Un gran valor humano

16 de julio del 2016

Los dos tomos nos entregan valiosa mirada de la ciudad.

opinion

Un hombre adquiere la categoría de valor humano cuando su accionar en la vida trasciende su cotidianidad y transforma el pensamiento y la conducta de quienes han compartido su existencia.

A veces por su profesión, a veces más allá de ella. Se convierten en ejemplos porque su trabajo siempre ha estado al servicio de sus congéneres, le dan sentido a la vida de los otros y se esfuerzan por transformar en bienestar la mísera existencia de los demás.

Primero, se quedan en la memoria de sus contemporáneos hasta que ellos también desaparezcan. Luego son sus obras las que fijarán para siempre su nombre en las reservas de la historia de la comunidad.

Según lo anterior pienso que Luís Eduardo Vargas Rocha fue un ser excepcional, un valor humano que pasará a la memoria de sus coterráneos, no sólo por su labor como médico, para lo cual se educó, preparó y especializó en la mejor forma, sino por la calidad humana de su inserción en la vida de la comunidad.

Amante del arte fungió como músico y participó en agrupaciones que afianzaron la imagen de Ibagué como “ciudad musical” de Colombia, como la legendaria “Chispazos”, conformada por médicos y otros profesionales de la ciudad.

También fue escritor porque que investigó y escribió la historia de sus colegas y su profesión y la publicó en dos valiosos tomos titulados “Ibagué, médicos y medicina 1880- 1940”, tomo I, e “Ibagué, médicos y medicina 1941-1980”, tomo II, en los que recupera la memoria de los galenos que han ejercido en la ciudad durante los cien años que abarca su investigación.

Los dos tomos nos entregan valiosa mirada de la ciudad, sus transformaciones durante la centuria, y el desarrollo de la profesión acorde con los tiempos.

Los libros avanzan por décadas y en cada una de ellas se consignan momentos de su arquitectura, hechos significativos de la localidad, la región y el mundo, fotografías y una curiosa transformación de la publicidad de medicamentos y productos para la salud utilizados durante esos años.

Además, fue mecenas del arte porque favoreció pintores y los ayudó en sus necesidades no sólo de salud y médicas sino en sus penurias cotidianas. Por esa actitud logró conformar una colección importante de uno de los artistas más significativos en la historia del arte ibaguereño y nacional como lo es Darío Jiménez.

Siempre estuvo atento a las actividades culturales de la ciudad y su presencia fue estimulante para quienes a veces pensamos que aramos en el desierto de la indiferencia.

Ahora que ha partido nos queda sembrada en el corazón la imagen de ese ser excepcional que amo la ciudad por encima de todo. La cantó en los momentos necesarios. La consignó en sus libros.

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