Una mirada al progreso y a la libertad

23 de septiembre del 2019

Por: Carlos Duván Avilán Rodríguez.

Una mirada al progreso y a la libertad

Resumiendo mis dos artículos anteriores, he dicho que existen dos tendencias que han marcado la forma en asumir los destinos de una sociedad: la conservadora, fundamentada en una fuerza espontanea (ilustración escocesa) y la liberal francesa (revolución francesa), fundamentada en la preconcepción doctrinaria que encuentra su más fuerte apoyo en el orgullo, el despotismo y la arrogancia humana. En la conservadora, se es consciente que la evolución de la sociedad humana no se debe a fórmulas preconcebidas, a fórmulas mágicas y abruptas, sino que se debe a una construcción a lo largo de historia, a lo largo de las experimentación, en otras palabras: a la prueba y error.

Se puede decir que el conservadurismo aplica un darwinismo social en que las ideas más fuertes y socialmente más útiles tienden a prevalecer sobre las más débiles y contraproducentes. Las ideas débiles, normalmente son concebidas y aplicadas por algún pensador de moda, o en términos actuales: un charlatán. Especialmente en la tradición inglesa, como me referí en el artículo, “la tradición británica”, el perfeccionamiento del cambio sobre lo experimentado es la constate, así como la búsqueda de la perfección a través de éste. Por medio de una fuerza espontanea, la evolución de abajo hacia arriba lleva formas superiores de organización social; en la segunda, la planeación viene de arriba hacia abajo (formulas dictatoriales).

En esencia la tradición conservadora confía más en los hombres que en el hombre, en el pensamiento liberal, en cambio, confía más en un “hombre sabio” que en la sabiduría que se ha desarrollado a través de la historia de la humanidad. Si hablamos de doctrina partidista, el conservatismo pertenece a Inglaterra antes que a Francia.

El comunismo es una clara manifestación de una clara planeación de arriba hacia abajo, ese dirigismo dictatorial que planifica todo a ultranza. El conservatismo repugna esa arrogancia, como decía el pensador conservador colombiano Mario Laserna (fundador de la Universidad de los Andes) “el conservador no está para oponerse a la revoluciones, sino para hacerlas innecesarias”, la sabiduría de un solo hombre nunca estará por encima de la sabiduría colectiva, es decir, el conjunto en su libre actuar. Es allí donde radica el fracaso de la ideología comunista y el fallo de las naciones donde se implantaron revoluciones liberar como forma de redimir derechos del hombre o redimirlo de sus necesidades más angustiosas.

En conclusión, como he repetido en todos mis últimos artículos, se hace necesario para momentos tan coyunturales y decisivos como los que vive y vivirá Colombia, hacer un alto en el camino, recapacitar, pensar bien las cosas, asumir posiciones intelectuales basadas en fuertes argumentos que se han construido en la historia, volver a traer a la palestra y al debate estas formas de pensar, el pensamiento conservador, como ha sucedido en los momentos álgidos es el único capaz de mirar hacia el pasado para poder vislumbrar el porvenir y preservar, según las experiencias, aquello que debe conservarse; esta es, pues, la verdadera importancia de conservar, ya que ninguna sociedad puede crearse de nuevo, o repentinamente, sin tradiciones y experiencias; si esto llegase a pasar estaríamos pasando a un modo de gobernanza dictatorial (Venezuela, Cuba, Corea del Norte, etc). Como decía Burke, “la sociedad es un contrato… pero mientras sus fines no se obtienen sino con el paso de las generaciones, éste se convierte en un convenio de los que están vivos con los que están muertos y con los que están por nacer… si se cambia el estado como se cambian las fantasías, ninguna generación encadenará con la anterior.

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