En el vientre de la bestia

8 de noviembre del 2010

Debo confesar que trabajé en Philip Morris. Durante un largo enfrentamiento que tuve con la compañía cuando fui directora de la DIAN, me había convertido en el coco para los altos ejecutivos de la matriz localizada en Lausanne (Suiza).  Años después estaba varada en Atlanta después de perder mi puesto en otra  multinacional. Moví los hilos de tal manera que por influencia de un dios protector en el Olimpo que me respetaba por mi trabajo en la DIAN, logré que se impusiera mi nombramiento como Directora de Asuntos de Gobierno para América Latina, con sede en New York.

Me entrevistó un polaco al que todo el mundo le tenía terror. Mirek era el Presidente de la región, después de una exitosa carrera que empezó como vendedor de cigarrillos en su natal Polonia.  Gordo, sudoroso y barrigón.  Las preguntas que me hizo en la entrevista fueron para salir del paso. La decisión de contratarme estaba tomada desde arriba.

El primer problema fue que Mirek me había contratado sin consultar a  quien sería mi jefe directo, Richard, Director de Asuntos Corporativos. Yo era una imposición de Mirek. Richard odiaba a Mirek y viceversa. Por aquello de la ley transitiva, Richard me odiaba a mi también.

La estrategia de la compañía se basaba en cuatro puntos. Philip Morris se convirtió en el adalid de la  salud pública. Se reemplazó la publicidad en medios tradicionales como TV, radio, medios escritos y vallas,  por una publicidad mas sutil, vía puntos de venta e internet. Promociones como 2×1, concursos en internet y comunicación directa con los fumadores en ciernes están dirigida a la población mas susceptible de empezar a fumar: los jóvenes universitarios de 19 a 24 años, que al alcanzar la mayoría de edad pueden escoger entre morirse o no de cáncer de pulmón o de enfisema.

La segunda estrategia era cambiar el régimen impositivo. La idea era pasar de un sistema donde se calcula el impuesto sobre el precio de la cajetilla -impuesto ad-valorem, por un sistema donde cada cajetilla paga el mismo impuesto, una suma fija en pesos-impuesto específico, de manera que una cajetilla de Marlboro (si es que es legal) paga los mismos impuestos que Mustang por ejemplo, lo que minimiza la diferencia en precios entre el  Marlboro y otros cigarrillos mas baratos. Así los fumadores se pueden a envenar con Marlboro que dizque sabe mejor.

La tercera estrategia, esta si totalmente estrafalaria, era prohibir la venta de cigarrillos sueltos, que es el negocio de los chaceros en Colombia. El Olimpo pretendía que los pobres no fumaran porque no podían pagar el precio de la cajetilla completa. Con eso  se protege su salud. Que compañía tan benévola! Que fumen los ricos que pueden pagar el precio de la cajetilla completa. La Ley pasó en el Congreso y fue sancionada pero ¿acaso el General Naranjo va a hacer barridas en las calles para poner en práctica esta ley traída de los cabellos?  Creo mi General y sus hombres tienen tareas mas urgentes.

La cuarta estrategia era igualmente absurda. Los dioses pretendían que se adoptara un precio mínimo para los cigarrillos que se fijaría de tal manera que el tal precio mínimo sería el mismo del Marlboro. Nuevamente la teoría era que si la gente se quiere envenenar, pues que se envenenen los ricos, fumando el paquete completo de Marlboro, que tendría el mismo precio que el Mustang o Imperial. Se aducía que se estaba protegiendo la salud de los mas pobres pues no podrían comprar cigarrillos, ni siquiera menudeados porque ya estaba dizque prohibida su venta.

Lograr cada meta era un “resultado”. A los ejecutivos se les premiaba  con bonos o incrementos en los salarios. El problema era de que a pesar de que en Colombia se había logrado imponer las tres primeras estrategias, ni Richard ni ninguno de su equipo  fuimos  la fuerza motriz de los cambios legislativos. El equipo corporativo en Bogotá y Medellín tenía línea directa con Mirek, bypasseando a Richard y sus  seis mosqueteros, entre ellos yo. Eramos un cero a la izquierda. Claro que para Richard yo siempre lo fui.

La cadena se rompe por el eslabón mas débil. El equipo de Asuntos Corporativos había fallado. Richard me castigó dejándome sin funciones. Yo iba a la oficina a jugar Minesweeper y Tetrix. Pero, al mismo tiempo, el dios que me protegía en el Olimpo se había retirado, lo mismo que el dios que protegía a  Richard.  Mirek tenía las manos libres para castigarnos. Mandó a todo el equipo de New York al infierno, o sea a la calle.  Me puse feliz. Ya no tendría que ver a Richard todos los días. Ver o no a Mirek me resbalaba. El siempre me ignoró, cosa que le agradezco.



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