Sin Plan B

21 de marzo del 2016

“La canciller Holguín, después de esta derrota, sonaba totalmente desconcertada.”

Lo más triste de lo que nos pasó con Nicaragua y la Corte Internacional de Justicia es constatar que nuestro gobierno no tuvo la precaución de considerar una derrota y por lo tanto carecía de plan B.

Todas las entrevistas a los días previos a la lectura de la sentencia en La Haya, coincidían en asegurar que no había forma de perder. En el peor de los casos teníamos que ganar por lo menos uno de los dos pleitos, o los dos, según las opiniones más optimistas.

Da la impresión que el presidente Santos piensa con el deseo: Quiere que no haya racionamiento y con ese buena idea el niño se va o la gente se compromete a ahorrar; quiere que el 23 de marzo se firme la paz y eso es suficiente para que las Farc firmen el día que se le ocurrió a Juan Manuel; quiere que el ELN se junte al proceso de La Habana y eso harán obedientemente Gabino y sus muchachos; quiere que se acaben los cultivos ilícitos y estos desaparecen como por encanto. Y por supuesto, quería ganar en el conflicto con Nicaragua… Pero I’m sorry, perdió el presidente y perdimos todos en Colombia.

Las cosas no suceden simplemente porque se deseen, hay que lucharlas, hay que superar obstáculos y sobre todo hay que prever que no se van a dar como se pensaban y construir alternativas frente a los reveses.

Por esas imprevisiones la sentencia adversa de La Haya nos cogió con los calzones en la mano. A las carreras, en menos de 24 horas, tomó la decisión el gobierno de no comparecer mas ante ese tribunal, en una apuesta que suena arriesgada y sobre todo improvisada.

Puede ser que esa sea la solución, pero entonces ¿por qué no se tomó antes si era tan fácil y tan buena salida? Algo no cuadra en esta fórmula; uno no se retira de un proceso porque lo va perdiendo y sobre todo eso puede tener repercusiones en otros campos.

La canciller María Ángela Holguín después de esta derrota, sonaba totalmente desconcertada. Sus respuestas cuando le pedían explicaciones eran “no sé, no entiendo, no me explico…” Y esas respuestas no dejan tranquilo a nadie, suenan como las de un estudiante que se raja y no se explica por que sacó uno, si había estudiado mucho. Tal vez no estudiamos tanto o tal vez no hicimos bien la tarea, pero no podemos volver a caer en acciones erráticas que podrían costarnos mucho hacia el futuro en nuestras relaciones internacionales.

Por calmar a la galería expectante, por darnos contentillo frente a una nueva frustración, por volver a San Andrés y asegurarles que no los vamos a dejar solos (cuando eso es lo que se ha hecho hasta ahora) no se pueden sacar soluciones del sombrero como un acto de prestidigitación.

Podría el gobierno haberse tomado unos días, estudiar los fallos, reunir la Comisión Asesora de Relaciones Exteriores, llamar a sus abogados y agentes en La Haya, revisar situaciones anteriores o de otros países y luego sí darnos una salida. Pero correr a inventarse un Plan B, cuando no se tenía nada previsto, suena a una nueva y peligrosa improvisación y tal vez eso es lo que nos tenga como estamos: jodidos y con el agua al cuello.

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