Traicionando a Hipócrates

31 de marzo del 2013

¿Debe ejercerse venganza contra alguien que ha causado un hecho grave?. / Columna de Fernando Fernández.

Reseña crítica del libro “ Casa de verano con piscina ” de Herman Koch

“El instinto no se puede eliminar –nos dijo [el profesor Herzl].
Años de civilización pueden volverlo invisible.
La cultura y el derecho nos obligan a controlar nuestros instintos, pero nunca están lejos.
Esperan para atacar cuando nadie presta atención”
H.K.

El médico Marc Schlosser atiende cada día de manera rutinaria, normal y cortés su consultorio en Ámsterdam, en donde es apreciado por sus pacientes porque dedica en sus consultas más tiempo del habitual; se jacta de destinar veinte minutos por paciente –inusual en el sistema holandés– así desde el primer minuto haya detectado el origen de la dolencia. En lo personal, conforma una familia ideal con su esposa Caroline y sus dos hijas adolescentes Julia y Lisa; una familia corriente y más bien ejemplar.

El revés de este idílico personaje, corresponde a un médico que no estima su profesión, que hace enormes y solapados esfuerzos para soportar a sus pacientes; estos no le interesan en absoluto y menos aún sus padecimientos. Durante el tiempo de consulta pone, ex profeso, su mente despreocupada a divagar sobre temas diferentes a los del servicio prestado. En cuanto a su familia, la novela mostrará también que tal apacibilidad lo es más bien de forma.

Configurados, pues, en este médico general (de cabecera, como lo denomina el libro) el manso Mr Hyde y el terrible Dr Jekill. El desarrollo de la narración se encargará, de una manera bastante original, de confirmarnos amenamente esta desoladora premisa. Tal es el contexto de esta nueva novela que nos propone el muy reconocido escritor Herman Koch (Holanda, 1953) a lo largo de 350 páginas, en un agradable estilo oscilante entre los diálogos de aparente ingenuidad, las frases agudas, el humor velado, y la ironía y el cinismo que para mayor impacto ofrece en narración en primera persona de boca de su propio protagonista: el médico de marras.

Motivado por la fama del médico de recetar holgadamente medicamentos calmantes, aparece por el consultorio el renombrado actor Ralph Meier de cuarenta años, quien muy rápidamente empatiza con el facilista médico. Lo invita a asistir, así como a su mujer, a una de sus actuaciones. Ofrecimiento que con gran esfuerzo acepta Marc Schlosser, pues detesta el teatro, los libros y en general las manifestaciones culturales; la televisión le basta como entretenimiento. Poco tiempo después, el actor –embelesado por la mujer del médico– organiza unas vacaciones para que las dos familias se reúnan a veranear en una playa mediterránea.

Es así como Ralph, su esposa Judith, su suegra, sus dos hijos Alex y Thomas se reúnen vacancieramente con la familia de Schlosser. A este grupo también se une el célebre director cinematográfico Stanley Forbes acompañado por su última adquisición: una chica muy joven a quien aventaja en más de cuarenta años. Esta amalgama de gente, asaz incompatible, pasan plácidos días veraniegos alrededor de una casa en donde trona una piscina. Todo el modelo social de relacionamiento exterior es preservado: cortesía, apariencia, buenos modales, mientras al interior de cada cual bullen sentimientos diferentes, pasiones y deseos non sanctos. La norma social es preservada por encima de todo en este ejercicio de convivencia. El escritor de manera sencilla pero efectiva va definiendo el carácter de cada personaje, al tiempo que parsimoniosamente el lector comprende como actúan en realidad, y en la sombra, los adultos, niños y adolescentes.

Al ritmo del calor estival, del alcohol, de los cuerpos semidesnudos en trajes de baño y del tiempo ocioso se exacerban las pasiones y se encabritan los deseos. Pronto Ralph se revela como un personaje vulgar, pueril, violento, autoritario, machista y perseguidor de faldas sin distingo. Stanley, la parodia irónica del cineasta Roman Polanski –según lo confiesa el mismo escritor– quien es conocido por su atracción hacia chicas muy jóvenes. Los adolescentes Julia y Alex entablan un flirt veraniego. Marc y Judith tienen un romance camuflado. Ralph asedia a las féminas presentes. Stanley y Judith se besuquean. La suegra de Ralph espía cada movimiento. Los niños y adolescentes aprovechan para escapar al control de los padres.

Ah Freud que poco se equivoca. Una situación narrada –generalizable al proceder de la humanidad– guiada por los instintos sexuales, esos que se matizan, se disimulan, se camuflan, pero que en el fondo rigen los actos desde los nimios hasta los esenciales. Y de los que en el relato no escapan los adolescentes con sus hormonas en efervescencia, ni los adultos, ni los viejos agotando sus últimos cartuchos, ni los obreros, ni los artistas, ni los intelectuales…

Un bonito saco de anzuelos en donde todo puede ocurrir, como en efecto fue el caso. Y hubo un “accidente” del cual me abstendré de detallar so pena de develar secretos que perjudiquen la lectura del libro. Me contentaré con decir que el hecho fue suficientemente grave y que la trama minuciosamente urdida crea un suspenso que solo tendrá desenlace en las páginas finales y que mantendrá en alerta al lector y en avidez de conocer como se desenreda el ovillo esmeradamente embrollado.

Se las ingenia el escritor para que los personajes de la novela causen rechazo, molesten, no produzcan simpatía ni compasión aun cuando estos se encuentran en desgracia. Algunos son sórdidos (Ralph, Marc, el fontanero,…), otros inciertos (Judith, Caroline), otros latosos (los niños, los adolescentes), otros: sucios, borrachos, homofóbicos, racistas, tramposos, falsamente seductores, incumplidos, irresponsables,… No, no es la escoria de la sociedad, es la sociedad misma, es el actuar burgués con sus indolencias e hipocresías hacia lo que Koch quiere apuntar su dedo.

Acostumbra Herman Koch confrontar mediante situaciones de ambigüedad ética que hacen dudar de los valores. El lector así puesto contra la pared tendrá que analizar el dilema que el tozudo escritor le plantea: ¿qué es lo correcto: salvar a un hijo que ha obrado mal, que ha delinquido, o callar y con ello ir en contra de los valores de la sociedad? Tal es el caso que traza en su anterior libro La cena y que en esta columna he reseñado. Aquí en este nuevo libro reincide el escritor para dejarnos también en una nebulosa de confusión: ¿debe ejercerse venganza contra alguien que ha causado un hecho grave? ¿Es nociva o tolerable esta represalia cuando se han infligido fuertes daños? ¿La justicia de manos propias o aquella lenta y de inciertos resultados que ofrece la justicia ordinaria, la de los tribunales y sus jueces? Tal es el dilema ético que en el fondo plantean sus novelas.

Y es que el escritor lo advierte en sus entrevistas: “Me gusta mantenerme al margen, yo sólo muestro y describo, para que sea el lector el que juzgue y opine después. Al fin y al cabo, la literatura no está únicamente al servicio del placer y los sentidos sino que debe tener también una intención de denuncia o de crítica”.

La ética es dictada (impuesta) para los religiosos por patrones escritos en su libro guía y erigido en sagrado, y para los otros, los laicos, por normas que rigen la sociedad a manera de un pacto social que organiza la ordenada convivencia. En ambos casos se exige castigo para quienes infrinjan esas reglas estipuladas. Ambos tienen sus seguidores y tienen su validez subjetiva. Ambos preconizan valores y es lo importante. Ambos están sujetos al “Errare humanum est”. Ambos están sometidos a las leyes terrestres y sus reos sujetos de punición en caso de desacato. De eso trata esencialmente este libro: ¿Quién juzga y quién ejerce la sanción? La respuesta, dado el planteamiento, no es muy sencilla.

Y a título de Colofón: es este libro una crítica a la burguesía actual, que se extiende más allá de la historia narrada, la cual habría de considerarse solo como una metáfora que busca azuzar la reflexión sobre este tema. Un buen libro para esta época de Semana Santa en donde se supone que reina el recogimiento. Una buena ocasión para que laicos y religiosos hagamos una necesaria introspección sobre nuestro diario actuar y muy particularmente sobre la falsedad de las relaciones sociales.

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