaría además dicho elíxir. Otros, más recientemente, como el conquistador de la Florida, el español Ponce de León en el siglo XVI que consagró ingentes esfuerzos para descubrir en el nuevo mundo la legendaria fuente de la juventud, la cual evitaría senectud a quien la bebiera o se sumergiera en ella. Otros, más espiritualmente, han inventado bonitos sortilegios como la reencarnación: una cadena infinita de renaceres del mismo individuo. En el mundo contemporáneo hay quienes no se resignan a la mortalidad y hacen congelar sus cadáveres (criogenia humana) para ser “resucitados” cuando la ciencia haya avanzado y pueda curar las enfermedades o la vejez que padecieron. De otra parte, no faltan los laboratorios farmacéuticos que obtienen pingües ganancias con engañifas de rejuvenecimiento a los consumidores de sus insulsos productos, todo esto de la mano de despampanantes divas inescrupulosas que se prestan a tales artimañas comerciales y de un público cuya avidez de longevidad torna en lamentable ingenuidad. No distan mucho tales intentos de los rejuvenecedores baños de leche de burra de Popea, la madre de Nerón, o de los menjurjes a base de semen humano que se aplicaba Cleopatra.

¿Y por qué quiere la especie humana vivir más? Sencillamente porque el cerebro humano se aferra a su vida terrenal, quiere preservar lo que tiene, su sentido de supervivencia es la necesidad primaria más fuerte que posee. Pese a todas las prédicas y creencias que le preconizan un más allá luminoso, pacífico y de bienestar total, su instinto no procesa claramente esta invención quimérica y duda, sin confesarlo, de los actos irracionales de fe, prefiriendo lo que tiene aquí y ahora; no desea separarse de esa realidad tangible a cambio de oropeles improbados. Los fantásticos ríos de miel y néctar, las huríes y tantas delicias edénicas no las cambia por lo que tiene seguro: su vida material. La noción de otras vidas sólo las alberga para su tranquilidad espiritual y elucubración mental.

Por esta misma razón, tampoco desea la especie humana autoeliminarse, al menos de manera consciente, por dramático que parezca el suicidio, los casos son marginales, no sobrepasan a nivel mundial una tasa de 4 por cada 100.000 habitantes. Es decir, que la inmensa mayoría prefiere vivir aún en condiciones calamitosas; la gente considera una existencia desastrosa mejor opción que desaparecer, mejor subsistir.

Tal vez, las únicas nociones aplicables de eternidad para los seres humanos son: la continuidad a través de la descendencia genética y la prolongación de la existencia a través del recuerdo dejado. El método es “fácil”, en el primer caso, basta con procrear y en el segundo con producir ideas, productos, cambios de sociedad tan trascendentes que al menos el nombre perdure. Ninguno de los dos métodos es seguro ni real garante del propósito. El de la procreación diluye la identidad en un magma genético indistinguible con el paso de pocas generaciones, y en el segundo el olvido se instala más rápidamente de lo que se cree, por ejemplo: ¿podemos, sin consultar Google u otro sistema, recordar el nombre de quien inventó Facebook? A duras penas podemos pronunciarlo, en algunos años desaparecerá tanto el producto como el recuerdo de su inventor. Otro ejemplo: ¿Recuerda el lector quién inventó el transistor o el procesador del computador, sin los cuales no funcionaría la vida moderna? Memoria volátil la humana, todos condenados al olvido y a lo efímero y todos con deseos de no serlo. Ah, triste y fútil anhelo.

Algunos dicen que aceptan fácilmente el envejecimiento, argumentando, no sin razón, que es un proceso normal, que cada etapa trae sus ventajas. En el fondo, tal actitud es una aceptación racional de lo inevitable. Esos mismos que se ufanan de su inalterabilidad emocional con el paso del tiempo, suelen a encubiertas hacer dietas, ansían secretamente un bisturí eliminador de molestas protuberancias adiposas, se embadurnan algún potaje antiarrugas, se engrasan con algún hidratante que suavice o retarde el desgaste del tiempo.

El hombre es el único ser viviente consciente de su finitud y no la soporta, por eso se inventa eternidades. Su existencia considerada como un lapso entre dos nadas le es insufrible, y el regreso a la nada una insoportable pesadilla. El desasosiego resultante es el gran caldo de cultivo de las religiones, en donde estas pueden cómodamente pescar incautos a su real antojo.

Los avances médicos y farmacéuticos han logrado prolongar la vida, es innegable; de ahí a lograr la inmortalidad, sólo veo el camino que nos traza aquel ocurrente médico que es consultado por uno de sus pacientes:

– Doctor, quiero vivir eternamente, ¿tiene usted alguna medicina para ello?

– Claro que sí: no beba alcohol, no fume, no ingiera grasas, ni tenga sexo.

– Y, ¿esto me garantiza una vida eterna?

– Bueno, no tanto como eso, pero la vida le va a parecer eterna…

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