Un chorro de babas

31 de julio del 2012

En este país somos felices echando carreta. Nos la pasamos buscando soluciones a punta de lengua pero somos muy malos para el “concretis”.  Una reunión, un comité, una asamblea es más importante que un cronograma de trabajo o la ejecución contante y sonante de lo que se dice. Cualquier político que se respete escribe un […]

En este país somos felices echando carreta. Nos la pasamos buscando soluciones a punta de lengua pero somos muy malos para el “concretis”.  Una reunión, un comité, una asamblea es más importante que un cronograma de trabajo o la ejecución contante y sonante de lo que se dice. Cualquier político que se respete escribe un hermoso Plan de Desarrollo y se lo aprueban después de una larga discusión, lo imprimen y pasa a los anaqueles del olvido, porque no se cumple. Y es que resulta más fácil hablar que hacer, es mejor deliberar que ejecutar, o si no veamos a los congresistas que tramitan leyes como si fueran chorizos y no resuelven nada.

Nos quieren meter ahora en la inútil discusión de si debemos o no convocar una Asamblea Nacional Constituyente. Santos dice que no, Uribe que sí, el Vice que si pero no, y los parlamentarios que no pero si.

Yo definitivamente no entiendo que tiene de bueno una nueva constituyente, como no sea para hablar y hablar de grandes soluciones y seguir en lo mismo. De eso ya tuvimos suficiente hace 21 años en una experiencia pródiga en ideas y entusiasmo. Cómo será que nos tragamos el cuento de que la Constituyente era el Camino, ¡já! un camino culebrero, con minas quiebrapatas por doquier.

En el 91 se redactó la Carta para cambiar a Colombia y lo único que hemos cambiado es esa misma Carta, de la que queda tan poquito que ya no se puede leer de corrido porque tiene más enmiendas que artículos.

Las constituyentes son buenas, son muy buenas diría yo porque a cada quien le dan lo suyo, cada niño sale con su paleta para que la chupe a gusto hasta que se le acabe. Así fue la del 91, que le dio contentillo a mucha gente: a los narcos, por ejemplo, con la prohibición de la extradición. Ahora tenemos narcos y extradición, aunque en la carta se quería acabar con ambos.

Se le dio contentillo a la rama Judicial y ahora muchas personas quisieran acabarla o reducirla y otros fortalecerla con más cortes y períodos más largos para los magistrados.

Se creó la figura de la vicepresidencia y se prohibió la reelección y, ahora, sobra la vicepresidencia pero se tiene reelección. Se creó el Consejo Superior Electoral, la Defensoría y las Gobernaciones por elección popular y hoy quisiéramos saber para qué sirven cada una de ellas.

Se crearon partidos para las minorías políticas y circunscripciones electorales para las minorías étnicas y hoy los unos son verdes y los otros están verdes. Además se reconocieron territorios colectivos y cabildos, pero ni indígenas, ni afros han salido de su atraso ancestral. Sus territorios están invadidos por cultivos y extracciones ilícitas en manos de grupos armados al margen de la Ley.

Se sacó al Sagrado Corazón del texto constitucional pero no hemos logrado desprendernos de funcionarios rezanderos que anhelan restablecer una teocracia inquisidora. Se revocó el Congreso pero hemos elegido durante dos décadas Congresos cada vez más malos que también serían deseables revocar. Se prohibieron los auxilios parlamentarios pero se han creado miles de formas para repartir la mermelada.

Podría seguir y seguir analizando los avances de la Constituyente para llegar a la conclusión de que todo cambió en el papel, pero casi nada en la realidad. No seamos ingenuos, si convocamos otra constituyente las cosas no van a mejorar. ¡Mamola!, como diría Serpa. Eso no sirvió para nada y mucho me temo que una nueva solo sirva para que se reencauchen aquellos que están por fuera del juego: parapolíticos, expresidentes, exguerrilleros o excualquier-cosa que no funcione.

Una nueva constituyente le dará otra vez contentillo a todo el mundo y el país ahí, patas arriba. Eso sí, los causantes del desastre quedarán felices haciéndonos creer que han hecho grandes cosas, cuando solo habrán emitido un chorro de babas que salpica a todo el mundo para que cada cual crea que algo finalmente le tocó en la vida.

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