Sin aliento

1 de septiembre del 2011

Al terminar el libro, lo cerré. Después de un profundo suspiro, dos ríos de lágrimas se fueron deslizando entre el cuello de mi pijama. Me costaba algo de trabajo digerir la carga emocional del escritor y claro, controlar la que me había producido a mi. Lo había comprado el día anterior y en dos sentadas […]

Al terminar el libro, lo cerré. Después de un profundo suspiro, dos ríos de lágrimas se fueron deslizando entre el cuello de mi pijama. Me costaba algo de trabajo digerir la carga emocional del escritor y claro, controlar la que me había producido a mi. Lo había comprado el día anterior y en dos sentadas había logrado recorrer las impactantes descripciones de un crimen que todavía logra quitarme el aliento.

Tal como dice Enrique Gómez Hurtado al iniciar el relato de ¿Por qué lo mataron?, yo –al igual que millones de colombianos- recuerdo exactamente en dónde estaba la mañana del 2 de noviembre de 1995, cuando fue asesinado Álvaro Gómez Hurtado. Salía de mi oficina cercana al Centro Comercial del Norte en Cali y estaba parqueada en el semáforo de la Avenida Estación con calle 24, oyendo noticias. El flash informativo fue un golpe seco, como supongo debe ser un puñetazo en el estómago. El resto de la tarde es un oscuro nubarrón.

Álvaro Gómez y sus editoriales fueron los protagonistas de mi tesis de pregrado, y aunque nos concedió un par de entrevistas y asesorías, ya varios años antes había hecho mis primeros acercamientos incipientes a él y a su pensamiento  a través de las juventudes con Álvaro. Fue entonces cuando picó el bicho de la política porque él representaba aquello que yo consideraba era el deber ser en un líder: compromiso, rectitud, fortaleza de carácter, mesura, y un profundo sentido de lo ético y lo moral. Cualidades que hoy en día muchos evocamos con nostalgia mientras leemos las historias inverosímiles de corrupción e indolencia en Colombia.

De todos es conocido que el asesinato de Álvaro Gómez Hurtado fue un crimen gestado desde el Estado con los más claros visos de novela de capos, y lo demuestra un documento rico en hechos y datos. Lo que indudablemente causa algo de conmoción es pensar cómo en este país tantos familiares de víctimas deben en algún momento exorcizar sus demonios internos y la manera como suelen hacerlo es visibilizando y compartiendo sus tragedias.

Las palabras del autor me hicieron recordar lo que sentí con otro libro relativamente reciente de una víctima a quien también le tomó años lograr exteriorizar su dolor: María Jimena Duzán. Ella en Mi viaje al Infierno describe las circunstancias de la muerte de su hermana Sylvia a manos de paramilitares en Cimitarra (Santander) y al respecto de la gestación del libro dice: “De improviso, sin racionalizarlo, como un dique que se rompe, sentí necesidad de sacar el dolor, de comprenderlo, de asimilarlo, de curar la herida que yo creía cicatrizada y que, por el contrario estaba tan fresca como si acabara de abrirse”.

Luego de salir de la universidad Sergio Arboleda, Álvaro Gómez  fue asesinado.

Las dos son historias de manipulación de pruebas, testigos falsos, montajes, persecución, paranoia, corrupción, intolerancia y violencia. Evidentemente sabemos que son millones de historias más por contar en Colombia y eso es lo que más dolor causa. Dolor por esa gente querida, dolor por la pérdida de personas valiosas para Colombia, dolor por tanto daño hecho a este país en las narices de todos y ver que continuamos como anestesiados. Después de leer el libro de María Jimena Duzán sobre su Sylvia y ahora que termino el de Enrique Gómez sobre su Álvaro, me pregunto ¿cómo es que no reaccionamos con furor ante tanta indolencia, cómo es que esos expedientes se entierran y desentierran de una manera desvergonzada mientras esperamos respuestas y cómo es que algunos de los directamente responsables siguen tan campantes sus vidas y a plena luz pública? Dice Duzán muy acertadamente que “la primera víctima de la guerra ha sido la verdad”.

Silvia Duzán fue asesinada por paramilitares en 1990.

Entretanto quienes como ella y Gómez Hurtado tienen la valentía de exteriorizar su infierno, son tildados despectivamente por muchos de reaccionarios y los asesinados tratados por algunos como si se les hubiera dado su merecido.

Duele y duele mucho.

@CarlinaToledoP

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