Tiempos maricas

10 de marzo del 2011

Pasó el día de la mujer y, como siempre, se exhibieron las llagas de siempre, los consabidos llantos por la baja participación en el mundo laboral; el quejido antiguo por el maltrato que me das; la protesta justa por la doble jornada que me toca, la de la casa que es tan desagradecida y la del trabajo que es tan mal pagado, y todo lo demás.

Lo de siempre. Pero otra vez no oí en voz alta un reproche que cada vez escucho más en tono confidencial casi, y que tiene que ver con un agobio contemporáneo que se ha extendido como un cáncer para las pretendidas relaciones personales. Ni siquiera a Florence Thomas le oí preguntar o preguntarse a nombre de las mujeres lo que si les he oído en esos ámbitos privados: por qué hay tanto marica.

Que abundan, me dicen. Como tengo un genuino interés por las mujeres (por su pensamiento, por sus palabras y por sus obras), mantengo más relaciones femeninas que masculinas y me llegan entonces preguntas como esas, las del crecimiento de la mariconería, y oigo cuentos que cuantifican la percepción de su volumen y escucho desencantos porque muchas mujeres que conozco se han tropezado con esas realidades y han terminado por aceptar el destino de la soledad como algo no sólo irremediable sino como algo mejor que las malas compañías.

Y hay conjeturas, claro que sí. Hay una de hace muchos años que ubicaba en Antioquia la cantera más productiva de dañados, como los llamaban antes de que les dijeran homosexuales que fue antes de que les dijeran maricas, que fue antes de que les dijeras gay. Y eso se explicaba por ser la paisa una sociedad machista, regida por unas matronas sobreprotectoras que hicieron de sus hijos unos consentidos. Miles de ellos permanecieron el closet, bajo llave, porque fue un largo momento histórico en el que no se podía ser marica porque se corrían riesgos y porque se hería a la totalidad de los familionones antioqueños.

Algún día, hace años, Alonso Salazar, el actual alcalde de Medellín, me contó detalles de su estupendo libro La Parábola de Pablo. De las fuentes tan conspicuas, de los episodios tan escabrosos, de la vida tan azarosa de los capos del narco que acolitaron y exprimieron a Pablo Escobar. Que antes de entregar el libro a imprenta, me dijo, le envió a los secuaces a los que había consultado las partes en las que eran mencionados porque ese había sido el compromiso y porque ese era su seguro de vida como escritor. Algunos de ellos le hicieron observaciones curiosas: no les importaba que se dijera que habían participado en masacres o en magnicidios, sino que se les mencionara en episodios en los cuales se les hacía aparecer con inclinaciones homosexuales. Eso si que no.

Han pasado muchos años desde entonces y se han abierto muchas puertas de muchos closets. Muchas muchas. Y eso está bien. Salvo en entornos trogloditas, que aún quedan, en Colombia se puede ser marica sin ganarse reprimendas ni lapidaciones. Y tanto se ha extendido que a una mujer casamentera, de cualquier edad, no le resulta fácil conseguir pareja porque quien no está casado, no quiere asumir vida marital; no estoy listo aún, necesito mi propio espacio y mi tiempo, cariño.

Y necesita ese tiempo y ese espacio –el o ella, porque también hay mujeres en plan de no dejarse anclar–, ante la incertidumbre de los tiempos que se viven y también ante la confusión que se ha creado alrededor de qué sexo es el que le gusta. Y esa, la del sexo, es la hipótesis que se está debatiendo como nueva en estos tiempos de la velocidad y del desparpajo.

Algunos sexólogos creen que el acceso a la pornografía, tan libre, tan expedito; el desenfado corporal tan evidente, la frescura, en fin, con la cual se ha asumido el cuerpo y el placer, ha hecho crecer una masa de jóvenes que sienten temores ante el reto de cómo responderle a su pareja, a ver si me explico: antes la mujer era un elemento pasivo del erotismo, ahora es una pieza activa que propone y exige. He oído a algunos teóricos decir que la mujer ha dejado de ser un recipiente inerte y ante su fragor una cierta clase de hombre suele sucumbir y de ahí al temor y del temor a la eyaculación prematura no hay mucho trecho. Y de esa disfunción hay un camino raudo a la homosexualidad como refugio.

Eso he oído. Y a eso le atribuyen el aumento de la población gay. Y he oído más: que todo indica que ante la exhibición pública del placer como caldo de cultivo, la mariconería no hará nada más que crecer. Que vamos para tiempos más homos.

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