Se mató por una pena de amor

2 de febrero del 2015

Es un hecho irrefutable que se suicidó. Tomó una escopeta que había en su casa, se la puso en la boca y se disparó. Dejó un par de notas para despedirse. Fue espantoso.

Al parecer el muchacho -apenas arribando a los 20 años- se sentía arrinconado por una pena de amor, algún desprecio, quizá una pelea pasajera (o definitiva) que le oprimió el corazón y el alma hasta llevarlo a tan fatal decisión. El episodio ocurrió en Bogotá.

“Sus exnovias -dice Piedad Bonnett sobre el suicidio de su hijo (otro caso)- me hablan de una persona que yo no conocía: un muchacho de una intensidad afectiva desbordada, elocuente a veces hasta el cansancio, tierno, atormentado, cuya reflexión sobre su vocación y su futuro iba siempre acompañada de mucha angustia; y una persona capaz de cortar sus relaciones de una manera abrupta, rotunda, cruel. Tenía temor de ser invadido, de tener una piel permeable, me dice su psiquiatra. No soportaba demasiado intensidad afectiva”

En Neiva, el año anterior, otro jovencito se quitó la vida (en un barrio de estrato medio) perturbado porque la familia de su novia rica lo miraba con evidente desdén.

“El incremento de los suicidios juveniles es un fenómeno reciente, que viene creciendo desde mediados del siglo XX, como lo demuestran muchos estudios epidemiológicos”, dice en su libro sobre el tema el doctor Miguel de Zubiría, sicólogo e investigador colombiano. Preside la Liga por la vida contra el suicidio.

-Luisa se suicidó al morir su madre, la persona más importante en su vida.

-Nicolás, porque perdió el año escolar.

-Patricia, porque le fue imposible lograr el amor de Sergio.

-Luis, porque sus compañeros se burlaban de él de modo despectivo.

-Dos primas de 15 y 18 años, porque sus padres no las dejaron asistir a una fiesta el sábado por la noche.

Según el experto, “los detonantes del suicidio pueden ser muchos; son los motivos o las causas inmediatas que activan el mecanismo en un proceso que regularmente lleva meses o años gestándose. Son el dedo que aprieta el gatillo, nada más; las causas reales están en el revólver y en quien lo dispara”.

Me aflige sobremanera la muerte de un adolescente y trato de entender el suicidio de los adultos, que un día tomaron la decisión voluntaria de irse, por razones para los demás inexplicables: el exalcalde Julio César Sánchez, Juan Harvey Caicedo, el padre de Mariela Barragán. Cada familia lo asume o lo niega, por consideraciones respetables.

¡Cómo iba a morirse alguien que estaba tan vivo!, expresa Piedad Bonnett. Cómo iba a morirse él, que adoraba Nueva York, y el parque con sol y los conciertos y las mujeres bonitas. Y menos en esas circunstancias violentas, él, que alguna vez le dijo a su novia que en caso de sufrimiento el suicidio era una alternativa posible, pero siempre que fuera dulce, sin sangre, mero alivio.

“…Pasan los días, las semanas, y nos sigue persiguiendo una sensación de incredulidad, de estupefacción”.

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