Universidades y salud mental

26 de septiembre del 2019

Por: Rodrigo Riaño – Vicerrector de la Universidad La Gran Colombia.

Universidades y salud mental

La comunidad en general, principalmente el sector de la educación superior, se encuentra aún consternada por el lamentable caso de suicidio, presentado la semana pasada, de Honnier David Coronado Vanegas, de apenas 19 años de edad, un estudiante de Ingeniería de Sistemas de la Pontificia Universidad Javeriana, lo cual es un signo evidente de algo que está pasando entre los jóvenes, pero que nadie dice nada.

El más reciente Estudio Nacional de Salud Mental reveló que el 4,7% de los colombianos –más 1’880.000 personas– sufre de depresión, de los cuales el 25% – 470 mil individuos– son niños y adolescentes.

Estas cifras deberían prender las alarmas, más aún cuando las investigaciones muestran tasas crecientes de intentos de suicidio, pero que en ocasiones, cómo quizá viene pasando, solo son datos para las autoridades y números que en el mejor de los casos sirven para alimentar la información de una oficina gubernamental –con el fin de meterle “carne” a un informe que se envía a la prensa–. Los ciudadanos, especialmente los más optimistas, suponen que algo se hará, pero reitero, aquí no pasa nada.

Otros indicadores, no menos preocupantes, del Instituto Nacional de Salud, confirman que en 2016 se reportaron 18.562 casos de intentos de suicidio y el 2017 se incrementó el número a 25.889 hechos, pasando en menos de un año de una tasa de 38,1 por cada 100 mil habitantes a una de 52,4. En 2018 se calcula que estos datos pudieron crecer al menos un 10%.

Responsabilidad de las universidades frente a la problemática

Según cifras del Sistema Nacional de Información de la Educación Superior (Snies) del Ministerio de Educación Nacional, actualmente estas instituciones acogen a 1’557.594 jóvenes universitarios de diferentes estratos sociales, municipios o ciudades, pautas de comportamiento afectivo y patrones de regulación emocional.

Estos estudiantes, más de 1’500.000, están dentro de las estadísticas arriba mencionadas y aunque es el Estado quien debe liderar acciones en la promoción de la salud mental; las universidades no se pueden hacer más las ciegas, sordas y mudas ante la problemática y si, al contrario, deben incorporar elementos que busquen atacar los síntomas y no esperar a la aparición del signo. En otras palabras, hay que actuar tempranamente para evitar lamentar la muerte de más jóvenes, pues esto que está pasando es responsabilidad de todos.

Ahora, tampoco se trata de convertir los campus universitarios en una especie de centros para la salud mental, ni en desatar una especie de paranoia colectiva e ir a la cacería de rasgos relacionados con depresión y suicidio. Dicha acción, además de infructuosa, sería violatoria de derechos. Pero si es necesario crear factores de protección desde el mismo proyecto educativo y esto empieza con acciones en las mismas estructuras orgánicas.

¿Cómo hacerlo?

Primero, aquellas instituciones donde los directivos están en el “olimpo” y los estudiantes se encuentran lejanos en algún salón de clase, laboratorio o cafetería, deben  transformarse. En ocasiones las directivas de las universidades solo indagan por cifras, solo se preocupan por la aparente baja de matrículas del sector, pero pocas veces descienden a los pasillos para conocer algo acerca de la vida de algunos de sus estudiantes. Eso sí, se suelen imaginar, que allí abajo, hay un profesor que seguramente está realizando esa tarea o que un psicólogo, a través del área de Bienestar, la está ejerciendo, desconociendo que la distribución de este tipo de profesionales contratados para tal fin por número de estudiantes debe estar en 1 o 2 por cada 10 mil.

En otras palabras, las universidades no pueden seguir pensando que los estudiantes son solo un código, un número, una cifra o simplemente una fuente de ingreso; por encima de todos esos datos son personas, seres humanos que deben sentirse escuchadas, apoyadas y acompañadas en todo momento, no solo en épocas de matrículas.

Segundo, las instituciones partiendo de la voluntad política y del ejemplo de sus directivas, deben fomentar una cultura que favorezca la participación de la mayor cantidad de estudiantes en actividades lúdicas, deportivas y culturales. Desde la neurobiología está claro, que la participación en acciones de este tipo, permiten la permanente liberación de neurotransmisores que actúan como neuroprotectores para situaciones como la depresión. Adicionalmente, este tipo de programas estimula la creación, expansión y mantenimiento de redes de soporte social, que son el andamiaje número uno para prevenir casos de suicidio.

Tercero, el ataque al síntoma debe incluir también escenarios de alfabetización con respecto a las redes sociales. La dependencia de adolescentes, jóvenes y adultos jóvenes a estos medios digitales se ha convertido en un factor de distrés psicológico, que incluye factores como ansiedad, depresión, problemas de sueño y pérdida de confianza, y es común en aproximadamente el 15 o 20% de la población general.

De la misma manera, las redes se han vuelto el canal por excelencia para la agresión, incrementando el bullying y el riesgo a sufrir depresiones, las cuales son más riesgosas entre universitarios, pues tienen más acceso a información y a recursos para intentar quitarse la vida.

En conclusión, no basta contar con un programa de salud mental en las Instituciones de Educación Superior, se requiere una cultura de integración donde directivos, docentes, administrativos y estudiantes tengan escenarios de encuentro y logren arropar a miles de individuos que sin haber intentado quitarse la vida, pueden estar por allí sumergidos en una soledad que puede arrebatarlos de sus claustros de manera súbita. Mucho ojo al síntoma.

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