Terapia para el miedo

29 de agosto del 2019

Opinión de Enrique Herrera.

Terapia para el miedo

El miedo cuando paraliza es una camisa de fuerza. Una cárcel. Un monstruo.

El miedo es una emoción primaria, se graba en la memoria, su respuesta es automática; la amígdala cerebral –la que dispara las alarmas del miedo- necesita milésimas de segundos para registrar las señales en el rostro de otra persona y actuar en consecuencia. El miedo si es muy intenso queda marcado con tinta indeleble en el recuerdo.

El miedo viene incorporado en la genética, es innato, universal e involuntario y tiene expresión corporal. Facial. No necesita para expresarse ni verbo ni vocabulario. Transita, como dijo Darwin, la transespecie: Si miras la expresión emocional de un perro entiendes su estado de ánimo y el perro, al mirar tú cara,  entiende el tuyo porque cada emoción tiene un rostro. El miedo, la ira, la alegría la tienen. El miedo es necesario pero su exceso es una enfermedad.

Y si bien el miedo te protege de los desconocido también te encierra y recorta tú libertad, te proporciona intranquilidad,  empequeñece tú mundo, te confina a vivir en un lugar chico, te condena a lo ignoto y entre más pequeño es tú mundo más grande son tus problemas  por eso, si agrandas tú mundo volverás más pequeños tus problemas entre esos, el miedo.

¿Cómo confrontarlo?

La peor forma de combatir el miedo que paraliza es no combatiéndolo. Si le huyes se agranda. Una de las formas de hacerlo es armándose de curiosidad y deseo de descubrir lo que se encuentra después de la frontera del miedo que no es otra cosa que ¡Vida!.  El miedo quita vida, experiencias y no te permite aumentar tú conocimiento. También se requiere, por supuesto, valor y arrojo pero ante todo tomar la decisión de confrontarlo, de salir de ahí y el deseo irrefrenable de traspasar sus fronteras y conocer el allende.

Odin Dupeyron escribe en su libro Colorín colorado este cuento aún no se ha acabado  que “Muchas personas se encierran en el castillo del miedo. Primero porque ahí se sienten seguras de alguna manera y después acaban por olvidar que ellos mismos se encerraron ahí y les cuesta mucho trabajo salir”. Por tanto,  una tarea es aprender a confiar en la vida y en los demás y saber que nada es seguro, nada se controla, así es la vida. Es más, al vivirla se desafía todos los días lo desconocido.

El miedo muchas veces es ignorante, vocifera más de lo que debe,  reside en la imaginación, vive en los prejuicios y no en los juicios.

Odin también advierte que “Lo peor que me puede pasar en esta vida, no es lo peor que me puede pasar en esta vida, lo peor que me puede pasar en esta vida ¡es…nada! “  por eso al miedo hay que oírlo cuando sea necesario y callarlo cuando te paralice.

Del miedo también se sale a través del discernimiento, el entendimiento y  la reflexión, es decir, a la respuesta emocional y automática oponerle la razón, el raciocinio.  También es preciso trabajar en la reconstrucción de los recuerdos y en abordar el inconsciente.

Daniel Goleman enseña que el miedo se combate reconstruyendo los recuerdos que desencadenan el miedo, desaprendiéndolo con nuevas experiencias para crear nuevos recuerdos. De esta forma se  reescribe el recuerdo y por está vía se reconfigura el miedo para debilitarlo y hacerlo más ligero.

Otra ayuda es observar la situación desencadenante del miedo de manera objetiva, desapegada y positiva porque así cambiamos el significado de lo que percibimos y modificamos la respuesta emocional del miedo.

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