Saudades

21 de junio del 2012

Tengo que reconocer que escribo esta nota desde la saudade de torero de finales de los años 60, momento que parecería ser la mejor época del toreo moderno. He recorrido en este tiempo todos los países taurinos, y en cada uno de ellos conocí personajes de todas los “pelambres” e ilustres aficionados a la Fiesta […]

Tengo que reconocer que escribo esta nota desde la saudade de torero de finales de los años 60, momento que parecería ser la mejor época del toreo moderno. He recorrido en este tiempo todos los países taurinos, y en cada uno de ellos conocí personajes de todas los “pelambres” e ilustres aficionados a la Fiesta de los Toros. Desde reyes, pintores, curas, cantaores, putas, escultores, periodistas, locos, poetas, políticos, notarios, maricones, militares, comerciantes, médicos, abogados, mafiosos y hasta uno que otro “chorizo” camuflado.

Todos estos personajes, presumo por sus acciones, sentían el mismo romanticismo o pasión que desde niño sentí por el mundo del toro. Era espléndido y reconfortante compartir los mismos gustos. Era un honor estar en casa de Hernando Santos, o en casa de Fernando Botero, departir con Chopera o Balañá una copa de vino mientras cantaba y bailaba la incombustible Lola Flores, disfrutar un tentadero en Navalcaide, casa del maestro Domingo Ortega con sus consejos propios de la experiencia, tomar asiento y tertuliar en La Alemana con el pintor Pepe Puente, escuchar las trapisondas de los Ochoa para importar ganado bravo, o comer una “arepaeguevo”, un jamón y un vino, en la casa más humilde de cualquier pueblo o finca de cualquiera de estos admiradores del traje de luces y sus hazañas. Era un honor ser amigo del torero de moda.

Durante toda esta época los toreros ocupaban las primeras páginas de los diarios más importantes del mundo. La sociedad en general los invitaba a sus fiestas y algunas veces éramos los “arlequines” o monigotes dignos de mostrar en sus eventos, donde la foto era imprescindible para colgarla de por vida en lugar privilegiado mientras envejecía para terminar en el cuarto de los “chécheres”; otros aprovechaban dichas tertulias “los listillos” que nunca faltan, para hacer sus limpios o sucios negocios o bien fortalecer sus alianzas políticas donde lo que menos favorecían era al pueblo que los había votado.

Durante estos cuarenta años largos, los toreros fueron asiduos invitados de los medios de comunicación hablados o escritos, se percibía cierto respeto y admiración a la profesión, por lo tanto la sociedad en buena medida era afecta a la figura del torero. Algunos como “El Cordobés” fueron ídolo y emblema de todo un pueblo. Visitar amigos o vestirte de torero en hoteles de la fama del Ritz de Madrid, el Wellington, el Victoria, Alfonso XIII de Sevilla, el Colón, daban un halo de cosmopolismo, ser padrino de bautismo del niño de turno en cualquier ciudad o pueblo era lógico, también tocaba ser el amante de alguna mujer de cualquiera de los mencionados, bien para disfrute de ambos o para ponerle los cuernos al marido infiel, tarea consustancial al momento.

Los esfuerzos de la mayor parte de los toreros que han triunfado no están condensados en ninguna enciclopedia, mucho menos de los que se han quedado en el camino; la profesión bien entendida conlleva verdaderas privaciones y desvelos así como la escuela de distintos valores éticos y morales a cambio en muchos casos de perder la familia desde niños pues nos metemos en nuestro mundo y nos apartamos de los juegos que todo imberbe vive normalmente a esa edad. Entran los toreros a ser desde temprana edad, hombres viejos, su relación diaria pasa a ser con personas mayores como el apoderado, el mozo de espadas o el banderillero; cualquiera de estos personajes hace las veces de padre y hasta de madre si hace falta. Son los encargados de apartar al torerillo del mundanal ruido hasta que no llegue a ser figura, comenzará a vivir el mundo irreal de la Fiesta de los Toros.

Digo irreal, puesto que la realidad que percibo hoy día, a punto de llevar el pelo blanco, es que la profesión de torero ha pasado a mejor vida, los medios de comunicación solo comentan del tema para hacer ver que pasamos de un espectáculo artístico-cultural a un acto de “barbarie” donde poco mas o menos la descomposición social actual es culpa de la Fiesta de los Toros. No es broma, ya solo es portada de los diarios, la cornada en el cuello o en la boca de un torero, el accidente automovilístico o la venta de la finca por falta de pago a los impuestos de éste o aquel hombre que se esforzó por conseguir vivir una vejez tranquila y digna. El que menos con alguna cornada grave bien en el cuerpo o de las otras, las del corazón o las más duras, las del olvido.

¿Qué ha fallado en todo este cambio de actitud en la sociedad del siglo XXI para con la más bella de las fiestas? Los políticos, los maricas, los comerciantes, etc. prefieren hoy día otros espectáculos, algunos realmente violentos, en donde antes y después de cada encuentro resultan afectadas las vidas de seres humanos, y el mobiliario de las ciudades.

Algo ha fallado en todo este cambio de actitud de la sociedad del siglo XXI para con la Fiesta y contra el rito más puro y bello. Toda actividad para que perdure y se mantenga viva, debe tener una organización, un norte y un sur, parece que la Fiesta se quedó en el sur, el norte fue buscando la comodidad para las figuras, en el sur predominaron las políticas para el aficionado, los precios altos, el toro cómodo y con poca casta, no se midió el gusto de los públicos, ¿quién dijo que había que mantener por ejemplo la muerte del toro hasta que le tocaran los tres avisos al torero?, si los espectadores veían con horror el alargue de este acto, a cambiar tocaba, ni qué decir de la forma de picar. No se hizo.

Otra de las políticas obsoletas, fue la poca inversión en mercadeo y comercialización, los taurinos fuimos alineados solo para sacarle los “cuartos “a la profesión no para invertir en ella. Poquísimo dinero se invirtió en fiestas taurinas y coloquios en los colegios y universidades, para fomentar y hacer nuevos aficionados, dándoles a conocer su rica historia, su basta cultura y sus valores.

Politiqueros catalanes, ecuatorianos y bogotanos, con olfato de esta falencias encontraron en esta coyuntura un filón importante para conseguir votos de esa población que nunca se le explicó de que trataba el rito de la muerte del Toro en la Plaza, a los cuales no se les dijo o se les hizo ver de que la violencia estaba en el sistema bancario, en las guerras por las riquezas del subsuelo, en la miseria que agobia o los inmigrantes, o si hablamos de animales, no se les mostró la violencia en la forma de producción masiva que ejerce el hombre hacia las especies de animales que comemos a diario. Muy distinto a la realidad y cría del Toro Bravo, que es tratado desde que nace, con el más profundo respeto a su especie.

Solo queda esperar a que la Ley que debe de estar por encima de los gustos personales, a favor de las minorías y el respeto a la cultura de ejemplo de que la Democracia es para todos, lejos de las “alcaldadas”.

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