Ser gay a carcajadas agridulces

27 de diciembre del 2010

Se ha vendido como pan.  Para demostrar que el chisme y el destape de la doble moral y los conflictos que conlleva el ser homosexual y de clase alta en Colombia seducen.  No pasa desapercibido escandalizar nombrando a personajes de la movida gay de los cincuentas y sesentas.  Pero Los putos castos de Gonzalo García Valdivieso, de ediciones BananaRosa, dista de ser una historia autobiográfica banal.  García “empelotó la realidad” uniendo, como dice, una sarta de chucherías psicológicas, espejismos y alucinaciones que atolondran lo auténtico con sus reflexiones de sociólogo para explicar el racismo, la homofobia, el arribismo y otras herencias coloniales propias de la burguesía colombiana.  Con humor, buena escritura y costumbrismo al mostrar bailes, comidas, celebraciones, rezos y cantaletas de ambas abuelas, la goda y la progre, consejos de imaginados aristócratas e historias insólitas de tías (una de ellas muerta por su marido en aras de la decencia matrimonial y en olor de santidad).  Denunciando sin virulencia la hipocresía de los amigos del padre que visitaban su casa, banqueros, empleados gubernamentales, hacendados, esposos de apariencia ultracorrecta, la mayoría de los cuales fueron sus amantes, que advirtieron, como árbitros de virtud: a Gonzalo le hace falta ser hombre.

Entre hermanas, ropa interior de encajes, tacones y lápices de labios el autor leyó Las mil y una noches para iniciarse en la fascinación por los cuerpos masculinos; escuchó, enamorado de Albertico Limontas, la radionovela “El derecho de nacer”; aprendió las diferencias entre el mundo femenino y el masculino con sus límites, borrosos y opresores, para él.  De ahí su rechazo al machismo  “Me resistí a convertirme en ese macho cabrío, duro y hosco, que no tiene debilidades ni sollozos”.  Y una homosexualidad  asociada con sentirse débil, con darse, lo cual le genera felicidad y rechazo.  Imposible vivir sin culpa y no sentir el dolor de la exclusión cuando la heterosexualidad es la norma  Hubiera querido amar a las mujeres y no desear sólo a los hombres.

Gonzalo va al internado para corregir su gusto erótico y resulta un experto en artes y retozos amatorios.  Algo hizo con algunos compañeros.  Pero fueron los curas los que completaron su educación sentimental.  Alrededor de la confesión, sacramento del secreto, que es siempre sexual como decía Foucault, el chico conocerá las argucias, los escondites y las mentiras que llevan a “lo prohibido que se desea con desesperación”.  Ganará el combo completo: caricias, lista de pecados, terror al castigo eterno, sexo y absolución.  Listo, entonces, para entrar al reino de Dios.  Después de cumplir con la penitencia de camándulas y vuélveme a tocar.  Aventuras de catre y a veces de pasillo, pared o pupitre que retan la credulidad del lector, podrían cansar por estar contadas en serie, pero nos hacen estallar de la risa.  Bromear es la manera más eficaz de ser iconoclasta.

Termina el relato con la llegada del amor de ternura y compromiso.  Felipe y el hijo. Final de historia rosa que no lo es.

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