Sagrado Corazón de Jesús, ¿en quién confío?

15 de agosto del 2011

Los colombianos prenden sus noticieros de televisión y abren las páginas de los periódicos y revistas en busca de información de actualidad, pero su comentario inmediato es que no creen en las noticias y a renglón seguido que los periodistas no les inspiran confianza. En Colombia se desconfía de casi todo lo que se dice […]

Los colombianos prenden sus noticieros de televisión y abren las páginas de los periódicos y revistas en busca de información de actualidad, pero su comentario inmediato es que no creen en las noticias y a renglón seguido que los periodistas no les inspiran confianza. En Colombia se desconfía de casi todo lo que se dice y de casi todo el que lo dice. Claro que cuando la noticia se vuelve show y el espectacularismo es el nombre del juego pues la credibilidad se ve horadada y el amarillismo se convierte en el principal factor de erosión de la confianza. Los Félix, los 1,2,3 y los confidenciales que ya van en punto com, han convertido la información en negocio de entretenimiento y en rentable escenario de diversión aún a costa de la credibilidad. Los ven, los oyen y los leen pero no les creen.

En Colombia es fácil escuchar que Yamid es el mejor entrevistador del mundo, pero nadie dice que sea el que más credibilidad le ofrece, que Coronell es el mejor investigador pero, con excepción de los fanáticos antiuribistas, nadie le otorga la categoría de confiable. Que Caballero y Samper Ospina son excelentes columnistas, uno un gran escritor y el otro un chistoso escribidor pero pocos dan por serias sus afirmaciones. Los divierte su curioso resentimiento de clase pero no harían una apuesta sobre la certeza de sus comentarios.

Tal vez Julio Sánchez y Felipe López han sabido cuidar mejor el activo de la credibilidad y por eso aún existe un buen número de colombianos que los escucha o lee con cierta confianza. Se les nota el esfuerzo por vigilar el principal capital de un periodista, aunque a veces hacen extraños malabarismos para tener colaboradores que hagan el trabajo sucio y garanticen el show. Y serán muy lindas y muy sexis las Vickys, o las Gurizatis o muy circunspectas las Clara Elviras pero nunca las buscarán por eso que generaban las Judith Sarmiento. Salvo que hayamos llegado a que la belleza genera confianza y entonces se explicaría el auge del bisturí en los informativos.

Pero la credibilidad también se ha perdido por nuestra condición. Porque el periodismo ha sido una de las víctimas de esa suspicacia que se ha apoderado de este país como consecuencia inevitable de la paulatina pérdida de confianza en casi todo. Y claro, ésta no se ha perdido gratuitamente. Ese don que echamos de menos en países donde le devuelven a uno la billetera con su dinero intacto en un aeropuerto, es el corolario de un comportamiento ciudadano donde se teje seguridad y se siembra credibilidad a partir de los pactos cumplidos, que no es otra cosa que la construcción de confianza.

Pero en Colombia, hace mucho rato nadie le cumple a nadie. Los políticos son los primeros. No hay un solo elector que no se sienta defraudado por su elegido. En los negocios, ni firmando toda clase de cláusulas penales o punitivas se salva alguien de que le incumplan el pacto o le cambien las reglas a mitad de camino. No hay acuerdo de paz que no termine con acusaciones mutuas de incumplimiento. No hay hoy matrimonio o pareja que no esté en peligro de extinción porque alguno siente que el otro no cumplió.

Algo en nuestro modus vivendi, para no caer en las hipótesis de los cruces raciales y herencias malditas de moros o cristianos, algo en nuestra pobre humanidad, agobiada y doliente nos llevó a  no creer ni en uno, ni en el otro, ni en el futuro, ni en el presente, ni en los de arriba ni en los de abajo, en fin, nos llevó a la desesperanza, la pérdida de la fe, la no confianza y al reino de la suspicacia. No es que se les crea a los periodistas, es que se presume que todo lo malo que digan de los demás es cierto. No es credibilidad en la prensa es incredulidad en el resto de los paisanos. Y esa confusión es la que alimenta los temperamentos pendencieros en la prensa, que se asemejan a los atorrantes de la vida pública.

La confianza hay que reconstruirla y la credibilidad rescatarla, pero eso requiere comenzar por el principio. Ser consciente de que lo que brilla en los medios no es oro. Que el periodismo también desinforma. Que el show no debe continuar a cualquier precio y que se puede corromper también una sociedad arruinando su confianza. Pero ya es hora de que nos inventemos la forma de hacerle pistola a tanto mequetrefe y a tanto chisgarabís, como diría Alberto Casas, para tomar el control, apagar el televisor, la radio o no leer la prensa cuando broten los alimentadores de suspicacia o destellen los constructores de desconfianza. Tenemos capacidad de veto en el mundo de la información para que se vuelva por los fueros y se acabe esa práctica de funcionario público que sabe que tiene que aprovechar el momento, porque no confía ni en su mañana, que lo hace llevarse lo que sea por delante, y en los bolsillos, mientras está en su cuarto de hora.

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