Todos somos marginales

10 de diciembre del 2017

Y todos pretendemos que no se advierta.

Todos somos marginales

“Sería lamentable que la naturaleza haya hecho de cada humano un ser único, para que la sociedad trate de transformar la humanidad en una colección de símiles”. Jean Rostand

Así intelectualmente enaltezcamos las bondades de la originalidad, nos esforzamos permanentemente en urgencias ingentes por pertenecer a la mayoría, por insertarnos en la norma, en esa que dictada por todos y por nadie, ha terminado por ser construida sobre bases en donde pulula la resbalosa gravilla de los paradigmas sin razón cierta, los prejuicios de explicación ninguna, las ficciones religiosas, los mitos infundados y otras tantas extravagancias que no resisten nimios razonamientos.

Sobre esta peregrina mezcolanza, tan ajena a Descartes, reposa gran parte de nuestro pensamiento y de nuestras automatizadas costumbres, sin que para muchos exista siquiera la osadía de poner algo de ello en duda, así sea en beneficio de comprensión intelectual. Sobre este dudoso cimiento yace nuestro entendimiento del mundo que aceptamos mansamente así enclenque, y erigimos como rector de nuestras efímeras existencias.

Nos esforzamos en grandes empeños para que nada salga de esta norma que más parece gustarnos en cuanto más nos horma, así manifestemos lo contrario. Un análisis sencillo muestra cuán vana es la tarea de uniformización/globalización; todos hacemos parte de algún grupo marginal y todos pretendemos que no se advierta, que pase desapercibido, incluso para nosotros mismos. Basta ver alrededor, el obeso, el discapacitado, el esquizofrénico, el orate, el eclesiástico, el asexual, el de preferencias sexuales otras, el fumador, el jugador, el adicto, el sicorrígido, el que habla lenguas que poquísimos comprenden. ¿No son éstos, y muchos otros, todos marginales? Y qué pensar de las quehaceres laborales, ¿no son, por ventura, éstos también marginales con relación al conjunto de la humanidad, no son escasos y hasta insuficientes los abogados, los ingenieros, los médicos y los campesinos? Marginales ellos, marginales todos.

En un afán unificador grupal, cada uno va por ahí ocultando sus marginalidades, sintiéndose raro, extraño, solo, arrastrando penumbras; y los otros tratando de acentuar tal porfía, para que no se noten sus propias marginalidades, las que con pesares anidan en sus recovecos ontológicos.

Godard, el cineasta suizo, advertía ya hace varios lustros; “Es por el margen que se sostiene el cuaderno”. ¿Siendo así, qué es lo que (nos) molesta?

Entonces, qué las escasas auroras que nos resten, no nos sorprendan en lucha contra nuestro propio margen, titubeando en desespero como Werther “¿Para qué he despertarme aunque soplen vientecillos primaverales?”. Fuera desesperos, fuera mayorías ficticias, paso a las especificidades, las que hacen único al ser y exclusivo el recorrido. Cada quien con sus marginalidades, nuestra sociedad no es otra cosa que un gran conjunto de individualidades que se toleran, o lo intentan; y en ello estriba la riqueza del conjunto, de esa gran amalgama que se torna original justamente cuando abandona la homogeneidad hacia la que tiende inconscientemente cuando sus individuos tratan de mimetizarse en el rebaño sin personalidad, en donde reina el consenso ciego. Triste, aburrido y peligroso.

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