Toquémonos el corazón

26 de junio del 2012

En Colombia los senadores legislan para ellos mismos; el gobierno se lava volcánicamente las manos; desde la cárcel se perfecciona el arte de delinquir; los ciudadanos manifiestan su molestia o descontento, pero solo hasta que sufren de amnesia o son inducidos en un coma artificial para saber más sobre el reducido mundo del espectáculo; los […]

En Colombia los senadores legislan para ellos mismos; el gobierno se lava volcánicamente las manos; desde la cárcel se perfecciona el arte de delinquir; los ciudadanos manifiestan su molestia o descontento, pero solo hasta que sufren de amnesia o son inducidos en un coma artificial para saber más sobre el reducido mundo del espectáculo; los magistrados se reservan la moral del país, con tal de que les amplíen los períodos; la oposición se opone naturalmente (entiéndase a Uribe y al Polo), porque no participan en la repartición del pastel y los medios de comunicación son el puente entre todo este caos y una sociedad que históricamente ha sido incapaz de organizarse.

Allí está retratada la famosa Unidad Nacional, la que todos los días se burla de los colombianos y que quieren refundar a la patria, mientras que la Marcha Patriótica, dizque quiere independizarnos por segunda vez. Aquí no se salva nadie, aunque se cierre el Congreso o se elimine el fuero presidencial, porque hasta los delfines se volvieron tiburones, con excepción del senador Juan Manuel Galán.

Ese es el panorama nacional, porque lo que ocurre en las provincias es todavía peor, dejándolo a uno en una especie de sin salida, sin propuestas realistas para hacer, sin reflexiones esperanzadoras y sin la Canción de otoño en primavera del poeta Rubén Darío, donde la juventud, divino tesoro, se queda sin lo más divino, soñar, servir y amar para envejecer con decoro.

Por eso los poetas se suicidan, los niños se van a la guerra, y Henry Fiol canta la pena que nos debe dar a todos el truquito, la maroma, ¡ay, bendito! Porque desde que tengo uso de razón, en Colombia se reforma todo para no reformar nada y el concepto de lo público destruye a la vida social, a pesar de representar el único interés común que nos queda.

El problema es que el debate ya no es entre Habermas y Hannah Arendt, sino entre la academia y la realidad o entre las decisiones políticas que afectan nuestra calidad de vida y una opinión pública que cuando no es pasiva es virtual. Por ejemplo, ya es de público conocimiento que la política es más rentable que la minería o que el negocio del narcotráfico.

Y en el Valle del Cauca se comienza a decir que votar por Ubeimar Delgado es como votar por Juan Carlos Martínez y para colmo de males, que votar en blanco también. En otras palabras, ¡apague y vámonos o pongámonos las pilas para salvar al país! Que regresen los cerebros fugados pero sin que la meritocracia salga peor que la enfermedad, excluyendo a quienes también tienen méritos, gracias a la universidad de la vida. Porque Colombia no necesita que nadie se toque el bolsillo, sino que entre todos nos toquemos el corazón.

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