Un país sin izquierdas

9 de mayo del 2011

Es una verdadera mamertada  insistir en que nuestro conflicto armado es el resultado de la desigualdad social. Como es una estupidez negar la existencia del conflicto. Tan estúpida como la necedad de afirmar que el desplazamiento por razones de violencia de más de tres millones de compatriotas corresponde a un simple fenómeno migratorio, como lo dijo el pasado gobierno por boca de José Obdulio.

Que la pobreza sea el telón de fondo de la violencia política nadie lo discute. Y que junto con el narcotráfico, como hecho más reciente, son el combustible de la guerra, tampoco. Pero nadie puede olvidar que la exclusión política es la variable definitiva presente en la génesis de la insubordinación armada. Las FARC y el EPL, y luego, el ELN y el M-19, constituyen el reclamo armado de las izquierdas al cerramiento del régimen político expresado en el pacto del Frente Nacional que repartió por igual el poder político a liberales y conservadores.

Las izquierdas transitaron, a pesar de intolerancias y muertos por millares en sus filas, a la arena de la lucha civil. Los acuerdos de paz y la constitución del 91, la lucha social y la actividad académica progresista le abrieron espacio a una izquierda con vocación de gobierno y sentido de largo plazo. El Polo fue el resultado final luego de varios bautizos como se acostumbra en la política zurda. Y con ello se invalidó la recurrencia a la violencia con fines de cambio social. Se creó una fuerza política capaz de interpretar a los pobres y excluidos.

Por ello la actual crisis del Polo es una mala noticia para la democracia colombiana. Las democracias modernas y consolidadas tienen en la competencia y alternancia política izquierda/derecha un pilar fundamental. Como también es cierto que los sistemas políticos no se agotan en ese binomio. Los partidos verdes o las opciones políticas que interpretan demandas territoriales o culturales, como también la competencia por el centro político son rasgos que enriquecen las nuevas realidades.

Es evidente que el Polo fracasó en su pretensión de arropar e interpretar a todo el universo variopinto de la izquierda colombiana. O quizás su crisis se deba a tal pretensión.  Aunque algunos de sus sectores emprendieron una búsqueda  en otros proyectos políticos, es evidente que el Polo, hoy por hoy, representa el referente de las tradiciones más clásicas de la izquierda colombiana. Y es bueno que así sea.

También es bueno que las izquierdas en el Polo asuman que su proyecto de justicia social no es incompatible con el gusto por la ética pública. Que la transparencia es una bandera progresista. Las otras expresiones de las izquierdas deben además mantener la búsqueda de una sociedad sin exclusiones de ningún tipo y ambientalmente sostenible.

Ojalá la sociedad colombiana haya entendido por fin la utilidad de una izquierda caracterizada compitiendo en la arena institucional. Y que el Polo haya aprendido la lección que tan dolorosamente le dio la familia Moreno Rojas.  Se puede ser marxista vehemente pero decente.

Twitter: @AntonioSanguino

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