La transparencia y eficiencia del Estado para la confianza ciudadana

10 de septiembre del 2013

El corrupto es un traidor a la patria

El gobierno y las instituciones del Estado deben ser instrumentos al servicio de los ciudadanos. En Colombia son tantos los problemas que solucionar y los retos de futuro que asumir, que necesitamos el más eficaz de los gobiernos posibles.

Pero la gran tarea nacional que tenemos por delante requiere del concurso honesto de toda la clase política, de todas y cada una de las instituciones y de todos los niveles de la administración pública.

Lograr los grandes objetivos nacionales de seguridad, empleo y desarrollo, requiere que todos los que estamos en el servicio público rememos en la misma dirección. Tanto desde la Presidencia de la República como desde la alcaldía del municipio más pequeño de Colombia, debemos estar guiados por los principios de transparencia, eficacia y honradez.

Por lo tanto, el primer paso para servir al país y para estar a la altura de lo que Colombia necesita, es desterrar las prácticas corruptas. Porque la corrupción en el servicio público es una lacra que hace un daño inmenso al país y  que supone actuar en contra de los intereses colectivos. La esencia de la política es el servicio y trabajo por el conjunto de la sociedad. Y debe basarse en la honestidad y la eficiencia. Por eso, el corrupto no solo es un delincuente: El corrupto es un traidor a Colombia y a los colombianos. El corrupto es un traidor a la patria que desprecia la democracia y desprecia a la gente.

Pero más allá de consideraciones éticas, hay que tener claro que la corrupción impide que un país se desarrolle, impide que sus instituciones sean fuertes e impide, en definitiva, que los problemas de la gente se solucionen con eficacia. Porque la prioridad de un corrupto es el beneficio personal y no dar respuesta a problemas, necesidades y expectativas.

La corrupción es un virus que impide el crecimiento de Colombia. Y hay que combatirlo con todos los recursos del Estado de derecho, con todo el rigor de la democracia y con toda la fuerza de la gente de bien.

Pero además de perseguir a los corruptos y sacarlos de la actividad pública, hay cosas que podemos hacer para prevenir. Y una de esas cosas, fundamental, es avanzar en transparencia.

Transparencia significa que cualquier ciudadano pueda conocer el uso que se da al dinero público. Que de manera sencilla, cualquiera pueda ver los gastos de cualquier departamento de gobierno, de cualquier gobernación o de cualquier alcaldía.

Transparencia significa profundizar en la calidad de nuestra democracia, porque aumenta el grado de control sobre el poder.

En definitiva, transparencia es modernidad y es la mejor forma de eliminar zonas oscuras y prevenir la corrupción que tanto daño hace al futuro de Colombia.

En el servicio público es fundamental la confianza. Los ciudadanos tienen el derecho a tener motivos claros y contundentes para confiar en sus dirigentes. Por eso, quienes aspiramos a servir al país no podemos tener sombras ni podemos generar dudas acerca de nuestra trayectoria.

Es importante que, quien aspira a cualquier responsabilidad pública sea transparente. Que cuente con una hoja de vida ejemplar y con una trayectoria impecable.

Por eso defiendo la transparencia, como derecho democrático de los ciudadanos y como mejor forma de prevenir las conductas impropias.

Pero no basta con esto.  Además de un compromiso de honestidad y transparencia, es necesario un compromiso de eficacia. Las promesas que se hacen a los ciudadanos han de ser un contrato de obligado cumplimiento. Lo contrario, el incumplimiento, es un fraude a la democracia.

La gente espera soluciones y espera que un gobernante sea riguroso con sus compromisos con el país. Eso significa asumir una alta responsabilidad: establecer un contrato con el país para alcanzar unos objetivos concretos. Y que el país pueda juzgar si se está cumpliendo con la tarea o no.

Tanto la transparencia en la gestión pública como la eficacia de un gobierno son los pilares para construir confianza. Y sobre la base de esta confianza, podremos fortalecer nuestras instituciones y, en definitiva, nuestra democracia. Porque no puede haber democracia de calidad si los ciudadanos no confían en sus instituciones y, para que lo hagan, la clave está en que estas sean transparentes y eficaces en todas y cada una de sus acciones.

La tarea de gobierno exige responsabilidad, pulcritud y eficiencia a partes iguales. Lo contrario rompe los vínculos de confianza y las bases del pacto social por el que una mayoría de ciudadanos otorga a otros la capacidad de gobernar los destinos del conjunto de una nación.

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