Un País aburrido, un Planeta casi aburrido

Sáb, 10/03/2012 - 09:15
¿Qué pasa cuando un país se cansa de repetirse a sí mismo? Un carrusel, un tiovivo incesante que hace monótono el andar sobre el mismo paisaje. ¿Se podría decret

¿Qué pasa cuando un país se cansa de repetirse a sí mismo? Un carrusel, un tiovivo incesante que hace monótono el andar sobre el mismo paisaje. ¿Se podría decretar la conmoción nacional? ¿Qué autoridad incitaría al caos para romper con el tedio?

Guerra y paz. Paz y guerra. Conflicto y resistencia. Resistencia e indiferencia. Soledad entre multitudes. Silencio y bullerengue conviviendo en sopor. Sin darnos cuenta la vida a veces se vuelve ese eterno retorno que tanto citan como de Nietzsche y preferimos esa zona de comodidad que tortura de manera agradable y persistente.

El autismo de la tecnología nos pone contra la pared y somos una masa infinita de solitarios conectados con otros seres conectados por invisibles hologramas en distantes y cercanos parajes del planeta. La oralidad está en crisis. Pasado un tiempo, siglos, milenios, a la humanidad se le habrá olvidado pronunciar palabras. Sólo caracteres digitales serán el medio para comunicarnos, las cuerdas vocales pasarán a las clases de historia de la evolución y todos seremos un código indescifrable (ahora le dicen PIN).

No necesitaremos pronunciar sílabas. Digitaremos caracteres.

El paisaje actual de las grandes ciudades es una premonición de lo que ocurrirá. Buses, trenes o metros y transmetros abarrotados de gente en silencio. Desconfianza, pudor y soledad mezclados en un escenario que llaman civilización, metrópolis o urbe. Semejante error. Motricidad asincrónica que se desplaza por espacios concebidos para las reglas y la obediencia: a eso lo llaman ciudad. Mientras, las medianas y pequeñas urbes sueñan con ese paisaje y se preparan para ello.

Hay una generación de humanos que intenta resistirse a la tentación del silencio y del autismo de las TIC. Son privilegiados y raros especímenes que nos provocan envidia. En cambio, la nueva generación de autistas avanza a grandes pasos y se toma todos los espacios del planeta, haciéndolo más aburrido cada día. Administran su propia algarabía personal, construyen íconos mediáticos de millones de seguidores en segundos, igual con la misma velocidad los entierran en funerales de silicio. Desconocen el valor del tiempo y se funden en un eterno presente pero sin noción de su existencia. Un vacío temporal que tiene su significado en eso. El valor de lo vacío, de lo sin fondo y el placer de ese caer todo el tiempo sin tocarlo.

De igual manera, hay otra generación que se debate en la incertidumbre de lo anacrónico (según unos) y la vorágine de la virtualidad (lo futurista), son los NIES; ni están en el pasado, ni están en el futuro; naufragan en medio de una tormenta de cambios vertiginosos y su único asidero es la duda. ¿No se han dado cuenta cuando uno de estos náufragos compra un equipo celular de última generación?

Como la tecnología y los avances mediáticos no distinguen usuarios. Por ella se cuela lo sofisticado y lo decadente. Lo frívolo y lo chabacano. Lo trascendental como lo insulso. Lo serio y lo relajado. A veces lo opuesto a lo clásico y formal, termina desplazado por la pobreza conceptual y la antiestético. Muere media humanidad. La otra impone su vocinglero silencio. El silencio del silicio. Muera la oralidad, grita un mundo digitalizado. Ya verán que estarán equivocados. Dicen en voz baja los escépticos.

Si usted se inscribió en cualquiera de las tres (3) legiones ya sabrá qué futuro le espera. Lo importante es tener claro que unos sobrevivirán, otros perecerán y algunos (zombis) vagarán  entre sombras a la espera de alimentarse con las sobras que deja la humanidad avasalladora. Si le incomoda el chip que brotará de sus entrañas, aún tiene tiempo de fundar colonias de humanos originales que se refugiarán en un mundo anacrónico pero feliz, de oralidad, mitos y leyendas alrededor de una fogata compartida con la noche, el frío y los vientos. De sorpresas en cada gesto y palabras. De admiración y asombro con cada nueva historia que reinventemos o echemos a volar por el espacio (jamás el ciberespacio). Se acordarán de nosotros.

Coda: esta vez prefiero no caracteres digitales en esta coda. Dejar que cada lector se invente o reinvente una historia oral que dé cuenta que una vez había un mundo de palabras. Me resulta imposible por aquí acompañarlos con esa magia.

   
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