Tres tristes tigres

4 de agosto del 2011

En este mundo raro, un zoológico enorme en el que los animales apresados observan los irracionales comportamientos de sus parientes superiores, grandes félidos –no felinos porque no maúllan, rugen– como los tigres, no solo sufren su propio drama de especie en vías de extinción, sino que conviven con el declive cotidiano de sus pares bípedos […]

En este mundo raro, un zoológico enorme en el que los animales apresados observan los irracionales comportamientos de sus parientes superiores, grandes félidos –no felinos porque no maúllan, rugen– como los tigres, no solo sufren su propio drama de especie en vías de extinción, sino que conviven con el declive cotidiano de sus pares bípedos –no félidos porque no rugen, hablan–, los seres humanos. Declive más estruendoso cuanto más vertiginoso haya sido el ascenso. El mejor atajo para llegar al abismo es la cresta de la ola, por aquello de que todo lo que sube tiende a bajar. Es la ley de la selva. ¿O de la gravedad?

Son tantos los casos de “tristes tigres”, hombres y mujeres, nacionales y extranjeros, registrados a diario en las noticias, que apabullan. Pero, puestos a escoger, por motivos de espacio me quedo con tres cuyos nombres y apellidos han sido mencionados con insistencia en las últimas semanas.

Antanas Mockus. “La gente ya está cansada de Mockus”, dijo Carlos Fernando Galán, uno de los tigrillos que ronronean por los pasillos de la política, catapultado por el recuerdo de su padre y acunado por el doble filo de los medios, expertos en levantar y derribar ídolos. Lo leí en alguna edición de uno de los periódicos nacionales. Es muy fuerte porque, normalmente, cuando uno se cansa de algo, lo deshecha. Cuando se cansa de alguien, ¿igual? En un primer momento me molesté: ¿Quién se cree este para hablar en nombre de “la gente”? Y, en parte, sigo pensando lo mismo. “La gente” no puede seguir siendo una masa despersonalizada y tontarrona, de la que echan mano, cuando conviene, los que viven de ella. “La gente” somos usted, yo y los demás. Con nuestras creencias, carencias y querencias propias y diferentes, no hipotecables –hablo por mí– a nadie. No obstante, según he constatado en predios universitarios, donde se encuentra gran parte de la fanaticada mockusiana, creo que Galancito, con todo y autoproclamarse vocero de los otros, con un ajuste semántico pudo reflejar mejor el sentimiento que despierta ahora el candidato eterno: decepción. Por sus abruptos cambios de temperamento y de opinión y de posición. Y por su pedagogía confusa, excesiva, en un tiempo tan aplaudida por quienes veían en sus posaderas de quesito la máxima expresión de la intelectualidad. Larga vida a Mockus, el académico. (Ah, y un poquito de sol allá, donde la espalda pierde su casto nombre).

Andrés Felipe Arias. Cazado en un espectáculo, a mi juicio, lamentable. En medio de la ovación de los espectadores que, por años, han necesitado de panem et circenses para vivir. Justo lo que les proporcionan hoy tantos jueces: un espectáculo mediático, en el que la venganza parece ser la reina. ¡Qué lástima! Se nos farandulizó la rama del poder que más respeto inspiraba. Por las edades, la sabiduría, la serenidad, la legendaria imparcialidad de quienes la conformaban. Hasta que la lujuria del micrófono los contaminó y las togas negras que los revestían de majestad los disfrazaron de Nosferatus. Lo sucedido a Arias, y a otros que han enviado a la cárcel antes de ser vencidos en juicio, demuestra que la independencia a la hora de obrar en derecho está cediendo terreno a las presiones políticas y de la opinión pública. Y no es que defienda al exministro de Agricultura pues, entre otras cosas, no tengo idea de cómo manejaba los chécheres de la cartera. Además, la arrogancia no es característica de la gente que me gusta. Tampoco lo condeno, ni me alegro con lo que les está pasando a él y a su familia, ni puedo creer  –mientras no me las comprueben una a una– que sean ciertas las malísimas mañas que le atribuyen. Entretanto, está en el Cantón Norte, con vista a los Cerros, pero encarcelado. Antes de tiempo.

Álvaro José Arroyo. Uy, el Joe, ese sí es, si fue, el tigre más triste de los tres tristes tigres. A pesar del extraordinario talento que tuvo para la música y de la popularidad que alcanzó, estuvo en cautiverio su vida entera. Por cuenta del color de la piel, de la pobreza de los primeros años, del licor, la droga, la parranda, de una salud precaria, de las mujeres, de mucha de la gente que lo rodeó (y lo explotó) en los últimos años, de las tarimas… Incluso de su agonía transmitida y polemizada en directo. No sé, pero me da la sensación de que en los días que precedieron al de su muerte, y en los que le han seguido, se ha despertado alrededor de su nombre una mezcla de repentina idolatría y curiosidad malsana. Y un despliegue que nunca tuvo cuando, en realidad, lo necesitó. Supongo que algo habrá tenido que ver en ello la telenovela que está pasando un canal privado y el interés de las disqueras, ya que un artista recién muerto es una mina de oro. Grrr, la humanidad.

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