Un biógrafo jesuita para el maestro de maestros

18 de septiembre del 2016

Si se convocara a estas alturas del siglo XXI un concurso para elegir las mejores biografías del maestro de maestros, José María Restrepo Maya, llamado con justicia “El faro de la juventud”, seguramente figuraría entre los finalistas el sacerdote jesuita Tomás Galvis, aunque le tocaría competir con historiadores de la talla del padre Pedro Fabo […]

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Si se convocara a estas alturas del siglo XXI un concurso para elegir las mejores biografías del maestro de maestros, José María Restrepo Maya, llamado con justicia “El faro de la juventud”, seguramente figuraría entre los finalistas el sacerdote jesuita Tomás Galvis, aunque le tocaría competir con historiadores de la talla del padre Pedro Fabo Campo y el poeta Juan B. Jaramillo Meza.

El levita escribió en Barranquilla el 8 de septiembre de 1934 (17 años después del óbito del insigne institutor) una preciosa semblanza que los editores de la Biblioteca de Escritores Caldenses alcanzaron a incluir, a la manera de  epílogo, en su libro ‘Apuntes para la historia de Manizales’.

Asombra en el ensayo del hombre de la Compañía de Jesús su capacidad de síntesis y la maestría con la que amalgama con precisión de relojero suizo, en menos de diez pequeñas páginas, el apostolado, la pasión y el músculo de este colombiano ejemplar (nacido en Sonsón, Antioquia, y ”nacionalizado” en Manizales) que consagró 63 años de su existencia a la formación de varias generaciones de hijos de la comarca caldense  y le dio vigoroso impulso a la docencia en la ciudad que amó por su corazón abierto y generoso.

A las puertas de una  conmemoración importante alrededor del recuerdo del pedagogo por excelencia, escribió en su afectiva prosa el padre Galvis, desde la capital del Atlántico:

“El 15 de octubre se celebra el primer centenario del nacimiento de don José María Restrepo Maya. Con esta ocasión su recuerdo perfumado por la virtud y el patriotismo, ha revivido en el corazón de sus numerosos discípulos, amigos y admiradores, que se aprestan para celebrar tan fausta fecha con un cariñoso homenaje de gratitud y amor”.

Vino a continuación este  elogio merecido, acompañado de un discreto reclamo por unos pocos que lo echaron al olvido:

“La vida tan oculta como fecunda de Don José María había extendido sobre sus actividades y memoria una densa capa de olvido que sólo les era dado remover a los que sintieron de cerca  el influjo de su magisterio asombroso o de su cálida amistad, pero que lo mantenía escondido a los ojos de sus demás compatriotas. Pero la república empieza a darse cuenta de la personalidad excepcional de Don José María y a consagrarle el tributo de admiración y gratitud que se merece”.

El biógrafo jesuita dibujó esta emotiva escena que se vio con frecuencia en su casa durante la enfermedad (una fuerte inflamación de la gota en los pies) que lo llevaría finalmente a la diestra de Dios padre:

“Desde 1877 hasta su muerte (el 11 de febrero 1917) residió en la ciudad de Manizales, donde fundó y dirigió largos años el Colegio de Santo Tomás de Aquino. Transformado éste en el actual Instituto Universitario, fue profesor del mismo hasta su ancianidad. Cuando por sus achaques no podía ya levantarse de su sillón, de este hizo cátedra y su alcoba convertida en sala de clase, iban buen número de jóvenes a escuchar sus clases”.

Otro detalle poco conocido de este educador ejemplar: hijo de padre opulento, nunca quiso saber de dineros, ni de negocios y con el paso del tiempo le tocó enfrentar las vicisitudes de la pobreza para levantar a su numerosa familia. Paradojas de la vida de un gran valor humano.

La apostilla: Con el debido respeto, de puro cariño,  solían apodarlo “Restrepito” sus colegas del magisterio, sus discípulos, sus vecinos y la comunidad manizaleña en general.

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