Sobre el buen uso de la lengua castellana en Colombia

17 de diciembre del 2017

“Por favor regáleme usted un almuerzo” escuchó aterrado el camarero español cuando un colombiano le hizo tal petición, y no le quedó más remedio que indicarle que en ese establecimiento no se regalaba nada; aparte de la buena atención, todo el resto era vendido. Y es que en la medida en que nos dé por […]

Sobre el buen uso de la lengua castellana en Colombia

Por favor regáleme usted un almuerzo” escuchó aterrado el camarero español cuando un colombiano le hizo tal petición, y no le quedó más remedio que indicarle que en ese establecimiento no se regalaba nada; aparte de la buena atención, todo el resto era vendido.

Y es que en la medida en que nos dé por cambiar la semántica de las palabras, el resultado es claro e inmediato: no nos entienden, la información transmitida varía de significado y se presta a malentendidos.

Es bien sabido que el colombiano en su afán de agradar, de mostrarse amable, de conquistar con delicadeza, utiliza un hablar afectado en el que entremezcla palabras suaves de extrema cortesía, cargado de muchos diminutivos, cuyo efecto sobreactuado es rayano en lo meloso. Escucha uno a menudo, particularmente de boca de españoles: “que corteses sois”; claro, comparado con las frases directas y cerriles con que habla el ibérico, pues no hay duda, el colombiano conquista con su ritmo bonachón, sus palabras salidas de siglos anteriores y cultivadas con celo para un mayor efecto persuasivo. O si no vaya usted por los campos cundiboyacenses y escuche como saltan los sumercés (rezago del noble Su Merced), “mi rey”, “mi corazón”, “mi amor”, un deleite almibarado para el oído.

Pero de otro tenor es cambiar el significado de las palabras para “atenuar” su impacto. “Véndame usted este objeto”, es muy diferente de “obséquieme usted este objeto”. Cosas totalmente opuestas que en lugar de causar la atenuación buscada, producen el efecto contrario: confusión y molestia que inducen a quienes no están acostumbrados a este edulcorado hablar a emitir respuestas irritantes y correcciones incómodas que bien podrían evitarse. A olvidarse, entonces, de “regáleme esto” cuando lo que se desea es “véndame esto”.

De uso común también ahora el “Recuérdeme usted su número de cédula”, cuando ni siquiera se conoce a la persona, imposible recordar algo que no se ha conocido con anterioridad; peor aún “regáleme su número de teléfono”. ¿Es abrupto acaso el correctísimo: “por favor indíqueme usted su número de teléfono o su número de cédula”?

El verbo “poner” resultó ahora ser poco elegante para algunos y decidieron cambiarlo por “colocar”, y nos encontramos con barrabasadas como “Ayer me coloqué furioso” o “voy a colocar el noticiero de televisión” y otras joyas del estilo. No sólo es ramplón, sino erróneo semánticamente.

Ya fue suficiente fallo el haber convertido el pronombre vosotros en ustedes y haber convertido en seseo la zeta y la ce en nuestra pronunciación, así como la diferenciación fonética entre la elle y la ye (por fortuna aún utilizada en algunas regiones colombianas, como los santanderes), con lo que se ocasionó pobreza de expresión y una amplia posibilidad de errores ortográficos.

Podríamos citar un sinfín de estos yerros lingüísticos, nuestro deber es evitar los nuevos que “por moda” y ridículamente se tratan de imponer en detrimento de nuestra lengua.

Por supuesto que una lengua no es estática, está en permanente evolución; nuevas palabras y usos son agregados, neologismos invaden el habla corriente y formal. Esto es un fenómeno normal, por ello y para evitar confusiones y torres de Babel, se inventaron las Academias de la Lengua que garantizan un mínimo de conveniente uniformidad, de buen uso filológico, de un cierto estándar que obvia tergiversaciones y nos provee, oh gracia, de una cierta universalidad.

El idioma español se ha venido convirtiendo en el segundo más hablado del planeta, si excluimos al mandarín debido a su carácter tan local. Es motivo de gran orgullo que nuestra habla y nosotros mismos como consecuencia nos hagamos universales, nos entiendan en buena parte del mundo: gran tramo de América del Norte y casi toda la Central y la del Sur, en la Ibérica europea y algo de África. El deseo de aprendizaje crece ostensiblemente en el mundo, sin embargo, esta expansión sólo se logrará con un cierto orden, conservando unas reglas idiomáticas de base, que –ya lo hemos dicho– pueden modificarse, pero dentro de una cierta homogeneidad y en un acuerdo compartido por los hispanoparlantes.

El gran Imperio romano que gobernó el mundo antes de nuestra era impuso el latín en todas sus provincias, el vasallaje militar y económico, así como el cultural, puso al mundo a hablar y a entenderse al unísono en una sola forma de habla. Así se comerció, se llevó arte, costumbres, adelanto y transmisión de técnicas (en particular las de arquitectura y obra civil). Era sin duda el mundo más civilizado y más adelantado del momento, que luego y valga el paréntesis entró en el marasmo medioeval causado por el cristianismo; por fortuna en materia artística y filosófica regresó en buena parte hacia el siglo XV y XVI bajo el maravilloso Renacimiento.

La carencia de medios de comunicación rápidos y masivos en tan vastos territorios hizo imposible el mantener esta lengua que estalló en multiplicidad de otras lenguas: las latinas (romances) y las anglosajonas. Aparece pues en Europa una enorme diversidad de idiomas de características bien diferentes; hoy en día, estas ya consolidadas y no obstante su raíz inicial común, para entenderlas es necesario acudir a la traducción o a un arduo aprendizaje. Porque sin ello y a pesar de poder adivinar algunas palabras, nos es imposible entender sin adiestramiento la lengua francesa o la misma italiana, y ni qué decir de las germánicas. Dirán los expertos que se ganó en diversidad, en riqueza lingüística, pero cierto es que se perdió en universalidad y nos interpuso enormes escollos de comunicación y entendimiento. Quienes nos interesamos en el aprendizaje de lenguas extranjeras sabemos cuan difícil es el dominar (no entender/adivinar algunas palabras o chapucear) una lengua, son muchos años de estudio y práctica, a no dudarlo.

Tal vez la tecnología nos dicte un nuevo método de entendimiento inter-lenguas, que ya comenzamos a ver; no habrá necesidad de aprender lenguas, nos comunicaremos a través de nuestros perfeccionados celulares que se encargarán de traducir en tiempo real. Cada uno hablará su lengua y el aparatejo de marras trasladará. Me atrevo a pensar que en el futuro aprender una lengua para el común de los mortales será tan inútil como aprender las tablas de logaritmos o como aprender a extraer una raíz cuadrada o como hacer de memoria cálculos matemáticos, de ellos se encargan las máquinas informáticas, reservando nuestras neuronas para otros menesteres.

Entretanto, que bien cultivar nuestra lengua correctamente, darle a sus palabras la fidedigna semántica, afanarse por una buena dicción y ortografía (esa que las redes sociales destruyen y que los adolescentes malogran), sin forzosamente imponerse florituras; esa es la clave de la persistencia de nuestra lengua, el secreto de nuestra universalidad idiomática. Que no pierda vigencia el gran sueño de nuestros filólogos: Bello, Cuervo y Caro que se esforzaron por la pureza y preservación de esta formidable lengua castellana, y que se reafirmen los cumplidos que se hace a los colombianos cuando comúnmente se dice que hablamos uno de los mejores castellanos de la comunidad.

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