Traición y política, hermanas siamesas

4 de julio del 2017

El ejercicio de la política, desde épocas inmemoriales está cundido de traiciones.

El ejercicio de la política, desde épocas inmemoriales está cundido de traiciones. A Julio César lo acribillaron en el Senado, con el apoyo de su protegido Brutus, el medioevo es un continum de asesinatos entre familias como los Borgia, los Médicis, Los Estuardo. En esas traiciones participaron todos los reinados de la antigua Europa y Asia. Reinos que se construyeron a punta de guerras fratricidas y envenenamientos de herederos.

Maquiavelo enseñó en su escrito El Príncipe, que los resultados son más importantes que las formas, detallando en su manual sobre el poder todo lo que se debe y se puede hacer con tal de perpetuarse en un mandato. ¡Y a fe que lo entendieron bien sus lectores!

Con la llegada de la democracia, se intentó poner coto a ese principio de que “el fin justifica los medios” y aparecieron las leyes y las elecciones, la separación de poderes, las “ias” y ahora último los tribunales internacionales. Pero nada de eso logró separar la hermana siamesa del poder: la traición.

En la entrevista del domingo en Semana, el presidente Santos, que ha sido acusado de traición por su tutor inicial Álvaro Uribe, explica que Germán Vargas y Pinzón, han atacado el proceso de paz no como una traición a su causa, sino porque están en campaña. Pues sí, precisamente por eso es que lo traicionan ahora, porque buscan el poder  y si para eso tiene que voltearse, pues lo hacen. ¡Y lo hacen todos!

En Colombia un solo político enseñó lo contrario, Antanas Mockus, ese buen profesor, extraviado en un mundo ajeno, que nos llenó de esperanzas con su ola verde, cuando proclamaba que en política “no todo vale”. ¡Cuán bueno hubiera sido y cuan necesario es hoy este principio! Ojalá prevaleciera por encima de la obsesión del poder. Se acabaría la corrupción, en primer lugar, que tiene por fin enriquecer a los políticos para poder seguir en el poder.

Pero el paso efímero de Mockus en la política, dejó claro que ese principio no “pegó” en los electores, que también se corrompen y venden su voto. Otros intereses lo aplastaron y la política siguió siendo lo que es, un contubernio de traiciones, donde los principios se acomodan y la lucha contra la corrupción se vuelve tema de campaña, como lo fue antes la paz o lo ha sido la guerra.

La propuesta de Claudia López y Angélica Lozano, con sus firmas para convocar el referendo anti corrupción es sincera y la apoyo, pero me parece que heredó la ingenuidad Mockusiana, que inclusive lo llevaron lejos postulándolo como uno de los presidenciables más fuertes. Pero es que la corrupción está profundamente imbricada al poder político y ese poder no sólo existe en Bogotá, en el Capitolio. Está en cada uno de los 1122 municipios de Colombia, en cada territorio indígena o afro, en cada organización de base.

Está en la mentalidad con la que nos educan, en las luchas internas de los partidos, en las familias que se desgarran por una herencia, en el tendero que hace trampa con las medidas y el vendedor de leche que la bautiza con agua.

Por algo tenemos que comenzar, me dirán Claudia y Angélica. Es cierto, es mejor hacer este referéndum, que no hacer nada. Es mejor rebajarle el sueldo a los Congresistas, que dejarlos con sus treinta millones. Pero hoy amanecí escéptica, en especial cuando leí la carta del fiscal anticorrupción acusado de corrupción, que con palabras enternecedoras reconoce que “cayó” y se arrepiente. No creo en los corruptos que se arrepienten cuando los pillan, me parecen más pillos todavía. Mejor dicho, si no hay nada más que hacer, ¡habrá que ayudar en la recolección de firmas!

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