Un año después

15 de mayo del 2013

Hoy hace un año los colombianos fuimos golpeados por la onda explosiva de una bomba dirigida a Fernando Londoño Hoyos. Las terribles consecuencias de ese atentado cometido por uno de los grupos terroristas más sanguinarios del mundo, no dieron espera. Esa misma noche se aprobó el Marco Jurídico para la Paz que promovió el presidente […]

Hoy hace un año los colombianos fuimos golpeados por la onda explosiva de una bomba dirigida a Fernando Londoño Hoyos. Las terribles consecuencias de ese atentado cometido por uno de los grupos terroristas más sanguinarios del mundo, no dieron espera. Esa misma noche se aprobó el Marco Jurídico para la Paz que promovió el presidente Santos como paso preliminar a la farsa de unas negociaciones con las FARC que ya llevaba muy adelantadas en La Habana a espaldas del país. Con lo aprobado por el Senado se pretende pasar por encima del Derecho Internacional para darles impunidad a los causantes de los crímenes de lesa humanidad que se han cometido y se siguen cometiendo en nuestro país. A los mismos que cobardemente colocaron esa sofisticada bomba que dejó dos muertos y graves heridas a nuestra democracia.

Guardaré en mi memoria cada minuto vivido ese día como guardo los de la bomba del DAS y el Nogal o los de la toma del Palacio de Justicia. Así me lo propusiese no podría olvidarlos y no quiero olvidarlos. Al traerlos de nuevo vuelvo a sentir el terror y a sentir toda mi solidaridad por las víctimas. Esto me hace despertar del letargo en el que a veces caigo al hacerme la falsa ilusión de que fueron cosas del pasado que no volverán a ocurrir.

Por otro lado, para vergüenza del periodismo libre, no se escucharon con suficiente fuerza las voces de rechazo por ese atentado a la libertad de expresión, uno de los más graves cometidos en el presente siglo por la manera misma como se cometió y por la calidad de la persona a quien se quiso acallar: un personaje de inmenso valor quien, con la dedicación que es el fruto de una vocación de servicio, nos regala cuatro horas diarias del mejor periodismo.

Como Fernando Londoño pero cien años atrás, un filósofo en Francia quien firmaba con el seudónimo de Alain, se ocupaba de ofrecer cada día sus claras reflexiones. Escribía para un pequeño periódico de provincia cortos artículos acerca  de la felicidad -me complazco imaginando a sus lectores comenzando cada mañana leyendo frases como esta: “Lo mejor que podemos hacer en favor de quienes nos aman es seguir siendo felices”.

Llegó  la guerra y el filósofo interrumpió su feliz disertación cotidiana.

En Colombia, desde hace nueve años Fernando Londoño dirige y presenta La Hora de la Verdad, un programa radial con el que, al igual que Alain, nos ofrece un comienzo de día en el que recobramos la esperanza. Alain hablaba de la felicidad, Londoño nos habla de la verdad.

A La Hora de la Verdad le guardó especial gratitud. En los últimos meses en los que el país se ha visto arrastrado hacia el abismo, he sentido mi salud mental muy afectada por el sentimiento de soledad e impotencia al ver que las cosas no hacen sino empeorar. Por consejo de mi padre comencé a escuchar todos los días a Fernando Londoño y a su mesa de trabajo encontrando ahí un lugar de lucidez cuando nos rodea tanta locura, y un ejemplo de valor de alguien que no se deja amedrentar por los terroristas.

Cada uno de sus editoriales es una admirable página periodística. La manera como presenta los problemas de la actualidad política y social colombiana a partir de un riguroso estudio previo, es de tal seriedad y profundidad que nos reconcilia con el periodismo, el que vemos frecuentemente cayendo en las redes de la civilización del espectáculo como lo denuncia Mario Vargas Llosa.

Los invitados al programa mantienen un verdadero diálogo con Fernando Londoño que se diferencia de las amañadas entrevistas que por desgracia pululan en la radio y la televisión. Además, con su vocación de maestro, Londoño nos ofrece unos minutos de historia que se caracterizan por sacar enseñanzas para el presente, de los aciertos y los errores del pasado. Defensor y amante de las tantas maravillas de nuestra patria, no olvida regalarnos algo de su música y de su cultura.

Al escuchar La Hora de la Verdad tenemos la posibilidad de ejercitar la mente y el espíritu para afirmar nuestra escala de valores.

En la soledad de mi taller de pintor dialogo en silencio con quienes intervienen en La Hora de la Verdad, me siento participe, como miles de colombianos, contando con un interlocutor de la talla de Fernando Londoño.

En estos momentos en que la democracia colombiana está en grave peligro, he  encontrado una luz de esperanza: la que nace de saber que existen personalidades como Fernando Londoño quienes trabajan a diario por construir una consciencia clara de los hechos que es el comienzo para encontrar soluciones a los graves problemas que nos agobian.

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