¡Yo sí sé quién es usted!

7 de marzo del 2015

“Sí sabemos, usted es un güevón!”

Se encuentra uno con un tropel de sabandijas que se pasean gritándole al mundo que son importantes, convencidas de que su mediocridad es gran valía. Y avalan esa estimación en el origen de sus familias, su estirpe, el dinero que poseen y por supuesto el cargo que tienen.

Persuadidos, o tratando de engatusar, de que sus méritos, esos que se fundan en sus adornos materiales, son suficientes para dar fe de sus importancias y son licencia a sus desmames. Ignorando que la estima y el verdadero valor radican en lo que hayan acumulado en sus sesos y el bien que con ello puedan hacer a sus semejantes, el progreso material y moral que hayan podido procurar a los demás; esa es la verdadera valía.

Entre más ilustrada y de bien sea una persona, más la humildad la empequeñece, más cuenta se da de sus falencias; el torpe se engrandece con futilidades, creyendo insensatamente que los demás lo aprecian justo por eso.

Hay quienes imbuidos en su trivialidad se creen la historia que sus pobres cerebros han fraguado y se envalentonan –a veces con ayuda de alguna dosis de alcohol– y hasta se enfrentan a la autoridad legítima para –vaya osadía altanera– exigirle un reconocimiento que creen les corresponde. En su tosco actuar no economizan grosería, petulancia, e insisten en obtener un respeto que son incapaces de dar. Todo les es debido, según sus presunciones e insolente palabrería.

Y ahí vemos aparecer la consabida fórmula “Usted no sabe quién soy yo” que tan frecuentemente oímos pronunciar sin empacho ninguno. La semántica inherente de la frase de marras es clara, no necesita mucha erudición ni profundo análisis para encontrarle el tufillo arrogante. Por esa galería de la insolencia hemos visto desfilar todos los géneros: congresistas, concejales, políticos, hijos de magistrados, niños de “buenas familias”, militares, ciudadanos envanecidos. Los incidentes que han trascendido a la luz pública, me atrevo a afirmar que son escasos, la inmensa mayoría debe permanecer en las tinieblas, en la reserva de la vergüenza.

Usted no sabe quién soy yo” es una frase que odiosamente asevera la importancia y gran valor que cree tener quien la profiere. Lleva implícito el “yo soy de mejor calidad e importancia que usted”. Vomitada a una autoridad pública indica: usted no tiene poder sobre mí; estoy por encima de su oficio; no me supedito a esas nimiedades que rigen a los seres corrientes; tengo facultad de actuar sobre usted, puedo hacerle daño, puedo castigarlo, mejor no se meta conmigo y deje su desabrida intención de aplicar justicia –aunque sea su rol– para otros menos importantes que yo. Personajillos engrandecidos y con una sarta de ínfulas que creen estar más allá de la ley, esta no los concierne, es sólo para los del pueblo.

Y sacan a relucir el linaje, la procedencia familiar que signa la no obligatoriedad de sujeción a la ley; tan marcada se lleva la noción de nepotismo que suena natural para quien pronuncia el dislate, como para quien lo recibe. No somos de categorías iguales, nuestros deberes son diferentes, no nos obligan las mismas cosas –parecen decirlo–, la ley no es igual para todos, es más vinculante para algunos, otros estamos exentos de su acatamiento en virtud de los orígenes. Y la fuerza pública, conformada usualmente de gente humilde, se amedrenta, se pliega, teme enfrentarse ante estos señorones.

El reciente y último caso conocido, muestra un video de un crecido y alicorado señorito que presenta prueba fehaciente de uno de estos infortunados incidentes. Allí con claridad se observa como un atarbán, medio ebrio de alcohol y vanidad, ataca verbal y físicamente a unos policías que “osaron” interpelarlo en vista de un escándalo público que estaba ocasionando. No sólo se atreve el señor, en un acto de desinhibición que delata sus entresijos, a agredir a los policías, sino también a interpelarlos con arrogancia sobre la procedencia de sus padres, los estudios que han cursado, para acto seguido proceder a intimidarlos con un traslado al Chocó, posibilidad sobre la insiste debido a sus altas influencias. Insultó no sólo a la fuerza pública, sino también al departamento del Chocó, ese mismo que frecuentemente es víctima de improperios, uno de ellos de un diputado antioqueño quien sin recato expresó recientemente en audiencia pública que invertir en su desarrollo era como echarle perfume a un bollo.

Se jacta el señoritingo con estas insulsas preguntas de la superioridad que la vida –tal vez gratuitamente– le otorgó y humilla así al servidor público. Bien quisiera uno que un juez de la República, en aras de justicia, le aplicara un castigo por discriminación y por atropello a la autoridad. Pocas ilusiones hay que hacerse, porque no faltarán abogados bien remunerados, que acudan en su ayuda y con sapiente verborrea leguleya argumenten que el video es grabación ilegal, intromisión en la vida privada, falto de custodia, edición malintencionada, elaborado sin permiso del grabado, etc. y etc. En todo caso, como mínimo, es mi deseo, que este video (y otros, porque el sujeto es reincidente) le sirvan al canalla para mostrarlos a un siquiatra que trate su desbarajuste mental que incluye impertinentes complejos, el de superioridad siendo tal vez el menos estorboso.

La autoestima es una pieza del andamiaje sicológico que hay que cuidar con miramiento; poseerla sobrevalorada provoca convicciones ilusorias en la personalidad y produce irritantes molestias a la sociedad, hace a los así impregnados insoportables, despreciables, asociales.

Por fortuna, en esta ocasión, la sanción social ha sido vehemente, las redes sociales y los medios de comunicación lo han explayado y reprochado, ahora falta la de la justicia, la que corresponde a agresión y desacato a la autoridad, además de la debida condena de quien desde alguna alta posición intercedió para alivianar su detención preventiva; tráfico de influencias se denomina este reprensible hecho. Buen castigo sería una pena de trabajo civil, por ejemplo la limpieza y aseo de baños públicos y calles, que además de ser útil es buen tratamiento para aplacar la soberbia.

Que como lección quede, y que de memoria aprendamos que todos somos iguales ante la ley, que no hay distingos y menos aquellos que tienen que ver con la supuesta prestancia de alguien, su familia, su dinero, su cargo o sus relaciones.

De colofón nos sirva la pequeña anécdota: aquella noche, de entre esa muchedumbre hastiada de oír tantos despropósitos del señorito, sus amenazas, sus agresiones a la fuerza pública y su torpe cantinela a los policías de su desatinado “usted no sabe quién soy yo”, surgió una voz, que no por prosaica menos certera: ¡sí sabemos, usted es un güevón!

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