De tiranías, dictaduras y populismos

De tiranías, dictaduras y populismos

8 de febrero del 2019

Cómo no reflexionar en estas semanas sobre las duras lecciones que nos está dejando la abominable experiencia de nuestros vecinos, al tener que soportar las consecuencias del Gobierno inepto, corrupto, cruel y despótico de Nicolás Maduro. Esta situación, por lo menos, puede dejar unas enseñanzas, en primer lugar, a sus compatriotas, pero también a las demás naciones latinoamericanas. Una cosa es opinar desde afuera y otra vivir en carne propia los vejámenes de un régimen oprobioso y desquiciado.

Los jóvenes de hoy no tienen por qué recordar los tiempos en que una parte considerable del continente estaba en manos de sátrapas, dictadorzuelos y tiranos, generalmente de derecha. Para mencionar a algunos déspotas, casi todos ellos de extracción militar, tenemos a Porfirio Díaz en México, a varios militares en Brasil entre 1964 y 1983, a los Somoza en Nicaragua, a Trujillo en República Dominicana, a Juan Vicente Gómez y Marcos Pérez Jiménez en Venezuela, a Videla, Viola, Galtieri y Bignone en Argentina, a Stroessner en Paraguay, a Banzer en Bolivia, a Pinochet en Chile, a Fulgencio Batista y Fidel Castro en Cuba (más de sesenta años en el poder), a Duvalier en Haití y a muchos otros autócratas de una extensa y vergonzosa lista. Hasta hace una década nuestra región fue caldo de cultivo para las dictaduras, lo que llevó a que en el mundo se asociara la idea de golpes militares con América Latina.

Colombia, afortunadamente, ha sido una excepción a esta regla a lo largo de su historia republicana de dos siglos; claro que con matices y cortas interrupciones a los gobiernos democráticos. En el siglo XIX tuvimos dictadores, pero no dictaduras en el sentido en que son conocidas hoy. Las fricciones entre los Estados soberanos, con sus respectivos caudillos, permitieron el ascenso al poder de varios militares, pero pocas veces a raíz de un golpe militar, sino por la vía electoral, y casi siempre en alianza con alguno de los dos partidos tradicionales. Hubo Mosqueras, Obandos y Melos, pero fueron derrocados o se sometieron a las reglas del juego político electoral.

En el siglo XX, por otra parte, tuvimos una dictadura, la del general Gustavo Rojas Pinilla, a quien muchos consideraban blandengue y quien llegó al poder a través de lo que Darío Echandía consideró un “golpe de opinión”, de la mano de uno de los dos partidos. Sin embargo, cayó a los tres años, también con la intervención de un movimiento bipartidista.

Hemos tenido buenos y malos gobiernos, pero se ha respetado la voluntad popular expresada en las urnas, y, prácticamente, en nuestro suelo no han existido tiranías, lo que es una bendición. Aquí existe la posibilidad de que gobernantes de diferentes ideologías alternen en el poder, así hayamos tenido hegemonías, como la que se inició en 1886 y mantuvo al Partido Conservador durante medio siglo en el poder, o la más corta, que llevó al liberalismo a gobernar entre 1930 y 1946. Algunos intelectuales de izquierda consideran que, a partir de la Independencia hasta nuestros días, se instauró una hegemonía liberal-conservadora, pero lo mismo podría predicarse de Inglaterra, Estados Unidos y otras naciones democráticas.

Lamentablemente, nuestra hermana República de Venezuela viene sufriendo desde hace 20 años una dictadura que, poco a poco, se ha convertido en tiranía, con algunos ribetes electorales, mas no democráticos, y un dominio militar claro, todo ello bajo la tutela de Cuba. Al manejo dictatorial antidemocrático, que se aprovecha de los mecanismos formales electorales, se suman otras condiciones de la revolución del socialismo del siglo XXI, que agravan la situación de nuestros vecinos no solo por su ideología marxista-cubana, sino por la torpeza de los presidentes Chávez y Maduro. La que fue tal vez la nación más rica de la región se convirtió en un territorio de hambruna y miseria. En dos décadas de populismo neomarxista se ha destruido el aparato de producción, se han desvencijado las instituciones, se ha perdido la tranquilidad ciudadana y se ha corrompido hasta los tuétanos el poder. A diferencia de la mayoría de dictaduras militares, las de Cuba y Venezuela han arruinado a sus pueblos al aplicar el marxismo trasnochado a las reglas de la economía.

Conceptos y principios como libertad, respeto al ciudadano, división de los poderes públicos, derechos humanos, alternancia en el manejo del Estado y justicia independiente pueden sonar huecos y retóricos cuando se pronuncian o se leen, mas no cuando se padece por su ausencia. Hoy los ciudadanos venezolanos están sufriendo directamente lo que es la pérdida de los derechos mínimos, la falta de libertades, la manipulación de la justicia, la amenaza física de la bota militar, la imposibilidad de reemplazar a un gobernante inepto por la vía democrática, y —por si ello fuera poco— la destrucción de la economía y de la riqueza. La falta de libertades es dura, pero cuando se acompaña de hambre, enfermedad y terror es intolerable.

Aprendamos del dolor de nuestros hermanos venezolanos: que el sufrimiento de ese pueblo digno nos sirva de ejemplo para no caer dentro de un tiempo en la trampa del populismo socialista del siglo XXI.

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