Scherezada se desnuda para escandalizar

12 de febrero del 2011

Scherezada cuenta para salvarse.  Sobornando, haciendo concesiones, negociando, claudicando con disfraz de insurrección ante el patriarca, según Joumana Haddad en Yo maté a Scherezada. Confesiones de una mujer árabe furiosa, de Random House Mondadori.

¿Se desbarata, me pregunto, el símbolo de la oposición cultural femenina árabe, y subalterna, en este ensayo autobiográfico en el que se sitúa ella sola, la poeta, ajena a todas las geografías, en su única patria que es la de su cuerpo lujurioso? “¿Extranjera, alma mía, quién eres?/Se te toma por la rebelde, /y no eres más que lubricidad que se traspasa./Lo que se toma por rechazo/no es más que el vértigo del extravío./Y el exceso de las máscaras borra tu rostro” dice Haddad en el poema “Tu país, esa noche ardiente”.  Beirut poco añorado donde habita, con sus guerras que la iniciaron en la vida: “Estoy desarraigada y me gusta pensar que tengo los pies en las nubes”.

Brazos, piernas, senos, lugares de su identidad, también exaltados en Jasad, la controversial revista por ella dirigida, en esta obra que rechaza el orientalismo o, mejor, a los que imitan o interpretan de maneras prejuiciosas u obsoletas las culturas de oriente en occidente.  Refrendado por los mismos árabes con su hipocresía, por el oscurantismo que censura la creación y la belleza e ignora tanto el legado árabe iluminista como la otra herencia milenaria de esa cultura: la fascinación por la sensualidad desbordada.  Ser árabe a la manera del miembro de un rebaño, del seguidor a ciegas de un líder o una causa. Corrupción, miseria, ostracismo, desesperanza.  Camellos, danza del vientre,  mujeres de velos escondidas.

Haddad católica, políglota, artista plástica y periodista cultural.   Cautivada desde chica por la literatura, la de su padre en la biblioteca familiar.  Sade a los doce años como bautismo de subversión.  Maiakovski, Pavese, Gibran, Dostoievski, Salinger y Éluard para soñar y no crecer en el romanticismo banal.  Lecturas de chica mala furiosa cuando se apropiaban de lo suyo, dulce y amable también, que optó por la poesía erótica exhibiendo su cuerpo tal como lo percibía.  Escritura de la urgencia porque sin ella no viviría, poemas hechos de su carne desollada, sin la piel que protege.  De sexo sin escondites, como mujer liberada a la manera de las feministas de todas partes, evocando la fortaleza de Lilith.

En Yo maté a Scherezada son otras las palabras: virulentas, con descaro, audaces, pero ya dichas y poco bellas.  Escogidas, sobre todo, para crear un texto de reflexión que confronte, exento de códigos secretos o máscaras.  Relato de vida publicado sin adular, por fuera de cualquier pacto con los círculos de poder.  Con la ira de ser árabe.  Con rabia porque son muchas las que, como ella, hacen lo que les da la gana, y son juzgadas según el único modelo de mujer.

Joumana Haddad guiada por su búsqueda de adrenalina, su adicción a la misma y por la lógica del “escandalizo, luego existo”.  Provocando.  Aunque diga lo contrario.

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