Un estado de pesimismo

Un estado de pesimismo

8 de abril del 2017

Así como las personas pasan por momentos de desánimo y pesimismo, en los que todo se ve mal, difícil, penoso y gris, los pueblos también pasan por tiempos de desesperanza; en ambos casos se podría caer en una situación más profunda, denominada depresión. Afortunadamente, tanto en lo individual como en lo colectivo, el pesimismo es cíclico y después de un tiempo da paso al optimismo; de lo contrario, la vida sería muy difícil.

En estos días se experimenta en Colombia una sensación colectiva de negativismo, como si objetivamente las cosas marcharan mal, con tendencia a empeorar. Las noticias que llegan por muchos medios, incluyendo las redes sociales, contribuyen a aumentar el pesimismo colectivo, pues suelen referirse a acontecimientos negativos en la política, la economía y en otros asuntos de interés colectivo.

Sin lugar a dudas, lo que más puede afectar el estado de ánimo colectivo son las repetidas malas noticias nacionales y locales. En los primeros meses del año hemos estado bombardeados por muchísimas, como son las catástrofes ambientales (las inundaciones de Mocoa con un saldo de más de 200 muertes); los delitos atroces contra los niños, las mujeres y los más débiles (el caso de Yuliana Samboní); las confrontaciones entre los jefes políticos, con el resultado de una polarización cada vez más profunda (el plebiscito); los mediocres indicadores de la economía, que crece a menos del 2 %; la incertidumbre sobre el proceso de paz y lo que será el postconflicto; la corrupción rampante de los sectores público y privado (Odebrecht, Reficar, Fondo Premium y varios más); el deterioro ambiental causado por la minería, la tala de bosques y el pésimo manejo de los recursos naturales; el aumento de los cultivos de coca (nos acercamos a las 200.000 hectáreas de siembra); el crecimiento del consumo interno de estupefacientes y de las ollas urbanas; los pobres resultados del país en indicadores internacionales de diferente índole, y las desabridas propuestas legislativas que no apuntan a nada, para hablar solo de las principales noticias.

Al pesimismo debe sumarse un estado de incertidumbre sobre el futuro nacional. En materia económica no pareciera que hubiese un horizonte positivo y claro, ya que nos hundimos al ritmo los ciclos internacionales y apenas logramos sacar cabeza. En los esfuerzos de equidad y de mayor bienestar social pareciera que nos hubiésemos detenido, y aparecen noticias desoladoras como las muertes infantiles en La Guajira y en el Chocó.

No puede desconocerse que en amplios sectores existen desconcierto y perplejidad, estados de ánimo en los que la población no entiende hacia dónde vamos como nación ni qué podría suceder en los próximos años. No se sabe cómo culminarán las investigaciones sobre corrupción ni quiénes serán encontrados responsables; no se puede establecer qué sucederá con los desmovilizados de las FARC ni con su proyecto político, ni con los efectos esperados del Acuerdo de La Habana, ni conocemos cuál es la probabilidad de que surjan fuerzas delincuenciales en reemplazo de la guerrilla desmovilizada; no es fácil vaticinar si tendremos, o no, crecimiento del producto nacional o nos mantendremos a la baja en los próximos años; y las mismas elecciones presidenciales del 2018 son hasta ahora impredecibles, por la cantidad de candidatos y de partidos. Podríamos continuar con una lista larga de incertidumbres.

Una nación que no tiene algún grado de claridad sobre su futuro está en alto riesgo de estancarse, e inclusive de retroceder. No estamos ante un Estado fallido, como se predicaba de Colombia a principios del actual siglo, pero es claro que en algunos aspectos centrales no hemos logrado resolver los problemas medulares, como lo dijo hace poco James Robinson en la Universidad de los Andes, al recibir título honoris causa. La población general necesita que sus dirigentes le muestren caminos alternativos y le transmitan optimismo; así como los empresarios requieren reglas claras que les permitan realizar inversiones de mediano y largo plazos.

Las condiciones para un futuro estable y previsible no se dan actualmente, y podríamos estar transitando el camino recorrido por los partidos tradicionales de Venezuela (Copei y Acción Democrática) hace un par de décadas. Cualquier sorpresa puede sobrevenir en un ambiente de desorientación general, de apatía y, en algunos casos, de indignación, especialmente en el campo electoral: los votantes desilusionados y desconcertados son presa fácil de nuevos o viejos demagogos y de propuestas populistas. Ni en países con larga cultura cívica y profunda tradición democrática se puede garantizar un voto racional y ponderado, mucho menos en culturas políticas inmaduras como las que prevalecen en la América Latina, incluyéndonos.

En Colombia no faltan dirigentes partidistas, abundan de todos los pelambres; inclusive, tenemos caudillos que seducen fácilmente a las masas y crean fanatismo a su alrededor. Lo que no tenemos es verdaderos líderes que proclamen cambios fundamentales, orienten a la opinión y conduzcan al electorado y al país hacia un camino de recuperación. Ahora añoramos a los grandes políticos y pensadores de antaño, que por lo menos marcaban línea en cada una de sus agrupaciones partidistas, así no fueran grandes reformistas.

El líder no es el que mejor habla, ni el que más promete, ni el que siempre se sintoniza con sus seguidores o con las encuestas de opinión, sino el que plantea los verdaderos problemas, elabora una visión de futuro, alinea a los seguidores, traza caminos —así estos sean difíciles— y empodera a sus seguidores. El verdadero líder no ofrece soluciones paternalistas, sino desafíos, como lo hizo Churchill cuando, al frente de un país asediado por los bombardeos alemanes, ofreció “lágrimas, sudor y sangre”, y terminó venciendo al régimen nazi; los ingleses vivían tiempos aciagos, pero su líder les presentaba una visión, les señalaba un camino de lucha y los invitaba a la resistencia.

El populismo es lo más opuesto a un liderazgo innovador; nuestros dirigentes políticos viven en función de conquistar o mantener el poder para reproducirlo, para mantenerse y beneficiarse de él, y no para construir nuevas avenidas de progreso moral, de bienestar y de crecimiento económico. La vía más rápida para conquistar las masas de votantes es el populismo —de derecha o de izquierda—, ofreciendo gabelas, prometiendo paraísos y repartiendo subsidios a diestra y siniestra.

Antes, existían verdaderos partidos políticos, que basaban su proselitismo en ideales, en doctrinas, en programas de gobierno; si bien fallaron en muchos aspectos, hacían su tarea de articular los intereses de sus afiliados, de participar activamente en los debates y de ofrecer visiones distintas de lo que debería ser el país. Hoy, esos mismos partidos funcionan entre bambalinas, buscando migajas de poder para subsistir como agrupaciones electorales, o para beneficio de los que los mandan; para lograr eso, han institucionalizado un sofisticado entramado de clientelismo.

El clientelismo es inherente a la política partidista, aún en países de mayor conciencia y desarrollo civil; pero cuando se convierte en la forma predilecta del ejercicio político, se mezcla con la corrupción y se institucionaliza, comienza a deshacer el tejido cívico de una nación. La consecuencia inicial de ese decaimiento es la incertidumbre, que suele desembocar en un estado de pesimismo general, para terminar en el estado que los sociólogos denominan “cinismo social”, es decir, en una situación de escepticismo que paraliza al cuerpo de la sociedad. En ese estado podríamos caer los colombianos si las cosas siguen como van, o peor, en una división profunda basada en sentimientos de antipatía y exclusión de unos bandos contra otros. Ojalá no lleguemos a esos extremos.

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