Sensatez

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18 de octubre del 2016

Durante la campaña del Plebiscito me preguntaron en repetidas ocasiones si aceptaría el triunfo del Sí. Sin vacilaciones y basado en lo que significa la Democracia expresé que “el veredicto de las urnas es el veredicto de las urnas”. Ahora, luego de un triunfo contra todas las adversidades, se pretende minimizar y eludir el triunfo del No.

Muchos hablan de posibles artimañas jurídicas para convocar un nuevo plebiscito y otros quieren presionar a la Corte Constitucional para que mantenga vivo el Acto Legislativo que permite reformar la Constitución y la ley con Fast Track y dándole facultades al Presidente, ante cualquier cambio cosmético.

Dentro de la lógica de quienes quieren desconocer el resultado ha venido el descrédito. Dicen que votar el No es de “estúpidos”, como lo insinuó una Premio Nobel de Paz. El Presidente estrenando el Nobel llamó ignorantes a quienes así se pronunciaron en las urnas y no faltan las voces histéricas de quienes con gritos en el Congreso construyen su fama de moralistas, diciendo que los que votaron No, lo hicieron engañados.

Es paradójico que los políticos que más pregonan “la paz” son los más agresivos. Durante la campaña del Plebiscito participé en decenas de debates y jamás escuché a un defensor de los acuerdos referirse a sus contenidos. Sencillamente nos identificaban a los del No con la guerra, con querer destruir el país e inclusive me llegaron a decir que para mí la vida no valía nada.

Siempre dije que los que defendían el Sí no son mis enemigos, mis rivales o contradictores. Su postura es tan legítima como la mía y me preocupé por mostrar las cosas en los Acuerdos que a mi juicio merecían ser modificadas.

¿Acaso era mentira que se permitía la elegibilidad política de quienes han cometido crímenes de lesa humanidad, como lo indicaba el artículo 36 del acuerdo de Justicia? ¿Acaso era mentira que los artículos 38 y 39 del acuerdo de justicia buscaban la conexidad del asesinato y el secuestro de soldados, valiéndose de sutiles términos como muertes en combate a la luz del DIH o la aprehensión de combatientes? ¿Acaso era mentira que el artículo 60 del Acuerdo de Justicia permitía a los máximos responsables de delitos de lesa humanidad eludir la cárcel, si “dicen toda la verdad”? ¿Acaso era mentira que se buscaba abrir la conexidad del narcotráfico como delito político como consta en la página 91, el artículo 39 del acuerdo de Justicia o el artículo 7 de la Ley de Amnistía incluida en los anexos?

Los ciudadanos no son tontos. Ellos también vieron con rechazo la Comisión de Verificación, donde con representación paritaria las FARC como Partido Político, podría hacer control previo de normas e inclusive interpretar los Acuerdos cuando en la página 187 se especificaba que su reincorporación a la vida civil en lo económico, lo político y lo social sería de acuerdo con “sus intereses”.

Los ciudadanos también se indignaron que no se dijera nada del compromiso de las FARC para reparar económicamente a sus víctimas y se quedara en la sutil interpretación de la “reparación material”.

Los que votamos No, lo hicimos en defensa de nuestros principios y rechazando muchos aspectos de los Acuerdos que deben ser corregidos. También le dijimos No al Acto Legislativo que pretendía crearle el segundo tomo a la Constitución, incorporando las 297 páginas negociadas en La Habana, al bloque de nuestra Carta Política.

El 2 de octubre millones de colombianos vencieron en las urnas respetando a los del Sí pero con el coraje de enfrentar un gobierno que bajó los umbrales a su antojo y conveniencia, evitó el financiamiento público, utilizó la pedagogía como propaganda, presionó alcaldes y gobernadores y estimuló a los funcionarios de la Rama Ejecutiva para hacer campaña.

Los recursos del No fueron escasos, al igual que su publicidad. La campaña fue la defensa de los argumentos y la simplicidad de lo profundo. El No fue la expresión de millones de ciudadanos que no se dejan estigmatizar con la guerra y que están dispuestos a luchar para construir una paz con justicia.

Luego del resultado, el país debe construir un gran pacto donde se escuche la voz de las mayorías para corregir los Acuerdos. Pedir justicia y responsabilidad efectiva para los responsables de crímenes de Lesa Humanidad no es de idiotas, ignorantes o estúpidos, es el sentido común del Estado de Derecho.

Hoy ha llegado el momento de construir un acuerdo que nos una como país. El gobierno podrá utilizar sus artimañas, presiones a las Cortes o a sus aúlicos en el Congreso para eludir el veredicto popular que él mismo convocó, pero si no le da la oportunidad al país de unirse apelando a la grandeza de espíritu, los Acuerdos de La Habana serán débiles e ilegítimos en el tiempo.

Queremos que Colombia sea capaz de construir el más importante Acuerdo de este siglo y para ello necesitamos respetar nuestras opiniones y los resultados de las urnas. Un Gran Pacto Nacional permitirá la unión. La insensatez de la arrogancia por el contrario, fracturará nuestra democracia.  No perdamos esta oportunidad.

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