Ciudades ordenadas o urbes caóticas

Ciudades ordenadas o urbes caóticas

9 de diciembre del 2016

El debate y las discusiones académicas alrededor de la reserva Van der Hammen suscitan algunas reflexiones sobre el futuro urbanístico de Bogotá. Las ciudades, a diferencia del campo, son una construcción cultural y material humana. Algunas de ellas se caracterizan por un buen diseño, o por su belleza, o por su funcionalidad; otras son el resultado de la improvisación y falta de ordenamiento. Cuando son poblados pequeños, el orden se va logrando y corrigiendo sin mayores problemas a lo largo del tiempo, sin necesidad de planeación, como sucedió con nuestras “pueblas” levantadas por los colonos españoles, que tenían un trazado universal consistente en la famosa cuadrícula, cuyo punto de partida era una plaza cuadrangular que albergaba el núcleo institucional, es decir, la iglesia o la capilla indiana, el ayuntamiento y demás construcciones cívicas o militares; a partir de ese trazo iban apareciendo calles y manzanas, siguiendo los accidentes del terreno y teniendo en cuenta el abastecimiento de agua para consumo humano y sus canales de desecho —por donde también circularían las basuras—. Las vías se adaptaban a los terrenos y respondían a las necesidades de movimiento de las personas y  caballares, y  en los poblados principales, las carrozas.  Muchos de nuestros caseríos, hoy convertidos en pequeños o medianos cascos urbanos, siguieron el modelo colonial y se han tenido que adaptar a las exigencias de las villas actuales.

El urbanismo

La disciplina del urbanismo es antigua, y tiene teorías, reglas y procedimientos técnicos. París, Madrid, Nueva York y Londres, para citar solo cuatro ejemplos, son ciudades planificadas por expertos urbanistas desde hace siglos, no solo en su trazado y disposición física, sino en el funcionamiento, teniendo en cuenta los usos principales: aguas, vías, escuelas, hospitales, comercio, parques, entidades cívicas, iluminación y redes de energía y de comunicaciones, distribución de alimentos, recolección de basuras, centros de comercio, museos y mil factores más que constituyen la vida urbana actual. El urbanismo propende hacia ciudades funcionales, eficientes, bellas, amables e inspiradoras.

Una característica del buen criterio en el diseño y planes urbanos es la previsión de desarrollos futuros, puesto que las urbes se construyen para la posteridad. La Quinta Avenida de Nueva York era originalmente una pista para caballos y carruajes, pero pudo adaptarse al intenso tráfico de nuestros días; París, bajo la visión futurista del Barón de Haussmann, optó por un trazado en triángulos y circulares con bulevares amplios que llegaban a glorietas o rotondas, aún  aptas para el tránsito actual; en Londres se respetó el espacio reservado para parques y obras monumentales, que continua marcando los hitos del diseño urbano; Washington fue diseñada por L´Enfant, a finales del XVII, como centro político de una futura potencia; y Berlín, adaptada por el nacional-socialismo como sede del imperio soñado por el “Führer“.  En todas ellas se tuvo en cuenta el equipamiento urbano integral, y se separaron las áreas destinadas a vivienda de las industriales y las de reserva ambiental. Las costaneras tuvieron en cuenta la circunstancia de tener la vecindad del mar, las montañosas consideraron la belleza y los condicionamientos impuestos por los cerros, las atravesadas por ríos los aprovecharon para conformar el aparato urbanístico siguiendo y respetando los cauces.

La capital: planes de desarrollo dando tumbos

Santafé de Bogotá, la capital del Nuevo Reino de Granada, comenzó como la mayoría de poblados españoles de “tierra firme”, empotrada en medio de cordilleras, pero con varias ventajas: una extensa y hermosa sabana rodeada de dos cordilleras, con más de 20 ríos descendiendo de las altas montañas  fluyendo hacia uno principal — el río Bogotá—, que partía la extensa sabana en dos; además, por la altura sobre el nivel de mar, con un clima envidiable, una vegetación fértil, abundante y hermosa, y cielos limpios, de un azul intenso. Es decir, un ubérrimo localizado “2.600 metros más cerca de las estrellas”. ¿Qué hemos hecho con ese paraíso?

Bogotá ha cambiado mucho en el último medio siglo. Su tamaño ha aumentado 30 veces, la población se duplicó y para el 2050 será de 10 millones. Los menos de 100.000 autos de hace 50 años se han convertido en dos millones hoy, sin contar con otro tanto en motocicletas y unas 600.000 bicicletas. Si bien es cierto que de  menos de 2.000 kilómetros en vías se pasó a tener más de 15.000, la mayoría son estrechas, pues no hay lugar para amplias avenidas. El tráfico está infartado y no se vislumbran soluciones efectivas.

Algunos alcaldes han entendido que la dotación de la ciudad, llena de privilegios naturales y ventajas, debe ser aprovechada; otros, previeron el crecimiento poblacional y contrataron los estudios de expansión futura a eminentes figuras, como Le Corbusier, quien recomendó, a mediados del siglo anterior, un crecimiento hacia el occidente marcado por vías semicirculares que se irían acercando al límite natural que era el río Bogotá. La Misión Currie sugirió un modelo de “ciudades dentro de ciudades”, como la Ciudad Salitre ordenada por Virgilio Barco, y otros recomendaron la creación de ciudades satélites, o ciudades-dormitorios en la sabana.

Durante el Gobierno de Rojas Pinilla, varios municipios aledaños (Fontibón, Usme, Usaquén, Engativá, Bosa, Suba) se incorporaron a Bogotá, la cual los engulló en pocos años. Como la voracidad del urbanismo no fue saciada con la anexión de estos tradicionales poblados, la ciudad se expandió como un cáncer sobre la maravillosa sabana verde que describiera magníficamente Rueda Vargas. Hoy, desde un avión, el pasajero que por primera vez visita la capital aprecia un paisaje urbano de cemento, rodeado de cultivos de flores cubiertos por plásticos y, en el centro, una enorme ciudad desordenada, con muy pocos espacios verdes y un río que serpentea a lo ancho, convertido en una cloaca, ya sin vida. De las 4.500 hectáreas no urbanizadas correspondientes al Distrito (exceptuando el área rural de Usme) solo nos quedan cerca de 2.000, entre ellas la reserva Thomas van der Hammen, con 1.500 hectáreas.

A partir del año 2.000 existen los Planes de Ordenamiento Territorial (POT) en los municipios colombianos, con el fin de definir el tipo de uso, las áreas protegidas y de reserva, las indicadas para vías, las de vivienda, actividad productiva y de servicios, parques, colegios, hospitales y demás dotación social. Sin embargo, no existe una visión clara de largo plazo, y cada alcalde trae la suya, que pretende aplicar modificando el POT del momento, lo que está aconteciendo alrededor de la reserva ecológica del norte: en su primera administración, Peñalosa intentó la intervención de la actual reserva, pero las decisiones de la CAR impidieron dicha intervención; hacia 2013, Petro decidió que Bogotá debería densificarse en lo que él llamaba el “centro extenso”, y que debería implantarse el modelo de usos mixtos en toda la ciudad, es decir, un revoltillo de vivienda, comercio y otros usos; ahora, en 2016,  Peñalosa plantea convertir parte de la zona nororiental en terrenos para el desarrollo de nuevas urbanizaciones que albergarían medio millón de viviendas, entre corredores ecológicos y la prolongación de importantes vías. La reserva Van der Hammen es el capítulo más reciente de esta larga improvisación, y se ha convertido en piedra de disputa entre el alcalde, que desea impulsar un urbanismo para albergar un millón de personas, y los ambientalistas, que abogan por su congelación para crear un parque ecológico.

Ante los bandazos entre administraciones, el ciudadano queda desconcertado, sin saber cuál será el rumbo futuro del desarrollo físico de su ciudad. El debate debe continuar y deberá ser abierto, por lo menos para que la ciudadanía esté medianamente enterada de lo que se vaya a hacer. Quedan otros frentes de la planeación urbana, como la construcción del metro y ampliación de vías o construcción de autopistas de segundo piso, la reconversión de áreas de bajo valor mediante proyectos de renovación urbana —por ejemplo en el centro de la ciudad y en la antigua zona de Bronx—, la construcción de parques y más zonas verdes, la dotación de servicios públicos en áreas deprimidas. En este aspecto, la ciudad espera mucho de Peñalosa, experto reconocido en el campo del urbanismo.

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