Un imperativo moral

4 de junio del 2016

Hay una reacción automática que ordena el recorte presupuestal del llamado rubro de la cultura.

Cuando hay dificultades económicas, crisis que llaman los gurús de la economía, y se argumenta que se debe hacer un apretón en la satisfacción de las necesidades de la sociedad por falta de recursos, lo primero que se aprueba sin mayores discusiones es que el presupuesto de los organismos rectores de la cultura, bien sean estos a nivel nacional, regional, local o simplemente institucional, debe recortarse.

Y nadie se preocupa porque la inversión en el bienestar espiritual de la sociedad es inocua; desarrollar la sensibilidad humana es innecesario y más vale aumentar el pie de fuerza y la compra o producción de armamento que pensar en facilitar la producción de bienes artísticos que testimonien con los años la comprensión de nuestro tiempo.

Se diría que hay una reacción automática que ordena el recorte presupuestal del llamado rubro de la cultura porque no produce dividendos materiales.

Y así sucede, a propósito de crisis, en la Universidad del Tolima, que después de erráticas políticas administrativas, bien intencionadas o no, han llevado a la institución, insignia de la educación en el departamento, a un desbarajuste presupuestal y a una crisis que la ponen al borde de la parálisis.

Como era de esperarse, a la Universidad la han colocado en la obligación de realizar el consabido apretón económico y, por consiguiente, al recorte del presupuesto de las actividades culturales que, como bienestar universitario, se han venido desarrollando.

Las actividades artísticas y culturales están condenadas a desaparecer, a pesar de la dignidad con que han llevado el nombre de la Universidad y del departamento a lo largo y ancho del país. La música y la danza, las artes plásticas, la literatura, las publicaciones y los cursos artísticos de extensión, muy apreciados tanto por la comunidad estudiantil como por la ciudadanía, cesarán en su labor.

El Centro Cultural, motor de las actividades culturales, cerrará sus puertas, según se anuncia por las redes sociales. ¿Qué pasará con la sala de exposiciones Darío Jiménez, donde tantos talentos regionales y nacionales mostraron a la comunidad universitaria y a la ciudadanía su producción artística?

¿Y con la orquesta y coro de la universidad tan memorables en el acompañamiento artístico de la ciudad y el estímulo a los valores musicales de la región?

¿Y con la revista Aquelarre, tan reconocida a nivel nacional e internacional, como foro de discusión civilizada en favor de la humanidad?

La comunidad tolimense, los intelectuales y los artistas, debemos exigirles a las autoridades de la Universidad la exclusión en el recorte presupuestal del Centro Cultural y sus actividades porque es un atentado contra el bienestar espiritual no sólo del estudiantado sino de la ciudad donde irradia su influencia artística e intelectual.

Es un imperativo moral.

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