Neonazismo o Castrochavismo: El falso dilema de la guerra o la paz

16 de mayo del 2014

“Santos es diferente a su antiguo jefe y coequipero Álvaro Uribe, pero es cuestión de estilo”.

Es falso el dilema de la guerra o la paz en estas elecciones. Ni tanto que Santos alumbre la paz, ni tan poco que Uribe la queme. Santos promete la paz para reelegirse pero no da muestras de quererla. No le interesa la paz con los campesinos, ni con los maestros, ni con los trabajadores. La paz social no es su prioridad. Y la paz con la guerrilla, el armnisticio, no pasa de ser un discurso electoral. No hay pacto de desarme ni de suspender acciones armadas. No se habla en La Habana de entrega de minas quiebrapatas, de acabar el reclutamiento de menores, ni de parar las masacres a soldados. Santos es diferente a su antiguo jefe y coequipero Álvaro Uribe, pero es cuestión de estilo. Santos es más diplomático. Uribe más camorrero. Pero en su concepción de democracia no se diferencian mucho. La voluntad reformista en materia de justicia, educación, o salud es escasa en ambos. La decisión de Santos de negociaciar con la subversión no surge a partir de su perspectiva democrática o incluyente. Es una medida pragmática para montar sus propias huestes con miras a la reelección, soportada en la visión demócrata de su hermano Enrique Santos Calderón.

Tampoco es cierto que Santos vaya a entregar al país al castrochavisno. Ni que Uribe sea el neofascista enemigo de la paz. Esas son falacias que nos quieren meter el uno y el otro para perpetuarse en el poder. El uno para no perderlo y el otro para retomarlo. Son dos alegres compadres que se pelearon y que ahora se sacan los trapitos al sol. La guerra que no quieren terminar, ni el uno ni el otro, es la guerra sucia, la del todo vale, que utilizan ambos con las peores armas mediáticas contra su adversario. La guerra sucia que ejerce la clase política para amañar las elecciones, esa que incluye la Yidispolítica y la mermelada, que son dos versiones de la corrupción y la politiquería. Aquí no hay diferencias ideológicas. Ambos han sido de derecha, han compartido falsos positivos, chuzadas, bombardeos a guerrilleros en Ecuador y hasta la reforma del articulito que permite hoy la reelección. Ambos prometieron no jugarle a la reelección pero incumplieron. Ambos cabalgan en las perversidades de la reelección inmediata en una Colombia, donde elige la maquinaria y se vota por el que utiliza el poder del Estado.

Ambos representan a los poderosos económicos. Los viejos y los nuevos. Ambos son enemigos de las reformas sociales que intentan cerrar brechas económicas, sociales o políticas. Ambos son enemigos de la democracia real porque le apuestan al poder de la tradicional clase política que se elige con prácticas antidemocráticas. Ambos, en estos 12 años que se han turnado, han sido indiferentes con los campesinos y su drama de empobrecimiento y camino hacia la ruina. Ambos han ignorado a los estudiantes con la reforma a la educación para que el país deje de rajarse en esta materia. Ambos se han hecho los de las gafas con la reforma a la justicia porque prefieren mantener esta rama del poder politizada en su beneficio propio. Ambos le han hecho el quite a la reforma a la salud porque ese es un tema que afecta a los pobres y ellos no son su prioridad. Sus diferencias son formales, no filosóficas, solo que pertenecen a dos élites distintas. Son dos bandos políticos con intereses particulares diferentes.

Ambos se acusan mutuamente de oportunistas, se alían con el PIN o con los Ñoños pero lo critican severamente cuando el otro lo hace. Ambos dicen que el otro es clientelista, corrupto y politiquero. Ambos afirman que el otro utiliza pruebas falsas y miente. Ambos se acusan de no cumplir pactos, traicionar y aliarse con los enemigos. Ambos tienen razón. Y ambos han caído bajo. Han recurrido a polarizar al país para aferrarse al poder. Por sus mezquinos intereses han alimentado los odios, se han inventado los hackers y los zares del desprestigio mutuo. Cada uno acusa al otro de jugar sucio, de hacer trampa electoral, de hacer propaganda negra, de destruir la confianza internacional en nuestro país, de chuzar y de crear falsos positivos. Ambos creen que el otro no merece el apoyo de los colombianos porque no ha sido buen gobernante. Cada uno exagera el comportamiento del otro y magnifica sus consecuencias. Cada uno sobredimensiona mediáticamente los peligros de la posición contraria. Ambos tienen razón. Los dos son peores.

En lo sustancial, ambos tienen razón respecto del otro. Santos no tiene problemas en ser uribista para elegirse ni en volverse petrista para reelegirse. Su tercera vía consiste en estar en una y otra orilla según conveniencia. Uribe es enemigo de la guerrilla pero no siente gran enemistad con los paramilitares. Uribe se enfrenta a periodistas mientras que Santos los coopta. Uribe agrede, Santos seduce, o unta de mermelada. Uribe utiliza el poder para aplicar una política revanchista y dar golpes efectistas a la subversión. Esa es su medalla, derrotar militarmente a las FARC, mientras la de Santos es derrotarlos en la mesa de juego, porque confía en sus habilidades de jugador. Pero ninguno de los dos decidió derrotar políticamente a la guerrilla, porque eso requiere ánimo reformista y ambos carecen de este. Para eso se necesita ser un demócrata que piense en la sociedad como aliada para aislar políticamente a la subversión, para dejarla sin banderas. Ninguno de los dos le ha apostado a derrotar el principal cancer colombiano, el de la corrupción política.

Por eso se equivocan nuevamente Antanas Mockus y Gustavo Petro. Creamos que han caído ingenuamente en el falso dilema de la guerra o la paz, y que ven en Óscar Iván Zuluaga la sombra del neonazismo uribista, para no verlos como oportunistas irredentos. O para no darle la razón a Daniel Coronell, que a veces dice también verdades, como cuando describió a Petro en 1985: “Justo una semana después de denunciar los vínculos de políticos y paramilitares, se pasa al bando de los denunciados a cambio de una platica. La única razón del vistoso volantín es el dinero. El ministro Sabas Pretelt, comerciante por vocación, descubrió el precio de los ex guerrilleros y sus amigos: 4.000 millones de pesos”… “Gustavo Petro, el hombre que consumó el contrato, ha sido valiente a la hora de denunciar la infiltración paramilitar, pero le han podido la ambición y la doble moral en otros episodios”… “El representante que critica -o por lo menos criticaba- el uso de recursos públicos para el proselitismo a favor del presidente Uribe, justifica las mismas conductas en la casa del lado. Detesta los ‘consejos comunales’ de Colombia, pero adora los ‘Aló Presidente’ de Venezuela. Reprocha el delfinismo en la diplomacia colombiana -que alcanza para Santofimio y para Holguín- pero encuentra normal que un hermano de Hugo Chávez sea ministro y después embajador”, decía en esa columna.

Pero para no ser injustos habría que mostrar lo que Coronell dijo de Santos en 2010 en “ La Mesa de Santos”: “Todo indica que la traición es medalla en la campaña de Juan Manuel Santos […] Casi todos los directivos de la campaña han dado saltos mortales en política. Hoy están con Santos, ayer con otro y mañana con quien toque”… “Juan Manuel Santos tendrá su mayor enemigo en la desconfianza. Primero, la suya con su propio equipo resultado del cálculo y carente de toda espontaneidad, y segundo, la de los más recalcitrantes uribistas hacia el propio Santos”…“Un sector importante del uribismo recuerda la larga lista de volteadas del candidato de la U”.

Colombia no puede seguir por el camino de los odios. Requiere de alguien que insista en lo que nos une y no en lo que nos divide. Que quiera la paz sin impunidad pero con generosidad y que de prioridad a la educación. Pero sobre todo que se diferencie de las prácticas políticas que ejercen tanto Santistas como Uribistas. Que no engañe a los colombianos y que no atice el fuego. La paz empieza por el juego limpio. Y la paz se hace con el candidato que le juegue limpio a los electores. Peñalosa pide la palabra.

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