Vacaciones Ecológicas

30 de enero del 2011

Este año nos permitimos con mi pareja darnos unas buenas vacaciones ecológicas de 10 días. Fue un cambio radical a nuestro estilo de vida urbano, sin perder del todo contacto con la civilización.  No pensé que me fueran a marcar tanto y dejarme con preguntas importantes.

Desde hace 5 años, tengo con unos amigos una Ecoaldea, Aldeafeliz (www.aldeafeliz.org), es decir una comunidad y un territorio con vocación ecológica y comunitaria. Compramos entre varios un terreno en San Francisco, Cundinamarca de casi 4 hectáreas, donde tenemos una infraestructura básica de hospedaje y eventos y cultivamos café, frutas y se hacen otros productos. Este proyecto hace parte de una red de ecoaldeas a nivel mundial, (www.gen.ecovillage.org), quienes buscan nuevos estilos de vida más cercanos con la naturaleza y más en comunidad. Somos 20 socios y la mitad viven sobre el terreno, el resto en la ciudad y vamos a las reuniones o a los eventos.

Hasta este fin de año, yo no había pasado más de un par de días en el lugar, a pesar de mi gran amor por el proyecto. Simplemente, no había logrado destetarme de la ciudad, por temor a quien sabe que… ¿tal vez a volverme demasiado hippie? Aunque amo la naturaleza profundamente, tengo un empaque más bien citadino, con un MBA y sastre a la mano para cualquier reunión corporativa que lo requiera.  No lograba compatibilizar mis dos almas: mi alma ecoaldeana y mi alma “plan de negocios”, por llamarla de alguna manera.

Para ser francos, se nos dañaron los planes para irnos de playa. Se nos ocurrió arrancar entonces para la Ecoaldea, así que sin muchos preámbulos, empacamos los “eslipins”, los crocks, y por que no los computadores (por si acaso). Yo incluí unas faldas que no usaba hace tiempo y que en una sesión de pareja me habían recomendado usar para resaltar mi parte femenina. Mis suegros, a quienes dejamos en la finca en Ubaté, nos preguntaron qué cuál era el plan de año nuevo en la Ecoaldea y les respondí con un tono jocoso “vamos a darle vuelta a la fogata embola!”

La primera noche fue celebración de año nuevo, con una cena preparada por los amigos, con opción convencional y vegetariana, y una torta hecha en casa deliciosa. La fogata efectivamente estuvo prendida, pero en vez de gente desnuda, había siempre un grupo charlando o tocando guitarra. Bailamos, le dimos la vuelta al quiosco central con maletas y nos comimos las uvas y con vino espumoso.

Los días siguientes empezamos a aclimatarnos con la rutina de la ecoaldea. Al despertar, cada uno hace sus ejercicios energéticos (yoga, meditación, ejercicios varios) en el mirador, un lugar con una vista expandida sobre las montañas circundantes. Luego suena un tambor para ir a desayunar, antes de lo cual se hace una bendición, dirigida por la persona que cocinó el desayuno. En este tiempo, se discuten las labores para desarrollar durante el día y al acabarse, cada uno se centra en la responsabilidad que había asumido el día anterior.

Existe en Aldeafeliz un tablero con las labores básicas de mantenimiento del lugar y cada uno voluntariamente se ofrece para desarrollar alguna de ellas. Entiendo que en los sitios de retiros espirituales o Ashrams, el karma yoga (o yoga del trabajo) es una parte importante del trabajo interior. Así que me propuse ensayar cada una de las labores, empezando por la menos atractiva: lavar los baños. Me puse los guantes y estuve restregando inodoros, duchas, pisos y paredes toda la mañana. La parte más olorosa fue el sacar el balde con los excrementos de la letrina seca para llevarla al compostaje. Hay un lugar para estos residuos humanos, que al descomponerse, sirven para abonar los árboles ornamentales.

Lamento la anterior descripción tan gráfica, pero con esa actividad se inauguró oficialmente mi estadía en la Ecoaldea. Fue como el rito de iniciación. Mientras en la ciudad mi posición era hacer lo mínimo posible de trabajo doméstico (tercerizándolo completamente a la empleada), aquí no descansé hasta dejar los baños brillando.

Es curioso pensar que la palabra Ecología viene de la misma raíz que la palabra hogar. Luego de estas labores, reflexioné como en mi vida diaria, que es lo más “práctica” posible, me he distanciado de labores que me hacen pensar en mis residuos y en mi impacto sobre la tierra. Luego de hacer esa limpieza, procuré usar exclusivamente la letrina seca, que usa 15 veces menos agua que un baño normal (no usa agua y los olores se evitan con aserrín). Me empezó a parecer absurdo hacer mis necesidades sobre agua, que podría usarse para otra cosa.

Luego de esta exhaustiva labor, hacia el mediodía respondí al llamado de un grupo de amigos a bajar al río a bañarnos. La primera vez tuve que acudir a las famosas palabras de la Guerra de las Galaxias “La fuerza está conmigo” para poder enfrentar el agua fría. Yo en Bogotá me baño con agua hirviendo, “como para pelar pollos”, como dice mi suegra, que usualmente me deja la piel roja. El pasar al frio “templado” del río, me costó un trabajo indescriptible. Pero se logró (con unos cuantos alaridos). Más aún, fue un gran placer al salir, sintiéndome revitalizada y fortalecida, con la imagen de las piedras y la fuerza del agua a mi alrededor. Volví a repetir este ritual del río cada día que estuve allá.

Luego es el almuerzo, que se come en comunidad. Esto es muy distinto a varios almuerzos que paso al frente del computador, trabajando. Normalmente me cuesta trabajo sincronizarme con un grupo grande de gente. Mi lema es “cada uno en lo suyo”. Pero en estos días solté mi necesidad de controlar todo y la recompensa fue un sentimiento de unión muy especial. Esta unión me hace sentir que los retos a los que nos enfrentamos un grupo de gomelos a manejar un terreno complejo, sin mucha experiencia previa, se pueden enfrentar. En realidad somos todos primíparos en esto de la vida ecológica, pero juntos logramos más que solos.

Al día siguiente yo ayudé a cocinar el almuerzo y estuve pelando papas por 1 hora y media, para un ajiaco de 15 personas. Estar en la cocina me familiarizó con otro tipo de residuos que generamos. “¿Dónde está la basura?” pregunté. La respuesta fue “no hay”. Cada cosa se ubica en un lugar específico y nada se bota. Los residuos orgánicos se usan para abono. Los plásticos se reciclan o se reutilizan. Y los pequeños (y otras cosas como el hicopor que se tritura) se meten dentro de botellas de gaseosa, que se coleccionan para usarlas como materiales de construcción.

Luego del almuerzo se lava la loza, en la estación de lavado. Ahí se usa un jabón hecho en Aldeafeliz, con aceites usados de cocina. La estación usa un sistema de tres platones de agua para optimizar su uso. Es además una estación amplia, donde caben varias personas. La labor de lavar platos se vuelve entonces una ocasión para socializar. Tuve bastantes conversaciones filosóficas y de la vida lavando de 15 a 20 platos de nuestros amigos invitados.

Las tardes fueron mayoritariamente libres, aunque un día cosechamos unas hojas de palma para tejer las paredes de la maloca ancestral. Hace un año construimos colectivamente una maloca con las especificaciones ancestrales para hacer ceremonias y honrar nuestro legado indígena. Estamos haciéndole las paredes manualmente con hojas de árboles secas y un sistema que nos enseñaron unas “abuelas” indígenas del Amazonas que nos visitaron. Fue una labor colaborativa memorable.

Hay mucho más que contar sobre estos 10 días, donde no toqué mi blackberry ni mi computador y estuve absolutamente feliz, para encontrar un estilo de vida y un ritmo que alimentó mucho. Me pregunté ¿por qué nos hemos distanciado de lo que más nos llena que es la comunidad y la naturaleza? ¿Cómo podemos reformular nuestra relación con la naturaleza para poder entender más claramente nuestra interdependencia con esta y tomar decisiones más sensatas? ¿Cómo ayudar a que el tema del medio ambiente se vuelva más concreto para la gente?

Estas son las preguntas con las que empiezo el año y que me propongo responder a lo largo de una serie de columnas sobre el medio ambiente. Estas reflexiones las doy desde el ser alguien muy pavimentado, que creció con poco contacto con la naturaleza y que está determinado a cambiar el paradigma de la alienación de nuestra fuente natural, para construir un futuro sostenible. Espero que me sigan acompañando por este recorrido, que será de corazón.

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