¡Vale la pena arriesgarse!

3 de septiembre del 2012

La dinámica del amor es como la de la paz: por muy mal que le vaya a uno, algún dividendo queda. No por haber vivido una decepción sentimental una persona renuncia para siempre a encontrar la felicidad. Parodiando la famosa frase de Maturana: en el amor y la paz, perder es ganar un poco o, […]

La dinámica del amor es como la de la paz: por muy mal que le vaya a uno, algún dividendo queda. No por haber vivido una decepción sentimental una persona renuncia para siempre a encontrar la felicidad. Parodiando la famosa frase de Maturana: en el amor y la paz, perder es ganar un poco o, mejor aún, perdiendo se gana porque se acumulan experiencias y enseñanzas que serán fundamentales para el futuro.

A pesar de que las negociaciones con las Farc en el pasado no llevaron a la desmovilización de ese grupo armado ilegal ni a la terminación del conflicto armado, es evidente —gracias a esas conversaciones fallidas— que ante la comunidad internacional quedó desvelado el verdadero espíritu terrorista y criminal de Tirofijo y sus muchachos. Esa realidad cambió para siempre la percepción de la guerra. Pasaron de ser vistos como un grupo rebelde que luchaba por la igualdad social a una caterva de forajidos narcotraficantes y asesinos sin alma.

La paz es un derecho y un deber de cada ciudadano, elevado a rango constitucional. En este caso, el mandato legal es lo de menos, porque, como conglomerado social, tenemos una responsabilidad histórica mayor: debemos hacer todo lo que esté a nuestro alcance para dejarles a nuestros hijos y nietos un país distinto del que hemos padecido. Así como nadie puede vivir plenamente sin amor, tampoco puede hacerlo en medio de la guerra, por más acostumbrados que estemos al dolor y la tragedia.

Santos está haciendo la apuesta más arriesgada de toda su carrera política: si el proceso le sale bien no tendrá inconvenientes para ser reelegido; pero, si no cuaja el arreglo con las Farc, ocurrirá exactamente lo mismo que hace algunos años cuando se dieron los diálogos de paz en el Caguán: será el expresidente Uribe, apalancado por la soberbia y la torpeza de los jefes guerrilleros, quien defina la elección presidencial.

Hay unos inamovibles del Gobierno en este nuevo intento: no se repetirán los errores del pasado, los diálogos deben concluir con la desmovilización y el desarme de las Farc, la Fuerza Pública continuará con sus operaciones militares y bajo ninguna circunstancia habrá zona de despeje. Las Farc, por su parte, seguirán sembrando el terror. Esa es la lógica de la guerra y debemos entenderlo así. No podemos pretender que, mientras el Ejército y la Policía hacen su trabajo, las Farc se dediquen a esperar que los capturen sin oponer resistencia o que renuncien a demostrar su poder quemando pueblos y acribillando civiles. Debemos estar preparados para dialogar en el epicentro del conflicto, con todo y lo que ello implica

Así como hay exigencias y consecuencias obvias, necesariamente deben hacerse concesiones de uno y otro lado. Lo importante es saber hasta dónde se puede llegar. Los jefes guerrilleros deben tener claridad en que, como determinadores de crímenes de lesa humanidad, necesariamente tendrán que pasar una temporada en la cárcel (la normatividad internacional vigente no permite un tratamiento diferente). Se puede hablar de una pena alternativa (cinco años) y un lugar de reclusión especial, pero no de libertad automática. El Gobierno, a su turno, deberá impulsar una reforma constitucional que les permita a los jefes de la guerrilla (condenados y luego de purgar sus penas) aspirar a cargos de elección popular. Estos serán los puntos más álgidos de la discusión.

No hay muchas diferencias entre Timochenko y algunos políticos en ejercicio: mientras que el primero extermina a inocentes con bombas y fusiles, los segundos se roban la salud, la educación, los contratos y en general las esperanzas de los más débiles. Distintos métodos, resultados igual de despreciables. Por eso no le veo ningún inconveniente a que “Timo” vaya a un Congreso casi tan desprestigiado como la guerrilla.

Los verdaderos desafíos que tenemos por delante para alcanzar la tan anhelada paz son: zanjar de una buena vez la gran desigualdad social que hay en Colombia y que a la postre es el caldo de cultivo de todas las formas de violencia, y prepararnos para perdonar, porque lamentablemente nuestra sociedad está envenenada por el odio y el resentimiento.

abdelaespriella@lawyersenterprise.com

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