Confesiones de una ladrona compulsiva

21 de enero del 2011

Valeria no cree en Dios, y mucho menos en los diez mandamientos. Valeria es un alma libre de ataduras, con una conciencia floja (por no decir que no la tiene), y la moral borracha. El mandamiento “No hurtarás” no va con ella.

La primera vez que robó tenía casi quince años. Estaba de vacaciones, aburrida y sin nada que hacer con su amiga Paula, y se inventaron el juego de los ladrones. Al final del día, la que más objetos hubiera robado sería la ganadora.

Salieron en la moto de Paula, una scooter roja con el motor enclenque que sonaba como una matraca. Se metieron a un centro comercial, a una tienda de discos. El joven que atendía el local no tendría ni un par de años más que ellas y mientras le coqueteaba a una, la otra se metía cassettes en el bolsillo. Luego le tocó el turno a la otra.

De ahí se metieron a Benetton, y robaron camisetas. Después salieron del centro comercial con el corazón galopándoles en el pecho, como si fuera no uno, sino diez caballos. Decidieron seguir robando en una feria de artesanías. Valeria caminó mirándolo todo, como quien no quiere la cosa, casual, a paso de tortuga y los ojos como escaneando cosas. Paso por un puesto que vendía marcadores, el cielo ideal para Valeria, el cielo de los marcadores. Miró uno en particular, un marcador plateado de punta gruesa que ya tenía en su cuarto. Pensó que no lo necesitaba (realmente no necesitaba nada de lo que había robado, pero se justificaba hacerlo si eran cosas que no tenía), pero lo quiso de todas formas. Quiso tenerlo guardado, para usarlo cuando el otro se muriera. Entonces miró al vendedor a los ojos, medio sonriéndole, como saludándolo sin saludarlo, y moviéndose con cuidado como un gato, se metió el marcador al bolsillo, dio media vuelta y salió caminando hacia donde la esperaba Paula, sentada en la scooter con el motor matraca encendido. No había dado dos pasos cuando el vendedor empezó a gritar:

“Ladrón, ladrón! Me acaban de robar! ¡Ladrón, ladrón! ¡Atrápenla, no la dejen escapar!”

Valeria no volteó a mirarlo y corrió más rápido que muy rápido. Y como en las películas, Paula arrancó la moto y empezó a andar despacito, hasta que Valeria se montó y entonces arrancó a toda velocidad. El vendedor persiguió la moto unos cien metros, una cuadra, y paró en la mitad de la calle, jadeando como un perro, con la espalda arqueada hacia adelante y las manos sobre las rodillas.

Al final del día, la que ganó fue Valeria, y qué orgullo. Incluso Paula se puso celosa y ese fue el final de su jornada juntas. Pero el susto fue tal que pasaron doce años antes de que Valeria volviera a atreverse a robar.

Valeria compró un pasaje ida y vuelta a Londres con su tarjeta de crédito, y ahorró durante todo el año anterior a la fecha de su viaje, lo suficiente para tener con qué moverse y con qué comer, no era mucho, y aún mucho menos tratándose de Europa. Apenas pisó el Viejo Continente cayó en cuenta de su error, la plata que había ahorrado jamás iba a ser suficiente para comprar todo lo que veía que moría por tener. Y fue así que decidió volver a robar.

Se metió a un almacén de souvenirs en Piccadilly Circus, y se llenó los bolsillos de llaveros con el símbolo del Underground, Mind the Gap, lápices y esferos con la bandera del Reino Unido, imanes en la forma del Big Ben y llaveros en la forma de los guardias de Buckingham Palace. Perfecto para todos sus amigos a quienes, de otra forma, no hubiera podido regalarles nada.

También robó chocolates, quesos, galletas, uvas y manzanas de varios supermercados. Robó muestras de cosméticos y perfumes. Gorros de invierno, guantes y camisetas. Robó anillos y pulseras en diferentes museos, y se sintió un poco culpable cuando descubrió que los museos son gratis en Londres porque la plata que hacen es vendiendo cosas en los almacenes de los cuales, descaradamente, acababa de robar. Pero no se sintió tan culpable como para no volverlo a hacer.

Al final de su corta estadía en Londres ya tenía el nivel de experiencia de un master. A Valeria le quedaba muy fácil robar, porque tenía cara de bebé y siempre andaba bien vestida. Y es que la gente de los almacenes también funciona a punta de estereotipos, no se supone que una mujer bien plantada como Valeria robe. Los que roban son los pobres, los mal vestidos, los que parece que no pertenecieran al lugar, los que no combinan.

Cuando Valeria volvió a su ciudad, las ganas de robar se le habían pegado como el pachuli. Nueva York, su ciudad, la meca de las pendejaditas. Entonces siguió robando, y empezó a robar objetos mas grandes. CD’s, sacos, maletas, collares, carteras, sombrillas, sombreros, libros, DVD’s, cinturones, etc. Robaba y robaba porque podía, porque se había vuelto una experta en saber donde están las cámaras, y quienes son los agentes de seguridad. Se volvió una experta en quitarle las alarmas a todo, una experta en meterse a los probadores y ponerse tres camisetas, una encima de la otra, y tres sacos. Salía de su casa con una maleta vacía, y volvía con la maleta llena de objetos robados.

Robó y robó y robó y robó, porque nunca nadie la descubrió. Empezó a sentir que era invencible, y mas inteligente que todos los que la rodeaban. Empezó a robar sin prestar atención para ver si alguien la miraba, y así pasaron otros cuatro años. Entró a robar a la tienda de un museo donde trabajaba un amigo. Tenía los bolsillos llenos de estupideces ajenas cuando su amigo le mandó un texto al celular: Te están mirando, deja todo y sal de ahí ya. Valeria se agachó como a amarrarse el zapato y vació sus bolsillos. Cuando fue a salir del museo la paró un guardia de seguridad, pero cuando la revisó no encontró nada, así que no tuvo más remedio que dejarla ir.

Pero Valeria ni se inmutó, y en cambio siguió robando, cada vez más, y cada vez más seguido, hasta que le llegó la hora. Una tarde salió del trabajo y se metió a un Barnes and Noble. En su mente tenía una lista de todos los libros que faltaban en su biblioteca, y como siempre llevaba dos o tres de sus propios libros en la maleta, asumió que otro par iban a pasar desapercibidos Así que puso un libro encima del otro, mirando sólo el de encima, mientras le pelaba la alarma al de abajo. Después los rotó, se agachó a mirar los libros en el estante más cerca al piso y mientras estaba en cuclillas, se metió ambos libros en la maleta, como si fueran de ella. Sin disimular, porque al fin y al cabo, eran “suyos”. Dio otro par de vueltas en la tienda, mirándolo todo y con las manos al descubierto, como para probar que no estaba haciendo nada malo, si era el caso que la estuvieran mirando en una de las cámaras sobre su cabeza. Paso frente a los cajeros y se dirigió hacia la salida, y cuando iba a cruzar frente al guardia de seguridad, el hombre la paró en seco.

“Señorita, ¿me permite mirar su maleta?”

Valeria ni siquiera trató de engañarlo, en cambio sacó los dos libros que intentaba robarse y lo miró con cara de ternero degollado.

“Sígame, por favor”.

Valeria caminó al lado del hombre hasta una oficina al fondo de la tienda, allí la sentaron en una silla de metal fría mientras dos guardias de seguridad la miraban con cara de asco. La hicieron esperar una hora a que llegara el gerente del almacén, quien sería su verdugo. Mientras tanto le tomaron una foto y le hicieron una fotocopia a su tarjeta de identificación. Todo el tiempo Valeria lloró desconsolada, como si acabara de llegar a su casa a encontrarlos a todos degollados, o peor, suicidados. Cuando llegó la gerente la miró aún peor y le preguntó la edad.

“Estás un poco vieja para andar robando, ¿no te parece?”

“Es verdad…”

“¿Entonces por qué lo haces, si sabes que está mal?” La interrumpió la gerente.

“Lo siento mucho,” dijo Valeria entre sollozos, casi ahogada por el pánico, “es la primera vez que lo hago, soy una imbécil, no estaba pensando.”

“¿Por qué lo hiciste?”

“Porque estoy deprimida, estoy muy aburrida. Entré a pasar el tiempo y pensé ¿por qué no hacerlo? Y lo hice, soy una imbécil, por favor perdónenme!”

“¿Y como sé que no volverás a hacerlo? Yo quiero que aprendas una lección.”

“Nunca lo había hecho antes, y estoy muy arrepentida. Siento mucha vergüenza, lo que hice está mal, y no volveré a hacerlo jamás.”

“Pues lo que sí está claro es que jamás volverás a entrar a un Barnes and Noble en todo el país, porque si lo haces te arrestaremos inmediatamente por allanamiento de morada”.

“Le juro que no volveré por acá, y que jamás he robado en la vida. Le juro que he aprendido mi lección, jamás volveré a robar.”

Ese día Valeria tuvo suerte, la dejaron ir con una palmada en la mano, pero podrían haberla arrestado, y podrían haberla metido en la cárcel durante dos a cinco años.

La única lección que aprendió es que siempre la están mirando, aunque ella crea que nadie lo hace. Y esta es la única razón por la que casi dos años después, no ha vuelto a robar, o eso dice ella… Ay, Valeria…

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