¿Cómo buscar un novio judío a los 50 años?

22 de febrero del 2011

Hace unos pocos años me resultó un trabajo en Nueva York y allá me fui, ilusionada con la perspectiva de trabajar para una enorme multinacional y vivir la vida de una estrella bohemia. Pero lo más atractivo era la posibilidad de conseguir un novio rico y dejar de trabajar. Alguien me había dicho que no hay soledad más grande que aquella en Nueva York. No le creí, la soledad es la misma en todas partes.

El primer paso fue suscribirme a Jdate, un website judío donde creí que entre mis paisanos no podía haber locos peligrosos.  Mis primeras dos citas fueron un fracaso. Un martes y un miércoles tuve sendas citas con dos personajes vinculados a la farándula. Nos encontramos a la seis de la tarde para tomar un café, casualmente en el mismo sitio. Me fui con el uniforme del trabajo, falda, botas y un blazer. Ambos personajes se fueron a la media hora después de que recité todas las desgracias que me habían pasado desde la muerte de mi marido, dos años atrás. Uno de ellos confesó que no le gustaban las relaciones sexuales. Aprendí, eso sí, que el uniforme para las citas es escote y minifalda.

Conocí a Emmanuel, un siniestro personaje que no quiso darme su apellido. Me dijo que yo estaba muy bien dotada pero que mi carácter era insoportable. David, un israelí con quien iba a bailar salsa me dejó cuando quise establecer algún tipo de relación. Llegó Dan, un coleccionista de monedas con quien iba a pasar mi cumpleaños. Íbamos de camino a su casa en su carro y le pedí que parara y me bajé a mitad de camino. No hubiera podido encontrar una forma más depresiva de celebrar mi cumpleaños que con una persona cuya única cualidad era un Rólex de oro. Después llegó Barry, que tenía una casa cubierta de basura y en el suelo de la cocina tenía todas las bolsas del mercado, porque le daba pereza guardar las cosas. Le dio un ataque de ira porque, según él, rayé la fórmica de la cocina pelando una papa.

Llegó Sheldon, nadie podía tener un nombre más ridículo, pero era un súper abogado a quien su esposa había dejado. Fue amor a primera vista, pero no le gustó que yo usara jeans. Desde el primer momento me dijo que quería una relación exclusiva, y yo acepté encantada. Alguien me alertó sobre ello y no le creí. En la segunda cita me vestí a su gusto y le preparé una comida extraordinaria. Me invitó a San Francisco para el fin de semana siguiente para “comprobar que éramos verdaderamente compatibles”. Me aculillé porque en los pocos días que lo había conocido había demostrado celos enfermizos y había algo en el que no encajaba. Cuando regresó de California me botó porque le pregunté si era gay.

Después vino Ben, que tenía un hijo de catorce años que había muerto hacía seis meses atropellado por un tren. No cesaba de hablar del tema. Íbamos a ir a un museo, pero en el camino me dio hambre y le propuse desayunar. Le sugerí una panadería francesa pero se enojó y dijo que el sólo quería huevos revueltos y que si quería cocina francesa bien podría pagarla yo. Me devolví a mi apartamento y lo dejé botado en la calle. Por la ventana vi que regresó a su carro parqueado al frente de mi edificio y se quedó allí dos horas. Yo estaba espantada.

Robert me puso una cita en un restaurante en Soho. Cuando llegué, vi en la calle a un señor bajito, calvo, de gafas y barrigón que se parecía al de la foto del website. Entré al restaurante y me senté en la barra a esperarlo. Al cabo de un rato se me acercó una mesera a decirme que mi cita mandaba cancelar el encuentro. No le gustó que fuera más gorda de lo que aparecía en la foto. Le contesté por e-mail que qué pretendía si era tan feo. Jim era un director de cine que había hecho una película. La alquilé y le comenté que me había parecido muy buena, pero que el personaje principal era muy tieso y no había entendido el final. Nunca más supe de él.

Me di cuenta que había un problema, y el problema era yo. Inconscientemente saboteaba todas mis citas al revelar el desespero de mi soledad.  Abandoné JDate. Agradecí cuando me botaron del trabajo porque, en efecto, la soledad en Nueva York es más grande que cualquier otra soledad. Me mudé a la capital de los hippies, al otro lado del país. Lo menos que necesito es un hombre para ser feliz.

* Los comentarios, textos, investigaciones, reportajes, escritos y demás productos de los columnistas y colaboradores de Kienyke.com, no comprometen ni vinculan bajo ninguna responsabilidad a la sociedad comercial controlante del medio de comunicación, ni a su editor, toda vez que en el libre desarrollo de su profesión, pueden tener opiniones que no necesariamente están acorde a la política y posición del portal.

Ver comentarios
KONTINÚA LEYENDO