Una izquierda indecente

25 de febrero del 2018

Opinión de Fernando Fernández.

Una izquierda indecente

La izquierda colombiana ganaría credibilidad si se dedicara a establecer programas sociales, tan necesarios a nuestro país, y se acogiera de verdad a elaborarlos y ejecutarlos, sin soterramientos, triquiñuelas ni cálculos políticos que busquen acabar con nuestra democracia, que aunque imperfecta preferible a las dictaduras y autoritarismos que sus camaradas ejercen en nuestras mismas latitudes. Tendría para ello la izquierda que relegar los añejos preceptos comunistas, como: todos los medios de lucha son permisibles; el igualamiento económico por lo bajo de todos los ciudadanos; el aniquilamiento de la oposición; la obstrucción al libre mercado; el irrespeto a la propiedad privada; la estatización a ultranza de la economía; la lucha de clases; y otras consignas que han arruinado las naciones que las han adoptado.

Es decir, si quiere la izquierda colombiana ser viable, tener verdaderamente opciones de gobernar sanamente y con el concurso de sus ciudadanos, debe reinventarse, abandonar el “modelo” de nuestros desafortunados vecinos y desprenderse de verdad de los rancios “ideales” marxistas con los que ilusionaron incautos por los años 60-70´s y que ahora con la experiencia desilusionan y producen espanto. Esto haría que sus potenciales votantes no se alejen temerosos y que se conviertan en partidos decentes, así como rezan sus eslóganes y propagandas desparramados a borbotones y pagados con quién dirá qué dineros.

La izquierda latinoamericana descubrió que un disfraz democrático los hacía inmediatamente democráticos, y la táctica funcionó al menos en el discurso; pronto los pueblos descubrieron esta fachada y la verdadera intención que se escondía detrás: el sometimiento de los pueblos a una voluntad autoritaria con privación de libertades, en particular las de libre expresión y ejercicio de oposición. El ejemplo, por supuesto, más significativo es Venezuela, en donde el abuso superó todos los extremos, sin hablar de Cuba en donde se blande el “otra forma de democracia”, incomprensible e irrisoria.

No olvidar nunca que en la vecindad, Chávez, el gran embaucador, negó para hacerse elegir cualquier propósito comunista y antidemocrático (perdón por el pleonasmo) que posteriormente perpetró. Si la memoria falla, olvidadiza y amnésica para algunos, están para consulta y testimonio los muchos documentos y videos que constatan la gran impostura, y que ratifican el malévolo y deliberado objetivo de eliminar dudas y producir seguridad para conseguir votos. Casi que podría excusarse esa candidez porque nadie por estos lares había osado mentir tanto y de tan desvergonzada manera. Ahora con el acaecer del tiempo y con base en la triste y fidedigna comprobación sería imperdonable recaer en tales artimañas; la experiencia ha debido dejarnos huella, enseñanza y escarmiento.

Decir que hay corrupción en nuestro país, mala gestión y que se debe acrecentar el esfuerzo en mayores conquistas sociales, es un lugar común, no hay candidato al trono supremo que no acuda a tan ciertas premisas, es algo que ha de tenerse en cuenta en el momento de depositar el voto, es primordial. Lo predominante es cómo hacerlo, cómo alcanzar este loable objetivo sin incurrir en derivas que so pretexto de lograrlo se trastoquen en otras finalidades encubiertas. Nuestro ojo atento porque ahí radica la disimilitud de los diferentes candidatos. Los hay que desean hacerlo a punta de hoz y martillo (cuyas filudas aristas les son de imposible ocultamiento), otros que a lo Chávez usan disfraces democráticos, otros que explayan objetivos amañados y mantienen quiméricos discursos halagüeños. Petro reúne estas tres deplorables características, más otras de tenor semejante.

Por supuesto que el discurso de Petro “suena convincente”, buen tribuno es, así como lo era Chávez, su admirado mentor. Buen maquillaje con el que se embadurna para lograr una elección, mientras soterradamente da pasos populistas para legitimar sus auténticas intenciones: comunismo anacrónico, barato y nocivo. De la Alcaldía a la que accedió por insensata división de la mayoría queda el recuerdo de ningún resultado concreto, aparte de una enorme politiquería y una campaña presidencial que ahí mismo inicio. Vade retro Satana Petro, así como sus símiles que también andan camuflando hermanados planes.

El Petro “nuestro”, versión enmascarada de Maduro, con mejor clase ha de decirse, pero con fondo ídem, ya comenzó a hacernos proclamas: la Constitución del 91, que el mismo ayudó a fraguar, le queda corta a sus intenciones, hay que hacer una nueva, y el Congreso aún sin elegir debería ser disuelto. Ya conocemos ese proceder: hacer una Constitución sobre medidas, un Congreso de bolsillo que se adapte a un sempiterno tiempo presidencial cuyo alargamiento en este caso sí sería correcto porque es bolivariano… Demasiada “coincidencia” con el método venezolano del que tan elogiosamente habló y del que ahora evita mencionar para ahorrarse controversias y pérdida de electores.

Ah, y acompaña su lucha contra el capitalismo con artículos costosos y de marca: calzado Salvatore Ferragamo (que Vicky Dávila –la periodista proscrita por el sínodo santista por develar verdades – nos enseñó) y las viviendas lujosas, no las de interés social que no son de su rango. Fácilmente utilizaría el capo de izquierda estrato 6, el famoso “exprópiese” de Chávez cuando cual reyezuelo destrozaba la economía venezolana al tiempo que llenaba los bolsillos de su familia y sus secuaces cortesanos. Quiera la cordura colombiana no caer en estos desatinos.

Su estrategia es sencilla: ponernos a discutir sobre la conveniencia o no de la candidatura de Timochenko, para que descuidemos el verdadero riesgo. El lamentable “comandante” Timochenko es un bufón sin ninguna posibilidad, deliberadamente puesto para divertir la galería, un distractor barato para ocultar al verdadero jefe, la verdadera amenaza: el Petro bolivariano. A no caer en este debate desconcentrador.

La guinda del pastel negacionista de esa izquierda indecente es el refutar por todos los medios la relación entre ella y el comunismo o entre ella y Venezuela. Haga el ensayo: diga “inocentemente” que sería desafortunada una réplica del fenómeno venezolano en nuestro país, ipso facto obtendrá la respuesta: “eso nunca ocurrirá, Colombia es muy diferente”, haga una segunda prueba: hable de la influencia castro-chavista en su “ideología” y conseguirá esa burla que hace parte del estándar de sus consignas: “no existe, son meras invenciones de la extrema derecha”.

Santos, cuya popularidad desinflaría un balón de acero, no es mencionado por ningún candidato, ya todos lo alejan como pestífero, pero él entiende de estas traiciones, sí tiene un candidato: es Petro, esto complementaría su vanagloria de Nóbel cuando desde Inglaterra observaría la devastación que creó con una política inadecuada, una economía desastrosa y una paz que estallará en trozos al país de no haber quien delimite las extravagancias en el que este incompetente gobernante, de la mano de su hermano Enrique, contra viento y marea, contra voluntad popular y con mucha mermelada incurrió.

Por último, menos mal que ya quienes sostienen discursos como el aquí presentado no son calificados con las simplezas de ha poco: paramilitares, uribistas, extrema derecha, no progresistas, deshonestos,… Algo se ha avanzado, y el mayor progreso será dejando a Petro fuera de la contienda presidencial. Colombia no puede caer en la infamia venezolana, arrullados sus electores por cantos melosos de dudosísimas sirenas que ahora nos endulzan los oídos y mañana nos arrebatarían sin contemplación pan y libertad.

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