Odio, Machismo y Mar

26 de octubre del 2013

  Reseña crítica del libro “ Temporal ” de Tomás González    “Me acosté otra vez, no a dormir sino a esperar el día. Cuando uno está viejo, las noches se hacen eternas. Hasta el ruido de las olas las alarga y uno no sabe ya si la vida dura mucho o poco, con segundos […]

 

Reseña crítica del libro “ Temporal ” de Tomás González

 

 “Me acosté otra vez, no a dormir sino a esperar el día.

Cuando uno está viejo, las noches se hacen eternas.

Hasta el ruido de las olas las alarga y uno no sabe ya si la vida dura mucho o poco,

con segundos que son como babosas y semanas que se precipitan al vacío.“

T.G.

Nunca se reiterará suficientemente que “el fin no justifica los medios”, y es que hay tendencia nacional (¿humana?) a contradecir tan sapiente precepto. Cada cual en su ámbito laboral, político, económico, amistoso y familiar se las arregla para desvirtuar este mandamiento. En el caso de la reseña que nos ocupa hay una ilustración, a contrario sensu, de la manida pero válida sentencia, que se pone más de manifiesto cuando hay por objetivo único y principal la tenencia, adquisición y conservación de bienes materiales.

El mar y su costa aledaña, la del golfo de Morrosquillo en el Caribe colombiano, es escenario de una usual salida de pesca de un padre y sus dos mocetones hijos mellizos. Labor rutinaria de estos tres pescadores profesionales, pero que en esta nueva jornada –la del tiempo de narración– una conjunción de saturación anímica y de perturbaciones atmosféricas exacerba y resalta las mentalidades, berenjenales y grandes conflictos de esta familia. Tal es el tema de la reciente y última novela de Tomás González: “Temporal”.

En medio de una excepcional pesca, cuya inusitada abundancia es tan solo comparable al tamaño del odio que los dos vástagos profesan a su padre tirano, inconsciente y machista. Los pensamientos no expresados, así como los rezongados entre dientes, son el sustento del odio que contra el “dueño” de esa disfuncional familia se desarrolla en la novela.

Odio que se destila, odio que se siente, odio que subleva a los protagonistas e impregna a los lectores, a quienes no les será difícil tomar partido contra el marrullero amo de la casa.

El afortunado ardid de la novela consiste en reunir a sus principales protagonistas en un recinto cerrado y exiguo: una lancha pesquera, una isla moviente que transporta a esta familia en faena de pesca. El padre desprecia y humilla a sus hijos, y estos aborrecen y desean la muerte del progenitor, tres seres atrapados en un reducto de odio al igual que los peces capturados. Personas que poco se hablan, pero que reflexionan y rumian recuerdos e ideas vengadoras y destructivas.

En telón de fondo una gran tormenta, cuya inminencia de peligrosa llegada se advierte, permite que salgan a flote, al tiempo que gordos peces, las irreconciliables divergencias y resentimientos acumulados por años. Es una tormenta psicológica, que al igual que la meteorológica, se presenta riesgosamente en altamar en plena actividad de pesca.

Un padre exitoso en sus negocios materiales; a su haber un conjunto de cabañas turísticas para clase media junto al mar, una lancha costosa y moderna, una cómoda cuenta bancaria, y una gran ambición y orgullo por estos bienes en los cuales basa su vida y valía.

Unos hijos que en edad de 26 años, permanecen aún bajo el manto paternal, del cual se benefician económicamente, pero que repulsan por el maltrato, inhumanidad y soberbia que consuetudinariamente reciben.

Una madre desquiciada quien en su locura cree cohabitar con una multitud de fantásticas personas que actúan como su consciencia perdida y como corifeo altisonante de sus alucinaciones.

Unos turistas que ocupan las desmejoradas cabañas y que en su afán de sacar el mejor provecho vacacional hacen caso omiso de la precariedad del hábitat en que se encuentran y de la historia que vive la familia propietaria. Cada uno de ellos narra cortamente la situación del momento y se expresa tangencialmente sobre la desavenida familia, en particular sobre la madre chiflada de quien escuchan día y noche su algarabía y fantasías.

En este contexto evolucionan y se manifiestan altas dosis de rencor hacia ese padre que ultraja a su familia, desestima a sus clientes turistas y que solo tiene tiempo y consciencia para ganar dinero y pisotear a sus congéneres. Un ser despreciable sin asomo de humanidad y cuyo único brote de afecto es, tal vez, hacia una joven amante que instaló en una cabaña al lado de su esposa; una relación de índole eminentemente sexual, objeto de mera concupiscencia.

Estos son los elementos en que se centra la novela para desarrollar, muy someramente ha de decirse, importantes temas como el machismo, la falocracia, la dominación primigenia del macho alfa en una manada. Es la historia de una concepción de vida en donde el ser humano se debe únicamente al trabajo arduo, en donde el ser pensante es el hombre –lo que genera rivalidad con los hijos varones–, y el objeto de la existencia es ganar dinero; las mujeres son relegadas a las labores de hogar y destinadas a satisfacer sexualmente a los machos. No en balde el padre es paisa, de Antioquia, una región colombiana reputada por su mentalidad machista y predominancia de la familia; es el guiño autocrítico que hace el escritor, también antioqueño.

González narra en este libro hora por hora y durante un día una historia de Odio, Machismo y Mar, en un lenguaje llano, escueto, efectivista; con un estilo sin florituras, de muchos diálogos y de personajes hablando en primera persona. Una novela corta de cerca de 150 páginas con foco en el desamor, lo que contrasta con su anterior y más elaborado libro “La luz difícil” –reseñado también en esta columna–, en donde, opuestamente, predomina el amor familiar. Es común denominador de las dos novelas el padecimiento que ocasiona en una familia tanto el amor como el desamor; interesantes contrastes.

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