Vargas Lleras presidente, por inercia

Vargas Lleras presidente, por inercia

7 de abril del 2017

Quizás una de las más nefastas actitudes de los colombianos en materia electoral es la de dar por hecho resultados a partir de la inercia. Cómo Germán Vargas Lleras entró al gobierno de Juan Manuel Santos con las cartas marcadas, o sea con el beneplácito de Santos para que hiciera su campaña desde el gobierno, casi todo el mundo asume que ni siquiera vale la pena pensar en otra posibilidad porque el nieto de Lleras ya es el escogido. Las expresiones populares en este sentido dan como un hecho cierto que ese fue el compromiso del presidente Santos cuando Vargas se sumó a su candidatura en el 2010, para la segunda vuelta. El pacto de las elites bogotanas según esta lectura consistía en el tu me eliges y luego yo te elijo. Y como en este país no se ha demostrado aún que Camilo estaba equivocado cuando dijo que “El que escruta elige”, pues para las amplias masas eso ya está cantado y desde hace más de 6 años la presidencia tiene dueño.

Vargas, además se ha destacado como el perfecto hombre de las maquinarias políticas, por lo que desde un comienzo supo pedir el Ministerio de Vivienda, con carta blanca para hacer proselitismo montado en las obligatorias obras del gobierno en el tema de vivienda de interés social. Por otro lado, como buen politiquero de los que les gusta que todo cambie para que nada cambie, y que sabe dónde ponen las garzas, pidió estar presente en las decisiones cruciales para los entes territoriales porque conoce al dedillo que los gamonales de las mafias políticas en los departamentos son los que mueven los votos a costalados y por costalados de dinero. Por eso los politiqueros de los partidos tradicionales, que se mueven como pez en el agua a la hora de adherir a candidaturas presidenciales, ya han asumido las tres posturas posibles para pegársele al candidato ungido por el poder, los contratos y los pactos sucios.

Unos ya se montaron en el barco del triunfo de primeros. Ellos saben que al contrario del reino de los cielos en política los primeros serán los primeros en asuntos burocráticos y por eso pertenecen a los que madrugan, porque le creen más a la biblia en que el que primero se arrodilla primero se confiesa. Los otros, que no se montaron en el bus ganador, lo hacen para encarecer sus exigencias porque saben que asumir posiciones independentistas los cotiza y luego pueden cobrar más duro su adhesión. El tercer grupo de politiqueros lo componen aquellos que le apuestan al caballo ganador y manejan a sus electorados con esa lógica. Esos son los que se burlan de cualquier intento de alternatividad o de candidatura innovadora porque asumen que es iluso atravesársele a un natural heredero de las castas aristocráticas bogotanas.

Y aunque para algunos este candidato es vulnerable porque es más Vargas que Lleras y su linaje está mezclado, lo que piensan muchos es que eso siempre le pertenecerá a las familias tradicionales del poder por lo que resulta inútil salirse de esa montonera. Así las cosas, para la gran mayoría ya todo está arreglado, con lo cual se fortalece aún más el abstencionismo y el escepticismo, que no son en todo caso ningún problema para los políticos que saben que ese 60% que no vota se mantendrá así por mucho tiempo. Entre otras cosas porque ellos lo alimentan. Saben a ciencia cierta que si ese 60% de abstencionistas se decidiera a ejercer su derecho al voto se volvería un peligro para las castas tradicionales. El día que decidan participar y hacerse sentir de seguro borran de un plumazo a los traficantes de votos del escenario político.

Y para colmo de males, por el lado de la oposición, siempre se le hará el juego a esta especie de maldición colombiana. La izquierda, que cuenta de vez en cuando con líderes que bien pudieran generar una transformación de estas mal llamadas costumbres políticas, cuando son realmente mañas politiqueras, nunca logró salir del infantilismo. Y aunque algunos dirigentes se hayan destacado como importantes parlamentarios con capacidad denuncia y gran formación en la lucha y compromiso con el cambio, a la hora de las candidaturas presidenciales se les sale el demonio caudillista, se les sube el ego a proporciones inimaginables, pero sobre todo, se les desarrolla el más crudo canibalismo donde se salen a relucir los más fieros resentimientos de las luchas intestinas de la otrora izquierda setentista, romántica y soñadora.

Si la izquierda fuera eso, izquierda, hace rato sus dirigentes habrían asumido una postura sensata que hoy la tendría en punta en la intención de voto. Si Jorge Robledo, de la más pura ortodoxia; Claudia López, del más duro sectarismo; Gustavo Petro, del más craso caudillismo, Clara López, del mas atávico mamertismo y Piedad Córdoba del más abyecto farcismo hubieran pensado en buscar algún candidato alternativo con posibilidades reales de derrotar la inercia vargasllerista, hace rato habrían abdicado sus aspiraciones personales en beneficio de un candidato que inició punteando en las encuestas aún si haber iniciado campaña, Sergio Fajardo. Pero su incapacidad para ser gregarios, sus afanes cortoplacistas y su vocación inaplazable de capos los ha llevado a dividir ese electorado que no cree en el establecimiento pero donde reinará otro que les agradecerá que una vez más les haya salido el tiro por la culata.

Por el lado liberal la cosa no es menos peor. Humberto De la Calle, que se ganó un prestigio contra viento y marea en el tema de la paz, no solo ha contado con las zancadillas que le ponen aspirantes de medio pelo como Roy Barreras, Armando Benedetti y el propio Ministro del Interior, Juan Fernando Cristo, quienes a cual más de oportunistas lanzaron la especie de que serían candidatos, sino que carga con la cruz del desprestigio del gobierno de Santos. Curiosamente no solo arranca debilitado por las decepciones tempranas que logran las candidaturas carreristas sino que su fortaleza por ser el hombre símbolo de la paz es al mismo tiempo su debilidad por ser el hombre asociado a la escasa popularidad del presidente Santos. Los acuerdos de paz le ponen pero la implementación de los acuerdos le quitan. Y el espacio para hacer distancia con Santos automáticamente se le regala a Vargas Lleras, que ya la comenzó.

Y sí se quiere un remate para mostrar cómo todos los caminos conducen a Vargas, pues habría que observar que por el lado de la oposición de derecha las cosas no son distintas. El expresidente Uribe en su temor por no ser capaz de mantener unido a su partido ha decidido atomizar las aspiraciones de sus candidatos y en lugar de fortalecer una candidatura que comenzaba a despegar con fuerte acogida por tratarse de un uribista no furibundo, por tener perfil técnico y por aparecer como un político ponderado, la del senador Iván Duque Márquez, decidió darle guerra a esa candidatura y atravesársele con la aspiración de la exministra María del Rosario Guerra, cuyo mérito principal es el de ser la más lambona con el expresidente. Esta jugada aparentemente democratera deja ver que Uribe por hacer concesiones a las fuerzas más radicales termina desperfilando su grupo al promover candidatos con proyecciones de popularidad inversamente proporcionales a la suya.

Ante este panorama derrotista en las filas no vargaslleristas, el candidato surgido en las filas del nuevo liberalismo y curtido en las lides con el vejo liberalismo va a terminar como el caballo ganador por la inercia de los viejos hechos y la ineficacia de los nuevos líderes.

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