Sanción social

Sanción social

3 de mayo del 2017

Con frecuencia somos indolentes con quienes han violado la ley. ¿Cuántos políticos corruptos se pavonean por las calles luego de haber saqueado sus regiones una y otra vez? ¿Cuántos periodistas a sueldo posan de adalides de la moral mientras tienen agendas ocultas? ¿Cuántos empresarios que acumulan utilidades mal habidas salen en las revistas haciendo gala de sus riquezas?

Por ello resulta sorprendente la reciente reacción espontánea del pueblo vallenato cuando vio a Ernesto Samper en una tribuna del festival. Los gritos de “fuera, fuera” y los cantos burlescos de “ocho mil, ocho mil” confirman que, a pesar del tiempo transcurrido, del esfuerzo de Samper por lavar su imagen, de su actual poder político, de la impunidad de todos los procesos que se le han intentado, el pueblo raso no olvida quién es quién.

El cinismo de Samper es superlativo. Se atreve a defender a Maduro, es partidario acérrimo de Santos a pesar de que éste trató de tumbarlo con ayuda de paramilitares. Habla de justicia social cuando le entregó el poder a los “cacaos” a cambio de que lo sostuvieran en su gobierno. Pontifica sobre lo divino y lo humano mientras fuma cigarros de gánster y se da una gran vida. Pero periódicamente el pueblo digno a gritos le recuerda lo que realmente es.

Si fuera por el establecimiento, Samper estaría revindicado. Los ricos y poderosos lo invitan y lo respetan. Santos le ha dado mucho oxígeno pues le ha sido útil para ambientar su proceso de paz en los oscuros gobiernos del Alba. Los indeseables Ortega, Evo, Correa, Maduro y Castro, son sus amigos. Tiene acceso a los medios y por lo que se dice su situación económica es más que cómoda. Controlar la justicia colombiana es su obsesión permanente pues sabe que es su talón de Aquiles.

Pero en las redes sociales a Samper lo muelen. Es un símbolo de la corrupción de este régimen cada día más ilegítimo y desprestigiado. El director de Semana, sobrino de Santos, sostiene con cinismo samperista que “las redes sociales están impactando negativamente el valor de la democracia”. Se siente incómodo por el hecho de que no pueden imponerle a la opinión su defensa del sistema que enriquece a pocos, protege a los corruptos e impone su visión de un mundo amoral.

Menos mal no todo está podrido. En Valledupar y en las redes hay todavía quienes saben distinguir quién es quién.

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