Un sábado cualquiera

22 de diciembre del 2017

Opinión de Ignacio Arizmendi.

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En la madrugada de ese sábado fue imposible conciliar el sueño. Contiguo al edificio en donde vivo hay un mall en el que esa noche inauguraban un bar. La música, vibrante y tosca, era para sordos (y sordas, claro), permitida por una “autoridades” incompetentes, impotentes, insuficientes, inmorales. E imbéciles.

Mientras veía las sombras del insomnio, recordé unas palabras del viejo almirante Hyman Rickover, de la Armada de Estados Unidos: “En una sociedad que está dispuesta a aceptar la mediocridad, las oportunidades de fracasar son ilimitadas”. Y más que la mediocridad, la imbecilidad. Aunque son la misma cosa. Pero también me preguntaba: “¿El propietario del negocio que están inaugurando en el mall lo montaría con dinero honrado o sucio?”.

Ya con la luz del día me enrumbé hacia el aeropuerto para recoger a alguien. De pronto, en la carretera, como una tromba, me sobrepasó un carro deportivo de alta gama que desapareció en el horizonte en segundos. Iba como alma que lleva el diablo, atropellando a los demás. No pude dejar de preguntarme: “El dueño de ese carro lo compraría con dinero honrado o con plata del narcotráfico, por ejemplo?”.

Dentro del aeropuerto, mientras arribaba el viajero, entré a tomarme un café a “Juan Valdez”. Detrás de mí, en la fila, un caballero le contaba a otro, con toda frescura, que acababa de hacerse a una hacienda de dos mil hectáreas en el Vichada. Y me preguntaba: “¿La adquiriría con dinero limpio o con dinero de un secuestro, por ejemplo?”.

Más tarde, uno de los pasajeros que llegaban era un político algo conocido, quien se disculpó con un ciudadano, que lo invitó a un café, porque “salgo ya mismo pa´la finca con la familia”. Y, claro, se me vino la pregunta: “¿Compraría la propiedad con plata blanca o con un dinerito de Odebrecht, por ejemplo?”.

Camino del parqueadero, acompañado de mi amigo, oigo que alguien le pregunta a otro alguien “para dónde vas con tantas maletas”. La respuesta fue tan simple como elocuente: “Me voy a un viajecito de tres meses”. Por supuesto que se me salió la pregunta del preguntadero: “¿Esa platica que se va a gastar en el viajecito será honradita o resultado de la minería ilegal, por ejemplo?”.

Como mi huésped quería llevarle una joya a la esposa, fuimos a un centro comercial. En la joyería a la que entramos, de marca mayor, había dos campantes ciudadanas adquiriendo unas piezas de los más singulares diseños y tamaños. “¿Con dinero bien habido o procedente de un fleteo, por ejemplo?”, me pregunté en silencio, sin levantar sospechas.

Después recorrimos los pasillos del centro comercial, atiborrados de gentes de toda clase y condición, altas y bajitas, feas y bonitas. Las pesadas bolsas de las compras les dificultaban caminar y chocaban unas con otras. No pude evitar la preguntica: “¿Cuánta de la plata que va en esas bolsas transformada en mercancías procede, por ejemplo, de la extorsión a ciudadanos de todas las clases, inermes y desprotegidos?”. No sé por qué, pero desembolsé una reflexión de Ludwig Wittgenstein, quien, con su lucidez, dejó dicho que “es difícil saber algo y actuar como si no se supiera”. Frase que retorcí para pensar: “Es difícil ser algo y actuar como si no se fuera”.

Más tarde asentamos las posaderas en uno de los restaurantes del centro. En unas cuantas mesas había, por fortuna, unas bellas y ágiles damas dando brillo y encanto a ese lugar de carnes y pescados, vinos y rones, miradas y sensaciones. Fue cuando de una mesa cercana se levantó una de las damas y se dirigió a otra mesa. Iba a felicitar a un caballero allí aposentado por la adquisición de “un Botero” en una subasta. “¿Con plata honorable o con dinero del robo de vehículos en la ciudad, por ejemplo?”. Me fue imposible, de nuevo, no formularme la terrible pregunta.

Dejé a mi amigo en su hotel y volví a mi sitio de residencia. Antes de tomar el ascensor me encontré con un vecino, quien me contó que el apartamento 2301 “lo compró un comerciante” de otra ciudad. “¿Cómo?, le respondí. ¿Lo haría conC?”. “No sé, no lo conozco”, me interrumpió.

“Bueno –pensará algún lector–, este columnista está delirando”. Hasta ahora no. Lo que pasa es que en un país como Colombia, que no es un país cualquiera, “aquel a quien se le permite más de lo justo, quiere más de lo que se le permite”, según un proverbio latino. El cual, proyectado a la actual y compleja realidad nacional, quedaría en otros términos: “A quien se le permite más de lo legal, quiere más de lo que se le permite”.

Si usted, estimado lector, mira alrededor suyo, identificará situaciones similares a las indicadas. Nada distinto se puede dar en un país invadido por la ilegalidad, la delincuencia de todos los cuellos, la ambición sin límite, el vacío ético, el huracán de la corrupción. La realidad es de escenas y preguntas que no pueden obviarse porque Colombia es un paciente grave, sobre el que parecen mandar, o mandan, “los de siempre”, es decir, los hombres y mujeres sin ley. Por ello, ese sábado fue un sábado cualquiera: es que situaciones y preguntas como las expuestas pueden darse en un sábado cualquiera.

INFLEXIÓN. Que este tiempo sea para la gente honrada, creyente o no creyente, una feliz Navidad.

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