Salud, dinero y odio

Vie, 30/09/2011 - 00:02
El debate suscitado en torno a los supuestos dictados del jefe paramilitar Carlos Castaño al columnista de derecha Ernesto Yamhure y las cercanías afectivas del coman

El debate suscitado en torno a los supuestos dictados del jefe paramilitar Carlos Castaño al columnista de derecha Ernesto Yamhure y las cercanías afectivas del comandante con la columnista Salud Hernández pone nuevamente sobre el tapete la doble moral con que se juzgan ciertos hechos en Colombia y particularmente cuando se trata desde el periodismo el tema de la ética. No hay nada más maniqueo en el país que una discusión sobre ética y periodismo.

Para empezar, no veo fácil imaginarse al periodista recibiendo dictados. Lo que puede haber ocurrido es que un columnista identificado ideológicamente con un jefe paramilitar y con alguna dosis de admiración por su lucha, se ponga, modo lambón, y le consulte la precisión de unos términos que reflejen los conceptos que comparten ambos, desde su óptica derechista. Pero de ahí a convertirlo en mercenario de la escritura puede ser un tanto oportunista y más bien el resultado de una emoción revanchista. Máxime si de paso se pretende golpear al uribismo, que hoy para muchos es la madre de todos los males.

Las posiciones ideológicas de los derechistas como Plinio Apuleyo Mendoza, José Obdulio Gaviria, Ernesto Yamhure y muchos tantos que manifiestan sesgadamente su rechazo a la criminalidad guerrillera y dejan ver cierta complacencia justificacionista con la criminalidad paramilitar, da mucha rabia y produce muchos odios. Por eso cuando aparece el intercambio de correos del columnista con el jefe paramilitar, brota un sentimiento de desquite entre quienes ejercen el periodismo a la inversa. O sea aquellos que combaten con sesgo la criminalidad paramilitar pero justifican de alguna manera la criminalidad guerrillera. Y es ahí donde surge rampantemente el maniqueísmo.

Por ejemplo, hay quienes piden más o menos que si a Yamhure lo echaron del puesto debía sucederle lo mismo a Salud Hernández, quien por la derecha también se ha ganado sus odios. Lo curioso es el esfuerzo que se les nota a unos para encontrar semejanzas en las conductas mientras que otros se devanan los sesos para hacer índice en que son distintas. Lo concreto es que el concepto leninista de que lo bueno es lo que le sirve a la revolución y lo malo lo que no le sirve, parece ser, casi un siglo después, el que guía el debate doblemoralista de la ética y el periodismo.

Aquí surgen varias preguntas. Por qué mediáticamente la compinchería con los jefes guerrilleros nunca fue tan mal vista como la confiancita con los jefes paramilitares, por qué incluso los romances de los comandantes guerrilleros con famosas periodistas tiene cierto caché mientras que la admiración femenina a narcotraficantes como Carlos Ledher o a paramilitares como Mancuso y Castaño, que ha existido, siempre ha tenido algo de vergonzante.

El debate de la ética y el periodismo es una asignatura pendiente en Colombia. Aquí hay periodistas como el que llegó a ser director de una prestigiosa revista cuando todo el mundo conocía sus nexos con paramilitares como Yahir Klein, hay periodistas que montaron sus emporios noticiosos con la ayuda de narcotraficantes como Pastor Perafán o con el dinero de intermediarios de la mafia como César Villegas. Hay quienes se enfrentan valientemente a un gobierno por corrupción y ejercen como funcionarios de otro gobierno de corruptelas y escándalos con la mafia.

Hay quienes mantienen sin ningún empacho la puerta giratoria entre la función pública y el ejercicio en los medios mirando la paja en el ojo ajeno cuando en el propio han coexistido con la viga. Buena falta hace el debate para que los autores de la opinión publicada se entrometan en la autorreflexión ya que si lo que se pretende es orientar la opinión pública debiera pensarse uno, que el público no es bobo y dos, que se requiere más coherencia en sus análisis y menos pasión en su juicios de valor.

No es tarde para intentar construir colectivamente en el país los paradigmas éticos que salvaguarden un oficio en el que sus protagonistas en ocasiones sufren el síndrome de Estocolmo con la fuente, o aplican el todo vale por una chiva, o andan con agendas paralelas y ejercen la reportería al tiempo que lagartean cosas en su propio beneficio, o aquellos que montan oficinas de asesorías de imagen para cobrar jugosos contratos a los escandalizables y hacerles los filtros necesarios para que no les publiquen en su contra o para atenuar el tratamiento de la noticia.

Aquí para que no se aplique impunemente que la justicia es para los de ruana, en este caso para los de derecha, se debe pensar que la única forma de evitar que esto siga desmadrándose y retroalimentando espirales violentos es que lleguemos a la fórmula popular de todos en la cama. Eso puede que no guste mucho pero es lo más sostenible o lo más saludable, hablando de salud mental.

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