Somos lo que comemos

19 de mayo del 2011

Mientras tanto –mientras otra vez se asaltaba a la moral pública con el desfalco de Saludcoop y no cuajaba la terna por el mando en Bogotá; mientras se oían los relinchos de Uribe por la definición del conflicto armado y se narraba cómo se entregaban los bienes de la mafia a los políticos y mientras llovía y llovía–, mientras tanto unos doscientos expertos debatían en Bogotá qué comemos y por qué comemos lo que comemos.

Una delicia. Como los medios de comunicación tienen el apetito estrecho y suelen llenar fácil la tripa con los escándalos de todos los días, pues no hubo muchos que se acercaran a esas deliberaciones del V Congreso de Cocinas Andinas, que no era un evento para ensayar recetas ni para probar la resistencia de las nuevas ollas a presión, sino para mirar el asunto desde conocimientos diversos en los cuales puedes encontrar la respuesta a lo que nos pasa.

Hablaron allí antropólogos, arqueólogos, historiadores, economistas, cocineros. Llegaron de Perú, de México, de Venezuela, de Chile, de Argentina. Y claro que describieron los ajíes del sinú y las causas limeñas y los chiles en escabeche. Cómo no todo eso. Y hubo piscos sours, desde luego que sí. Pero lo que más hubo fueron intervenciones de esas que acercan a la verdad por otros caminos que el periodismo no suele recorrer porque son caminos desprovistos de escándalos y andados por académicos que no suelen estar en el ojo del ciclón.

Por ejemplo, la antropofagia. Había leído hace tiempo algún ensayo en el que se conjeturaba que en la zona del Magdalena Medio, por los lados de Cimitarra, había vestigios de canibalismo. Que los antiguos colombianos en la región lo habían practicado. Pues la arqueología, a través de pruebas inequívocas, ha encontrado que la antropofagia se usó en algunas regiones del occidente, por donde hoy es el Valle del Cauca, de parte de tribus indígenas. Y no sólo por urgencias alimentarias, sino por razones de poder. Por matar y comer del muerto.

También en otras zonas del país debió existir el canibalismo, qué duda cabe. Y el dato, que muchos desestimarán como desestiman la historia, tiene mucho qué ver con lo que somos. Porque de allá provenimos. Porque esa mancha debió alojarse en nuestra estructura genética de manera irreversible al punto que muchos de los crímenes que se cometieron en aquella época de la que llamamos Violencia (con V mayúscula) fueron épocas antropófagas. Y estas de ahora, con todos sus horrores de masacres que las sigue habiendo o de asesinatos con descuartizamiento que son cada rato, pues también son la evolución de aquellos festines carnívoros de nuestros antepasados.

No somos violentos por la gracia de Dios, como podría decir el catecismo del padre Astete. En los por qué tendrán que intervenir hasta los nutricionistas porque también en ese Congreso de Cocinas habló la historia y contó que con la llegada de los españoles se desató una feroz ingesta de carne roja que hasta entonces no era de uso. Puede haber en eso, en lo que comimos o en lo que comemos, algo más que ayude a explicarnos esto que seguimos siendo. Este horror de violencia desenfrenada que no tiene fin.

Porque los análisis no pueden quedarse solo en el desequilibrio social. Y en el resentimiento que genera ese desequilibrio. En todos los lugares del mundo, Dinamarca incluido, hay delincuencia y hay robos. En el tercer y en el quinto mundos roban carros y celulares y hay atracos callejeros. Y carteristas que te sacan con guantes de seda el reloj en el metro. Pero allá, en Yakarta y en Curitiba, te quitan la cartera de un soplo y te dejan hablando al aire cuando te roban el teléfono. Pero en Colombia te roban la bicicleta y te pegan un tiro de ñapa.  Te saquean lo que guardas en el banco, y te pasean tres horas a insultos y a amenazas y te hacen la ruleta rusa para verte sufrir, gonorrea pirobo.

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