¿Territorios de Paz o Repúblicas Independientes?

7 de diciembre del 2015

Permitiría una reinserción menos traumática de la tropa guerrillera.

Un fantasma persigue a las élites colombianas. El fantasma de las “Repúblicas Independientes”. Así fueron calificadas las zonas de asentamiento de las nacientes guerrillas revolucionarias que habían derivado de las autodefensas campesinas de influencia liberal excluidas del pacto entre las dirigencias de los partidos liberal y conservador. Contra esas zonas el Estado lanzó en su momento una ofensiva armada sin precedentes, cuyo gran éxito militar consistió en convertir a un puñado de campesinos armados en las guerrillas de las FARC.

Ese fantasma hace recurrentes apariciones en el debate sobre la guerra y la paz. La más reciente ocurrió por estos días en La Habana. A propósito de la propuesta de las FARC de acordar unos “territorios de paz” como estrategia de transición de la guerra a la paz en aquellas zonas de confrontación histórica entre guerrilla y Estado, el General Mora Rangel, actuando como vocero del equipo negociador gubernamental, se apresuró en descalificar por completo la idea alegando que la negociación no era para fracturar el territorio colombiano. Como cuando desde las cavernas del establecimiento político salen una y otra vez a descalificar las legalmente permitidas “zonas de reserva campesinas” acogidas por las partes en los acuerdos hasta ahora alcanzados.

“Olvida” el General Mora y el propio Gobierno que las fracturas de nuestro territorio provienen precisamente del conflicto armado interno. Una suerte de geografía particular se ha configurado en el largo proceso de nuestra confrontación militar. En la Colombia profunda, en los 350 municipios en donde ha ocurrido la guerra la institucionalidad pública ha existido muy precariamente o sencillamente permanece interrumpida. Allá las economías ilegales adquieren dimensiones de dominio territorial. Y allá los poderes armados ilegales han ejercido interrumpidamente o por tiempos largos autoridad política, administrando justicia y regulando la vida cotidiana de sus pobladores.

La denominación “territorio de paz” no es una invención de las FARC. En el mundo y en los ambientes académicos que estudian los conflictos se conocen como “zonas de paz”. En Colombia han existido experiencias como las “comunidades de paz” que han resistido a los actores armados ejerciendo su autonomía en regiones como Urabá. Las propias comunidades indígenas han ejercido la neutralidad activa frente a las organizaciones armadas en regiones como el Cauca, Antioquia y Tolima. Y todavía son recientes las experiencias de “municipios de paz” como la Asamblea Municipal Constituyente de Mogotes (Santander). Los Programas de Desarrollo y Paz que irrumpieron en el Magdalena Medio hace más de una década bajo el valiente liderazgo del Padre Pacho de Roux, constituyen también un referente de reconstrucción pacifica de territorios ocupados por la violencia política.

El gobierno debería “cogerle la caña” a las FARC. Acordar unos territorios de paz con la guerrilla la comprometería en el restablecimiento o construcción de la normalidad democrática, convocaría a actores nacionales e internacionales públicos y privados a la construcción territorial de un posconflicto sostenible. Y permitiría, allá en las zonas de guerra, una reinserción menos traumática de la tropa guerrillera vinculándolos a las tareas de sustitución de cultivos, desminado, convivencia y seguridad, y porque no, a la gobernabilidad territorial. Y para que las elites espanten por fin un fantasma que es como nuestra retardada “Guerra Fria”.

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