Uribe o Uribito ¿‘dónde está la bolita’?

2 de agosto del 2011

Pasado más de un año de haber acabado su periodo presidencial sigue ‘imperando’ sobre el panorama nacional la presencia de Álvaro Uribe. El porqué de esto  se refleja bastante con motivo del envío a prisión de su exministro Arias. Por el lado del expresidente mismo, porque parece estar decidido a no dar un segundo de […]

Pasado más de un año de haber acabado su periodo presidencial sigue ‘imperando’ sobre el panorama nacional la presencia de Álvaro Uribe.

El porqué de esto  se refleja bastante con motivo del envío a prisión de su exministro Arias.

Por el lado del expresidente mismo, porque parece estar decidido a no dar un segundo de paz a los colombianos; mucho se ha destacado el carácter enfermizo que lo lleva a seguir participando e interfiriendo en todo el manejo de la cosa pública. Nunca un mandatario se había dedicado como él a mantener vigencia aún después de retirado. Si antes se consideraba algo demencial su temperamento mesiánico, éste se manifiesta hoy en esa actitud obsesivo-compulsiva que no le permite descansar ni, por sus intervenciones, dejar descansar al país.

Pero, por supuesto, esto crea una situación o reacción que hace que esa presencia se vuelva parte de la preocupación diaria de los colombianos, y que la Nación esté pendiente de lo que tiene que ver con él.

Por el lado de los formadores de opinión, los medios, los analistas, y en consecuencia la ‘opinión pública’, lo que motiva la forma de pronunciarse sobre el caso de Arias es que se ve como el paradigma de lo que significó el gobierno Uribe. La identificación no es solo con la persona sino con un estilo y una orientación de un gobierno. Encarna y simboliza los extremos de la personalidad que se ve en Uribe, pero también las características más marcadas –y más cuestionadas- de su mandato.

Desde la soberbia y la prepotencia hasta el abuso del poder -en lo personal-, y desde los programas de concentración de subsidios a los poderosos y olvido de los marginados hasta la desinstitucionalización del país -en lo jurídico-político-, Uribito buscó y logró copiar, y por esa vía mostrar, lo que la gente encuentra más criticable de su jefe.

La asimilación de Arias de lo que era Uribe lleva a que hoy Uribe se identifique con Arias, y sobre todo a que el público vierta sobre Uribito los sentimientos y juicios que tiene respecto al exmandatario y  su entorno.

Cuando en el Twitter Uribe afirma ‘Arias no robó’, está buscando desviar el debate en cuanto a la acusación –puesto que esa nunca existió-, pero al mismo tiempo encausarla hacia el terreno que eventualmente convendría a su propia defensa.

Igual que Uribito, Uribe no robó. Y eso es lo que en ambos se podría defender. Y es verdad que la justicia tiene un tinte antiuribista pero porque su deber es combatir las posibles desviaciones delictivas que se manifiestan en los comportamientos que desarrollan algunos de quienes siguen esa corriente.

Por eso un juicio a Uribe tendría las mismas características de lo que hoy vive Uribito.

Ante la opinión pública podría tener el mismo rechazo en cuanto al estilo. En cuanto a las políticas se vería la misma crítica por el enfoque de ‘Robin Hood al revés’, dando a los ricos a costa de echar cargas al resto de la población. En lo económico tendría los mismos ataques por menospreciar el consumo y el mercado interno a favor de la producción y de un TLC al que no se le ven las bondades y que no llega. Y en lo que tiene que ver con la insurgencia siempre se cuestionará el no haber tenido por objetivo la paz sino la promoción de la guerra, pero sobre todo guardará el estigma de haber desconocido las leyes humanitarias.

Como su clon, podría llegar a perder los derechos políticos, no de manos de la Procuraduría pero si del Congreso de la República (Comisión de Acusaciones, etc.).

No parece difícil establecer que los escándalos cuyos protagonistas son sus subalternos no pudieron ser desconocidos por quien se preciaba y demostraba tener la información y el control sobre todo lo que sus funcionarios manejaban. Que él no acabe vinculado con nada de ello, parece imposible.

Por eso lo interesante del caso Arias -en cuanto a lo que debería suceder con Uribe- es que no son los hechos violatorios de la Ley los que están siendo enjuiciados; estos ya fueron establecidos ante la justicia, por el Procurador para la celebración indebida de contratos, y por los beneficiarios en cuanto a que hubo peculado a favor de terceros.  El esfuerzo de la Fiscal es probar hasta dónde existió el conocimiento de lo que estas situaciones implicaban y si existió la decisión de seguir adelante con ellas en función de un resultado determinado, lo que constituiría la condición dolosa y la razón de un juicio penal –con la posibilidad de la pena correspondiente-.

A un proceso similar se debería y se espera que sea sometido Uribe. Lo que está sucediendo con Uribito en cuanto lo no estrictamente penal,  es que se está haciendo un juicio ‘en cuerpo ajeno’. Y Uribe lo sabe y lo aprovecha, tanto para que se descargue en esa especie de pararrayos la tormenta, como para usarlo como primera línea de defensa.

Uribe podrá respecto a sí miso afirmar que no robó –como no lo hizo- Arias. Pero si se sigue estableciendo que se dieron eso hechos delictuosos bajo su mandato, lo que sigue es la pregunta de si él  conoció de ellos y no los combatió porque fue eso lo que le permitió mantener y ejercer el poder y seguir las políticas que se acompañaban de esos delitos.

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